Edición Nº 1860


www Caretas

Portada

SECCIONES
Nos Escriben...
Mar de Fondo
Culturales

Ellos & Ellas
Caretas TV
Mundo Mezquino

COLUMNAS

Piedra de Toque
Por Mario Vargas Llosa
Olla a Presión
Por Raúl Vargas
China Te Cuenta Que...
Por Lorena Tudela Loveday
Mal Menor
Por Jaime Bedoya


ARTICULOS
Carnaval de Sangre
El Emisario del Mal
Los Caminos de la
Droga Llevan al Doc
Zevallos Lo Mandó Matar’
Juicios y Favores
Habla el Asesino
El Lobby Azucarero
y el TLC
No al Caos o la Aventura
Sí Hay Vacantes
Los Hilos del Sol
El Paria de Huachington
La Sangre Corrió
ese 5 de Febrero
¡Tsumadre!
Reina Sofía Pisó
el Acelerador
La Química del Corazón
Arena y Verde
Un Hidalgo y un Fantoche
La Cofradía de Carbajal
Cátedra Americana
Proyecto Ciclópeo
Claudia no Claudica
El Block de Notas
Timba, Timbero
El Misterio de la Poesía

Caretas Concurso:
Una Carta de Amor


 



Ud. Puede anunciar aqui
 

 
MAL MENOR
10 de febrero de 2005

Por JAIME BEDOYA
El Cholo y el Mar

n

UNO. La proximidad al mar es lo más cercano a una promesa cumplida. En este caso se trata de dos cuadras, aquellas que distancian el desolado hotel Ambassadeur, en Juan Les Pins, de las aguas del Mediterráneo. Son dos cuadras de silencio, negocios cerrados y apariencia de cuarentena estacional obligatoria. En el parque los pájaros guardan intimidatorio silencio. En el hotel los ascensores vacíos recorren los pisos a voluntad y una recepcionista dormita en el lobby. Queda claro que no es una idea popular visitar este balneario de la Costa Azul en invierno.

Esta escasísima presencia humana, sin embargo, le da una hospitalidad fantasma a las calles de Juan Les Pins. Nadie jode. Nadie vende, nadie compra. No existe la posibilidad de infligir ni recibir daño alguno, y el vacío social se llena con la nostalgia personal de cada quien: solo lo importante por favor. Mucho no puede durar este artificioso estado beatífico, lo que obliga a aprovechar el tiempo en cosas que no se pueden hacer todo el tiempo. Caminar omnipotentemente por el centro de la pista hacia la costa, por ejemplo.

Muy diferente era la situación anoche en Mónaco, según lo mostró un paseo motorizado. La anfitriona, parisina y necesitada de por lo menos un mes a solas en el Ambassadeur, despotricó incansablemente de la familia Grimaldi ("piratas italianos que se apoderaron de esta bahía"), ninguneó la casa de Jean Claude Van Damme ("un analfabeto evasor de impuestos"), aludió irónicamente a las acrobacias sentimentales de Estefanía ("primero fue con el payaso, ahora está con el dueño del circo"), y sugirió la excluyente predilección de compañía masculina de parte del Príncipe Alberto ("¡mejor: se quedan sin heredero!"). Todo en apenas quince minutos en los que ni siquiera se detuvo porque ese pedazo de tierra, felizmente decía, no era Francia. Tal el mundo moderno.

Al día siguiente sale un sol distante y el malecón de Juan Les Pins muestra mayores señales de vida. La resolana aviva el ambiente, digamos hasta los 7 grados centígrados, y saca a la calle a perros, ancianos, niños y forasteros, en orden de número y consideración local. Las pocas tiendas abiertas muestran ropa pasada de moda rematada a precios degradantes, colaborando aún más a establecer un limbo temporal. Podría ser 1972 ó 1987. Intento comprar una cinta adhesiva que nadie se ocupa en cobrar y reparo unos Ray Bans indispensables al ojo quemado por el inclemente sol subecuatorial. Con anteojos es más fácil cumplir la misión, subsidiaria de la era de los grandes navegantes: Ver si el mar es el mismo al otro lado del mundo. A pesar de la gravedad de la tarea, ésta se acomete con discreción, lo que no evita que los ancianos ventilándose al sol hagan un moderado silencio ante la imagen del forastero que se acerca al agua mojándose los zapatos. ¿Para qué?, dicta el racionalismo francés en su versión provenzal. Sonrisas de cortesía, pero la ciencia no puede esperar. El Mediterráneo, histórico mar imperial, es dócil y soberano líquido al que también pertenecemos. Pensar que antes se creía que los océanos tenían dueños.

DOS. Desde las tribunas del estadio Nou Camp se ve el antiguo cementerio de Barcelona. Para los hinchas debe ser una comprobación fáctica de la vida eterna. Está terminando la visita a este templo deportivo y la mayor certeza que ha ofrecido conocerlo es que en el Perú se juega cualquier cosa menos fútbol. Fue sin embargo el nombre de un peruano el que ha generado esta visita. Nombre que ha sido olímpicamente ignorado en los 45 minutos que dura el tour: Hugo Sotil.

En el museo anexo, sin embargo, sí existía Sotil. Había dos fotos de la histórica formación que hizo campeonar al Barcelona después de 25 años -Cruyff, Sotil, Neeskens- y un mazo de naipes donde el peruano sale retratado con arco, flecha y pluma. La visita no había sido en vano.

En Barcelona provoca caminar, que es lo que una ciudad debiera provocar. Y calle que tomes, bien orientado, conduce al mar. Vagando frente a la playa de la Barceloneta reaparece Sotil. Esta vez en un taller en La Victoria, contando la improbable historia de cómo malogró su Ferrari amarillo porque no lo podía hacer correr por las callejuelas de Barcelona, en días que era rey de la cancha y príncipe de los puticlubs catalanes. Tiempos en que Serrat lo iba a saludar al camarín. Ahora Serrat pelea con el cáncer, los jugadores de fútbol son franquicias que patean y el Cholo no se pelea con nadie, ni siquiera con su pasado. Miles de compatriotas en España que buscan sobrevivir como mano de obra barata, jamás lo vieron jugar. Sus antiguos empleadores, los del Barza FC, lo recuerdan emplumado.

Por eso solo aparece por Barcelona cuando se le invoca, segunda cerveza mediante, frente al mar. Manos a la cintura, mirando sin decir nada. Allá los que se arrepientan de haber vivido.

 


../secciones/Subir

Portada | Nos Escriben... | Mar de Fondo | Culturales | Ellos & Ellas| CineTV | Mundo Mezquino | Piedra de Toque | Olla de Presion | China Te Cuenta Que... | Mal Menor

Siguiente artículo...

 

   

   
Pagina Principal