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Arte A propósito de la muestra falsificada de Ricardo Flórez, un recorrido artístico por el archivo de CARETAS.

Flórez de Inspiración

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Según el pintor Springett, Flórez trabajaba en dos telas, mismos colores y técnica, y una era puesta en la intemperie y otra dentro. Así advertía cambios en el color por efectos de luz y temperatura.

El pintor Ricardo Flórez de Quintanilla (Lima, 1893) debió ser médico como su padre, el ilustre doctor Ricardo Flórez (que fue ministro de Educación en época de José Pardo y el peruano que trajo el primer automóvil desde Francia). Pero dejó la universidad y se lanzó de lleno en los laberintos de la pintura y, por entonces, formó parte del Círculo Artístico, institución predecesora de la Escuela de Bellas Artes, donde fue discípulo del pintor y fotógrafo ancashino Teófilo Castillo, y de Daniel Hernández, primer director de dicha escuela en la capital. Ellos lo familiarizaron con la técnica paisajista –a lo cual le añadió el estudio de la luz, característica de los paisajes andinos en los que se sumergió–.

En el año 1944, Flórez enrumbó a Huánuco, exactamente a Tomaiquichua, luego de renunciar a los engreimientos de su ciudad y familia bienaventurada. Y se asentó por una eternidad en la aldea huanuqueña. En CARETAS 414, confiesa a Alfonsina Barrionuevo: “me quedé hechizado por el pueblo con su cielo de turquesa y sus colinas de matices cambiantes. Soy su pintor y confieso que es un paraje de inspiración inagotable”. Se dice de ella que es una tierra que embruja, que la tierra es una mujer.

Pero la fama del lugar no nace de ser la tierra de doña Isabel de Herrera, abuela de Santa Rosa, sino que viene de Flórez y la leyenda de sus mujeres hechas para el amor. Desde sus inicios en la odisea artística, se enfocó en el paisaje y empleó la técnica del impresionismo, para terminar en el uso del puntillismo. También pintó retratos, desnudos y figuras humanas.

Ha expuesto en Lima desde 1917 y en Los Ángeles, Sevilla, Viña del Mar y Nueva York. Y hasta su muerte, en 1983, vivió en esa aldea que nunca dejó de embrujarlo.


 


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