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Opinión Las enormes heridas dejadas en el tejido social.

El Cortocircuito

Había tenido una agenda ajetreada en Berlín relacionada con la organización de la visita oficial a la República Federal de Alemania del entonces Presidente Constitucional de la República, que iba a ocurrir en mayo de 1992.

Regresé a Bonn (ciudad que todavía fungía de capital) el domingo 5 de abril en horas de la noche, cuando, al amanecer del lunes 6, una funcionaria, la actual embajadora del Perú en Bélgica, se comunicó conmigo para darme la tremenda noticia: se acababa de perpetrar un golpe de Estado en el Perú, con el consiguiente cierre del Congreso.

Obviamente, eso sepultó la visita presidencial a Alemania y una gira europea que incluía la presentación del presidente ante el Parlamento Europeo, en Estrasburgo, donde la idea era promover los valores democráticos del Perú y nuestro compromiso por los derechos humanos aún en el contexto de lucha contra la subversión en la que estábamos inmersos.

Esta vez, sin embargo, se introducía una modalidad original cuyo antecedente más cercano, forzando la comparación, podría situarse en el golpe de Leguía, de 1919. En ambos casos, había una legitimidad de origen por el voto popular y los dos proyectos, salvando sus diferencias, tuvieron asombrosas similitudes. En efecto, los dos trataron de aplicar un cortocircuito a la clase política precedente e iniciar una nueva era en la historia del Perú. Leguía reventó al Partido Civil y, a su caída en 1930, el Perú tenía una nueva faz política, aunque él mismo terminó sus días penosamente. Fujimori lo logró sólo a medias aunque sí cabe atribuirle un rol, por lo menos parcial, en la destrucción del sistema de partidos en el Perú.

Se cumplen veinte años del autogolpe de 5 de abril de 1992 y es un hecho innegable que cualquier ruptura del orden constitucional deja enormes heridas en el tejido social de una nación. Antes de dicho autogolpe, el gobierno había demostrado capacidad para enderezar al país, recuperar el principio de autoridad, reinsertar al Perú en el sistema financiero internacional, rectificar el manejo de la economía y combatir la subversión. En el Perú y en el mundo se apreciaban los resultados.

Contábamos, además, con uno de los senados más cooperadores y destacados de nuestra historia contemporánea y con una prensa comprometida con las instituciones democráticas.

Claro, el poder absoluto constituye una tentación irreverente que se suele pagar cara. Lo más penoso es que una gran mayoría de peruanos celebraba el hecho con alborozo y de un modo acrítico. En una oportunidad, le dije a mi amigo Mauricio Mulder: “ustedes nos metieron en esto y ustedes nos sacan de esto”, pero lo cierto es que, en mayor o menor medida, todos los peruanos tuvimos algún grado de responsabilidad.

Los resultados dejaron un balance negativo, pero lo importante es que parecería que los peruanos hemos sido capaces de asumir el mensaje ético que nos legó aquel capítulo de nuestra historia y que tiene que ver con nuestra firme vocación común de vivir en democracia. (Escribe: Harold Forsyth)


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