Opinión “Los pichones hacían valientes piruetas cuyo riesgo consistía en la eventualidad de decapitar a un pescador”.
De la Serpentina a la Moto Acuática
LIMA, 30 DE MARZO DE 2012La serpentina carnavalera de Leguía pasó con el tiempo a simbolizar el estilo de vida de las clases altas del Perú, retratado con hiperrealismo por Alfredo Bryce en La vida exagerada…, cuando a la madre de Martín Romaña un sombrío izquierdista peruano en París le cuenta que mientras a ella, la distinguida dama, Leguía le regalaba un juego de té de plata por su boda, a su padre lo metía al panóptico a pudrirse, por militar en el anarquismo. La señora Romaña, que había llevado de regalo a su hijo Martín unos dulces de Alicante, observa a Lagrimón, el triste militante de la gauche peruviana y le dice: “lo que es la vida, joven, pero sírvase más turrón”.
La serpentina carnavalera era así, serpentina, volátil, ligera, se desplazaba de fiesta a lentejuela en palacetes como copas de champagne Noche Buena. Treinta años más tarde, otro objeto igual de aserpentado tomaría el lugar de la serpentina como símbolo del glamour de la gente bien de Lima. Era la guirnalda de flores polinésicas, flores de suche perfumadas o en su defecto, de mastuerzo del jardín, aunque en la Polinesia no haya un ejemplar de esa flor de altura andina ni siquiera en el más reputado museo de Ciencias Naturales. Los luau de Ancón, Waikiki y Santa María encumbraron el collar de flores como ícono de lo que ocurre un poco más arriba de su zona de colgamiento en el cuello del feliz usuario del aparato floral: nada.
¿Será la moto acuática, en estos tiempos más rudos y tecnológicos, el objeto que simbolice la delicada trayectoria sobre las olas con que va por la vida la Derecha Bella y Admirada, alias DBA? Estoy convencido de que sí. Y lo acabo de experimentar, en Paracas, en la bahía misma, es decir, en la reserva, donde si eres foráneo y pescas un lenguado en edad reproductiva te pueden clavar una multa babilónica por dos razones: pescar sin ser de la zona y hacerlo sin respetar la sostenibilidad de la especie. Por lo demás, si eres hijo del comandante o tienes una casa en el malecón con piso de mármoles de Carrara y un mirador que les quitó la vista a cuatro casas de cholos que hay detrás de la tuya, ag.
Un grupo de residentes de Paracas, muy preocupados por los gravísimos impactos que viene produciendo en la reserva la construcción sin freno de hoteles, edificios y condominios, más proyectos como el de una petroquímica, el ducto de gas y la pesca descontrolada, sin contar los hotelones que no dejan un grano de arena para la chusma, ese grupo bastante responsable está haciendo lo imposible por sembrar entre la gente de allá conductas preventivas y comprometidas con el porvenir de un área protegida que ha caído en la levedad de la serpentina y en el bamboleo de la guirnalda de caracucho.
El fin de semana pasado estaba yo con algunas de estas personas tomando café en la terraza de una sencilla casa cuando se anunció con su motor y su pestilencia un grupo de motos de agua. Los pilotos, unos corpachones con caca en el cerebro, que manejaban espantando adrede a las aves y poniendo en riesgo la vida de los pescadores pulmoneros que en ese momento hacían su trabajo. Los pichones de la DBA hacían unas valientes piruetas cuyo riesgo consistía en la eventualidad de decapitar a un pescador al momento de emerger. Uno de mis amigos les hizo señas para que se fueran. Los bisteques apanados con ropa de baño les contestaron haciendo pichulitas con los dedos. Fue entonces que mi amigo se comunicó con la policía ecológica, la que se presentó rápidamente en nuestro emplazamiento, dispuestos a actuar… hasta que se dieron cuenta de algo y antes de retirarse con la vara entre las piernas, comentaron: “no maestro, son los hijos del comandante y de la familia esa que tiene las minas… después nos quedamos sin chamba maestro, ya se van a ir…”. (Escribe: Rafo León)