Opinión “Nada tiene de road movie contribuir con un granito de arena a una secuencia que genera muerte social, humana y ecológica”.
Legalizar
LIMA, 14 DE ABRIL DE 2012Si no existiera la ambivalencia moral no tendría sentido que existiera la moral. De nacer los seres humanos solo ante el camino del bien, la idea de una normativa que desafíe a quien deja esa senda para encaminarse por la del mal sería inconcebible porque el mal, simplemente, no habría sido inventado. La moral lo que intenta es poner un código allí donde la disyuntiva de actuar según los principios de la corrección o la impropiedad se nos presenta con un tentador peso a favor de la segunda. Cuanto más primaria es una sociedad, esa principia moral se encuentra más identificada con la ley. Por ejemplo, el ojo por ojo, o la condena a muerte del sospechoso y de paso, de toda su comunidad, como ha declarado que hizo Telmo Hurtado en Accomarca.
Lo anterior viene a cuento a raíz del sentimiento que me ha producido la difusión de la captura de Carlos Álvarez, el ciudadano peruano norteamericano conocido en el mundo de los malcriados como el Tío Lucho. Su aspecto de chico malo irredento, su sonrisa ladeada, su abierto cinismo y sobre todo, esa negativa a esconder su auténtica laya, me generan una doble reacción inquietante, por decir lo menos. La misma que surge en alguna parte mía cuando leo en las noticias la caída de cualquier burrier de más de cincuenta años que antes de entrar a su vil tarea de transportador de droga era un pobre diablo en algunos casos con doctorado en Humanidades y hasta libros de poesía publicados.
Gente que no tiene mucho que perder y sí algo que ganar, que probablemente acaricie la fantasía de hacer dos o tres pases como ese y con quince mil dólares empezar una vida diferente en otro lugar del mundo, aunque en el fondo sabe que esa posibilidad simplemente no destaca en el horizonte de lo real y que a lo más los quince mil cocos le servirán para comprar la propia merca que está llevando y jalársela en lo que se endurece un gallo. El estigma del perdedor tiene su appeal, no en vano Brando, Amy, James Dean, Cobain, Jack Nicholson, Janis –Pearl– Joplin, Morrison, Maradona aC, Broncano, Polanski, cada uno en su lugar, tiempo y contexto han representado los epítomes de ese a veces insoportable doble juego interior que nos lleva racionalmente a sancionarlos por haber sido unos hijos de puta consigo mismos y con los demás, a la vez que nos ponen por delante el abismo letal de la libertad. La dignidad desgarrada del marginal. La acusación de los que se atrevieron.
Por supuesto, cualquier sujeto que forme parte de la cadena del narcotráfico es y debe ser juzgado según los más duros cánones éticos y legales. Nada tiene de road movie el hecho de contribuir aunque sea con un granito de arena a una secuencia que genera muerte social, humana y ecológica, que destruye todo lo que atenta contra sus fines, siempre infames; que se alía con las peores fuerzas de la sociedad para lograr sus objetivos, como se da en el VRAE, con los narcotraficantes trabajando en tándem con esa caricatura de la subversión que son los epígonos de Sendero Luminoso.
Y sin embargo, contra toda razón, ahí están los malos muchachos y las peores chicas jugándose sus últimas cartas, al decidirse por comer condones llenos de cocaína y después defecarlos ante la mirada de una panda de sicarios. Cuando caen y aparecen en la televisión con el rostro desencajado ante el autocumplimiento de la profecía, mostrando los envoltorios de momia en torno al torso y las piernas, yo –no lo puedo negar– me pregunto si me sería muy difícil encontrarme en una situación así, algo que jamás me ocurre cuando me enfrento al retrato de un violador o un asesino. Y es que si se legalizaran el tráfico y el consumo de las drogas, al desparecer el delito, se evaporaría también la ambivalencia. ( Escribe: Rafo León)