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Hasta aquí nomás. Finalizada la recepción de cuentos, la sabrosa posta pasa al jurado.

Destapando la Sazón Cuentista

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Torres de creatividad rodean a Ailen Pérez, flamante editora de Culturales, en su saboreo de platillos literarios.

Cerrada la convocatoria y pasada la página de la polémica causada por ardientes debates literarios y culinarios macerándose en la misma caldera, casi dos metros y medio (el doble que el año pasado) de sobres amarillos terminaron de aterrizar para el 25° concurso del Cuento de las 1,000 Palabras de CARETAS. Minuciosamente elegidos los ingredientes literarios, es la brevedad la que impone su sabor en una olla en donde abundan fogosas historias en su punto.

Ahora, el jurado conformado por los escritores Antonio Cisneros y Abelardo Sánchez León, la periodista Patricia del Río, el chef Gastón Acurio (que marca su debut con su sazón creativa) y Jaime Bedoya en representación de CARETAS pasarán a degustar el buffet cuentista. Pero antes, cual aperitivo ficcional, tres ganadores anteriores desempolvan la receta para responder a sabrosa interrogante: ¿Cómo se cocina un buen cuento?

EL COMBINADO DE RIVERA MARTÍNEZ

La verdad yo no me imagino aquello de “cocinar” un cuento, y menos lo de aplicar una receta. Sin embargo, en un intento humorístico diría que los ingredientes necesarios son una idea central, ya sea de un personaje, de una trama, de un desenlace, de una atmósfera. Mas lo importante es la combinación de todo ello, revisado una y otra vez hasta lograr que el conjunto funcione. La imaginación del escritor será la que decida.

POESÍA, SELENCO, CUENTO

Mi primer acercamiento a la literatura se dio por el lado de la poesía. Tenía ya un poemario publicado cuando participé en el Cuento de las 1,000 Palabras, en 1995. En narrativa, tengo la suerte de imaginarme siempre el comienzo y el final de la historia. La aventura creativa consiste entonces en concebir lo que está en medio. Si hay dos géneros que se parecen, esos son la poesía y el cuento. El cuento es como el poema imaginado por Huidobro: preciso, sin adjetivos inútiles que lo desangren.

FREIRE EN SU PUNTO

Ni leña u olla de barro, no soy escritor telúrico. Venero el cucharón parsimonioso, las especias imaginarias (me aburren las reales), los ajíes de la risa (a veces) y la olla revuelta cuantas veces sea necesario para alcanzar el sabor preciso. Cocino carne humana, mía y ajena, a veces podrida por el tiempo, a veces fresca. No niego mis genes de gallinazo peruano como tampoco los de chef caníbal, todos los escritores los tenemos, porque les metemos pico a las vidas propias y a las de los otros, para cocinar platos destinados a las librerías, que son restaurantes de comida preparada en platos de papel y también de vidrio, en el caso de las virtuales. Aprendí a cocinar sirviendo guisos indigestos, hasta alcanzar el punto en plena madurez. Nunca es tarde para llamarse un chef.

Ahora, a ser cautelosos al deslizar la cuchilla por los bordes, y pasar a sumergirse en el concentrado de tinta. Provecho.


 


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