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24 de febrero de 2005

La Doble, Intolerable, Pobreza

COMO si se tratara de un conjuro o un talismán, las últimas semanas la palabra pobreza ha sido usada ampliamente por casi todos los sectores del país, incluidos por cierto los propios "condenados de la tierra" como los llamara Franz Fanon muchas décadas atrás.

Pero dejando de lado lo que realmente procura el gobierno, extenuado ya pero con ánimo de mostrar un último respiro populista, y las quejas y reproches de una oposición sin reflejos, adocenada, masticando las mismas ideas y tratando de decirse propietaria de las pócimas mágicas para combatir la pobreza nacional, este debate sobre ProPerú produce una penosa impresión.

Es más, puede verse en los decaídos y trillados argumentos un avance de lo que pueden ser las elecciones del 2006. Somos muy pobres como país y parece que somos muy pobres en programas, en proyección, en utopías y futuro.

La pobreza material es intolerable y la extrema miseria es un cáncer que durante muchas décadas no se ha podido atenuar pese a los programas y las dádivas que se produjeron desde los años '70, pese a la organización de hombres y mujeres que desde la periferia urbana y rural intentaban algunas formas de solidaridad y de redistribución de algunos bienes alimentarios o de salud.

Hemos crecido en medio de un indigno mar de miseria y ningún gobierno, ningún programa político o social, ningún dirigente con pegada nacional se preocupó por dar la voz de alarma ante este incendio que condujo a una guerra como la de Sendero y la decepción más profunda y herida de los partidos y del sistema democrático.

Oír a los dirigentes políticos en estas condiciones resulta desalentador. Se fijan en formalismos, se preocupan sobre quién saldrá ganancioso de acercarse a los pobres y subsidiarlos con una pequeña cantidad de dinero, piden transparencia, orden, cálculo de costos. Parecen unos exquisitos y cuidadosos administradores, mas ponen tantos peros que todo quedará en nada.

¿Alguno de estos estrategas parlanchines se ha puesto a pensar cómo suenan sus palabras en aquellos pueblitos, en aquellas chozas, en aquellos campos desolados donde todo lo que se habla es simplemente ilusorio e inasible?

Después los políticos se preguntarán ¿por qué los pobres del Perú no nos siguen, por qué no nos aplauden, por qué esa ingratitud? Pobreza conceptual, falta de rigor y de realismo para enfrentar los problemas unidos y a partir de consensos, nuestra clase política yace yerma, pequeña, encerrada en sus minúsculos intereses.

Así vamos encaminándonos al 2006. Es improbable que la ciudadanía marche con optimismo a la que debería ser una etapa de restablecimiento después de las continuas oportunidades perdidas desde que culminó el gobierno militar en 1980. Luis Pásara ha escrito un vibrante artículo que pone en claro el alto grado de escepticismo que nos aprisiona: "¿Y si desapareciera el cargo de presidente de la república?" es el titular de esta nota que recuerda la cadena de errores y fracasos que se ha sucedido en los últimos 25 años.

Puede igualmente mostrarse desánimo frente a la celebración del Día de la Fraternidad y el discurso del ex presidente Alan García, al fin y al cabo es el primer partido en dimensión y organización pero al mismo tiempo cosecha antipatías y resistencias por décadas. Pero García, como anteriormente Valentín Paniagua, reclama algo que se cae ya de maduro y que los políticos se niegan a reconocer: hay que procurar un acuerdo, un pacto, una alianza, un acercamiento entre las principales fuerzas políticas para garantizar la gobernabilidad del Perú y para saber conducirse por un camino claro, despejado, que restablezca la confianza ciudadana. Y ciertamente dos son los esfuerzos paralelos que deben presidir esta concordancia nacional: generación de riqueza, crecimiento, disciplina económica -ese será a la postre el gran mérito de este régimen exhausto- y un esfuerzo conjunto para enfrentar la pobreza, la desnutrición, la enfermedad y los bajísimos niveles educativos. Estamos al borde de ser un país en regresión y ese es el gran pecado de las clases dirigentes, no sólo de los partidos y los políticos.

En estas elecciones la ciudadanía consciente y patriótica tiene que ponerse de pie y exigirles a los que quieren gobernarla convenir en un acuerdo nacional y luchar en los dos frentes mencionados. Ojalá no tengamos que arrepentirnos de no haber pensado y actuado con conciencia y previsoramente.



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