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Entrevistas Ante recientes presagios de terremoto en Lima, insólitas confesiones de Julio Kuroiwa y pautas a seguir ante un sismo.

Prevenir Antes que Lamentar’

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Kuroiwa, quien entre sus mentores cuenta a Charles Richter, quien le da nombre a la “Escala de Richter”.

Julio Kuroiwa Horiuchi (75) es un japonés de sangre nacido en el Perú. Ha dedicado toda su vida a la sismología y al estudio y prevención de desastres. Es un hombre muy importante en el tema a nivel mundial y sus raíces orientales están siempre presentes: pequeño, de sonrisa amable y casi obsequiosa, como si se ofreciera por entero ante su interlocutor, contesta a las preguntas que le hago en el restaurante Costa Verde con exactitud, procurando no salirse del tema. Y cuando le pregunto sobre sus estudios y sus logros y contestando a esto toma importancia su figura intelectiva, trata de moderar la natural rimbombancia con toques de humildad y modestia que no son comunes en la civilización occidental. El tema es álgido. Se está hablando por ahí de algún probable terremoto que puede azotar Lima en el corto plazo y a través de la conversación con él llego a la conclusión (porque hablamos mucho, muchísimo más de lo que aparece en esta entrevista) de que lo peor que puede pasar es perder la calma y entrar en pánico. Los terremotos son imprevisibles. Pero lo que es evidente es que hay que informar a toda la población para que haga lo que debe exactamente hacer cada uno en su hábitat en caso de sismo, empezando (en ciertos casos de probable tsunami) por mirar el reloj. Este es un tema que no pueden dilatar las autoridades. Que nos hable él sobre lo que hay que hacer.

–¿Cuándo decidió dedicarse a la Sismología a fondo?
–Visité Yungay después del terremoto en Ancash de 1970 y vi que, sobresaliendo del barro seco, había un brazo humano que era un informe conjunto de huesos con trozos de carne seca roída por los perros (supongo) u otros animales, y que me impresionó profundamente. Fue un flash en mi mente ante todo ese dolor humano que mi vista abarcaba. Aquella visión marcó definitivamente el destino de mi vida. “Había que luchar contra eso y, gracias a la gran capacitación que recibí en Japón y California debía dedicar el resto de mi vida, full time, a esa lucha”, esa fue mi gran decisión. Tenía 34 años.


 


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