Opinión Isla no va a la Cumbre de las Américas en Cartagena, pero debate abre ventana de oportunidad.
Cuba Excluida
La exclusión de Cuba de la Organización de los Estados Americanos (OEA) en 1962, ha sido motivo de agrias discusiones durante demasiado tiempo. El último desencuentro se generó con motivo de la VI Cumbre de las Américas a celebrarse en Cartagena, Colombia, el 14 y 15 de abril de 2012. Inició la discusión el presidente de Ecuador, Rafael Correa, cuando afirmó en febrero que Cuba debería participar en la VI Cumbre o, de lo contrario, Ecuador y los otros países del ALBA (los países liderados por el presidente Chávez de Venezuela) contemplarían la posibilidad de no asistir al encuentro.
No sólo el presidente colombiano y anfitrión de la Cumbre Juan Manuel Santos fue puesto en una situación incómoda. También lo fue Venezuela que, al igual que Ecuador, había trabajado duramente con Santos para superar los graves problemas que los habían enfrentado en el pasado reciente con motivo del conflicto armado colombiano. A todo esto, Cuba nunca solicitó ser invitada al evento.
La habilidad de Juan Manuel Santos –y los principios diplomáticos básicos– han ido resolviendo el impasse. El país anfitrión de la Cumbre es el que cursa las invitaciones para asistir a ella. En tal sentido, Santos realizó consultas entre los Estados miembros de la OEA (que brinda el marco institucional al proceso de cumbres) a fin de encontrar si existía consenso en invitar a Cuba a la Cumbre. El 7 de marzo, viajó a Cuba para darle cuenta de sus gestiones a Raúl Castro: no había encontrado consenso, por lo tanto no procedería la invitación.
Raúl Castro reiteró que, en estas condiciones, Cuba no tendría interés en participar de la Cumbre. Y hubo una frase interesante en el proceso: “Cuba no admite que se discuta su participación un mes antes de la Cumbre”. Y tiene toda la razón. Ahora hay cuatro años por delante para trabajar el asunto.
Si se aprovecha bien el tiempo, esta discusión puede ser beneficiosa para el pueblo de Cuba, para la comunidad cubano-americana y para Estados Unidos, que continúa aplicando un bloqueo económico tan anacrónico como contraproducente, que, además, ha sido rechazado reiteradamente por la abrumadora mayoría de los Estados miembros de las Naciones Unidas.
LA EXCLUSIÓN DE CUBA
En la Conferencia de Punta del Este, Uruguay, en 1962, la OEA suspendió a Cuba el ejercicio de su derecho a participar en sus órganos. Fueron 14 votos a favor y 6 abstenciones. Cuba, que se opuso, siguió siendo Estado miembro pero sin derecho a participar en los órganos de la OEA. En tiempos de la Guerra Fría, con el apoyo de Cuba a los movimientos armados en América Latina y las tensiones entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la exclusión de Cuba de la OEA poco fue tratada. Se daba por hecho.
LOS CAMBIOS
Con los cambios posteriores, los países de América Latina y del Caribe comenzaron a establecer relaciones bilaterales con la isla. Con la caída del Muro de Berlín, el cambio se acentuó. Se llega así al 4 de junio de 2009 en que la Asamblea General de la OEA, casi sin que nadie lo note, deja sin efecto la resolución de 1962 que excluía a Cuba y afirma que “la participación de Cuba en la OEA será el resultado de un proceso de diálogo iniciado a solicitud del gobierno de La Habana y de conformidad con las prácticas, los propósitos y principios de la OEA”. La pelota, por tanto, está en la cancha de Cuba.
Parece fácil. Pero no lo es. Muchas cosas han cambiado en 50 años. Y otras se han vuelto más rígidas e intratables. Por el lado de la OEA, debe reconocerse que el cambio fue marcado. De una institución en la que se consideraba que regía “la mayoría de uno”, se ha pasado a una institución con países que tienen cierto peso propio. El desarrollo económico de varios de ellos y el pluralismo alcanzado gracias a la incorporación de los Estados caribeños han sido elementos positivos.
Más positivo aún fue abandonar el pasado oprobioso de dictaduras apoyadas por Estados Unidos. Fue en los años 70, auge de regímenes autoritarios, que se desarrolló también un agudo sentido de defensa de los derechos humanos y de la democracia como régimen político que más ayuda a su preservación. Fue un fructífero período en el cual el Sistema Interamericano de Derechos Humanos y la defensa de la democracia impusieron su sello en lo que hoy son los “propósitos y principios de la OEA”.
LO QUE NO CAMBIA
En este proceso, sin embargo, hay dos fenómenos que no han cambiado y que, en algunos aspectos, se han vuelto más rígidos. Por una parte, la posición de Estados Unidos respecto al bloqueo comercial. Esta medida ha quedado integrada, con el pasar del tiempo, con un conjunto de actitudes políticas con profundas resonancias emocionales y con su correspondiente reflejo en el juego político interno, especialmente en un Estado clave como es Florida.
Este bloqueo, sin embargo, es tan anacrónico como ineficaz. Muchos sostienen que los bloqueos en general no desplazan del poder a quien quieren debilitar sino que, por el contrario, lo fortalecen pues dan el pretexto ideal para justificar todos los males que se descargan sobre la población. El bloqueo es, como dicen los cubanos, “genocida”. Y todo opositor al régimen es un títere de Estados Unidos. El círculo se cierra en lo político: el autoritarismo se justifica para defender a la patria amenazada. Y quienes controlan el régimen, desarrollan conductas e intereses difíciles de superar.
En el caso de Estados Unidos y Cuba, tarde o temprano el bloqueo económico deberá levantarse. Y eso nos lleva al otro asunto que poco ha cambiado en 50 años: la rigidez autoritaria del régimen cubano. Cabe preguntarse por ello, hasta qué punto y de qué forma específica el régimen cubano está dispuesto a reconocer la concepción hemisférica de los derechos humanos y los instrumentos internacionales que los sustentan, incluyendo los elementos referidos a la democracia representativa. Un avance en este ámbito debería reflejarse en aflojamientos del bloqueo; el beneficio sería para ambas sociedades.
Si hay tiempo hasta la próxima Cumbre de Panamá, es importante aprovecharlo para ir planteando problemas y soluciones tentativas para avanzar el proceso. Aceptar una Cuba sin avances en materia de derechos humanos y democracia sería traicionar los sacrificios realizados en los países que sufrieron el autoritarismo. Eternizar un bloqueo que causa sufrimiento a la población no tiene futuro. Hay que partir de la única base cierta: ni el bloqueo durará para siempre ni el régimen cubano es inmutable. Y empezar a caminar con lo que existe. Después de superar ese par de problemitas, todos estaremos mejor. ( Por: Luis F. Jiménez)