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Opinión "El Ritalín es a Lima lo que la Lírica a la fibromialgia. Gentes a las que las cejas se les mueven solas y sonríen sin desearlo porque ellas proponen pero Botox dispone".

Esclavos y Penitentes

TRUJILLO, 8 DE ABRIL DE 2012

Ya lo sé con claridad: se trata de Lima. Salí esta mañana de Contumazá hacia Trujillo; ¿sabemos dónde queda Contumazá? La tierra de Walter Alva, de Gilberto Plascencia (“…eres como un tronco seco…”), de Mario Florián. La primera ciudad que fundaron los españoles en el actual territorio del Perú, en 1533. Cajamarca no tuvo fundación española. Una vez repartido el rescate de Atahualpa entre los conquistadores que llegaron a la tierra de los caxamarcas, cada uno se fue a buscar la ruta más corta para llegar a la costa y embarcarse de regreso a sus pagos, coronados de gloria pero y sobre todo, de plata y oro. Un grupo de ellos descubrió en la expedición un valle de una belleza y feracidad solo comparables (fue consenso el comentario) a las quebradas verdísimas y lluviosas de San Sebastián, en la Vascongada, enclavado entre los bosques de neblina y la jalca, habitado por cuzmancos que habían sido mal dominados por los incas, diezmados, su lengua aniquilada. El lugar perfecto para establecerse y producir trigo. Fue el primer valle americano que sembró y cosechó trigo con fines comerciales. Quizás los mejores panes del Perú se hornean en Contumazá hasta mi desayuno de hoy.

Lima, dejé cuatro días atrás –no cuatro décadas y ni siquiera años– a la vulgaridad regada en los ciento cincuenta kilómetros del Sur, a los portafolios de moda vintage, a las instalaciones y a las intervenciones. A la pituquería indigna que sufre porque se detesta a sí misma, a los miserables que quieren ser capitalistas invadiendo pampas para engordar al caballo de otro amo, a la medianía de iPhone, Wachiturro y algún culo fresco en la pantalla, ya que pasó el Viernes Santo.

Esclavos y penitentes. Ambos se forman y se mantienen unidos en hermandades que datan del siglo XVI, solo que los primeros prometen y los segundos, expían. Los esclavos visten un capirote blanco con cruz morada en el Jueves Santo y descalzos cargan el anda del Cristo de la Expiración, cuyo peso se sigue calculando en arrobas. Cuando por la noche del jueves entran uno por uno al templo de San Mateo, se escucha la voz atiplada de una mujer madura, la única en toda la ciudad que sabe la letra y la música del cantar que corresponde al momento. Una vez muerta, el legado será recibido por otra de devoción y timbre intachables.

El Ritalín es a Lima lo que la Lírica a la fibromialgia. Gentes estiradas como guantes de médico, a las que las cejas se les mueven solas y sonríen sin desearlo porque ellas proponen pero Botox dispone. Mucho plato para una cagada de porción. El vino en boca, en nariz, en mano… ¿en orto no hay un valor, me lo pregunto?

Los penitentes que aún están expiando también visten de blanco y cargan unos maderos a manera de cruz sobre los hombros. Para que el pecho no se les reviente con el peso, como ha ocurrido alguna vez en más de quinientos años, sus ayudantes los atan desde las clavículas hasta el ombligo con unas sogas negras y bayas porque están tejidas con hebras de cola de caballo. El penitente que culmina este Viernes Santo con su autopunición sale de negro con una calavera y dos fémures blancos sobre el pecho del capirote. Todos, sin zapatos, caminarán hasta el cementerio arrastrando unas barretas de hierro que al friccionar con el asfalto producen los chirridos de dientes de los condenados, según las Escrituras. Allí pasarán parte de la noche y según cuentan, debatiendo con la misma Muerte.

Mil veces prefiero el sentido de la superchería sevillana que sobrevive y se sostiene en lo que la gente cree, a la codicia vaticana que se soporta sobre lo que la mafia sigue exigiendo a las colonias ultramarinas. Tendrás oro y oro, tituló Rafael Sender a una de sus novelas. Tendrás cátedra y todo el Fundo Pando para ti, puta de Babilonia, como tituló Fernando Vallejo a una de sus novelas. (Escribe: Rafo León)


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