Opinión “Se ha entendido lo que se ha podido o lo que se ha querido entender, para alimentar esas hogueras que hacen daño y dan penas”.
Noche de Ronda
AREQUIPA, 23 DE ABRIL DE 2012El columnista de una publicación que circula en la ciudad de Arequipa comenta el proverbial regionalismo del arequipeño como algo ya desfasado, pues qué es eso de seguir soportando el desarrollo y el porvenir en que se es autónomo y mejor que el resto de peruanos. Y cita, entrecomillando a un gran estudioso de la cultura local, a quien nadie podría tildar de anti characato, al contrario: “No conozco peor arequipeño que aquel que se siente superior por el solo hecho de haber nacido en Arequipa”. Al día siguiente los Facebook y cuentas de correo de la publicación y del periodista revientan de insultos, diatribas, amenazas, mentadas de madre, mariconeadas y en fin. El promedio de gente ha leído literalmente la cita con las palabras del estudioso, se ha fumado las comillas, no ha reparado en que se trata de conceptos vertidos por otro ser, distinto del periodista. Se ha entendido lo que se ha podido o peor, lo que se ha querido entender, para encender ánimos y alimentar una de esas hogueras que hacen daño y dan penas, como habría dicho Agustín Lara.
No es una idea muy sexy para los periodistas pero por ahí van los tiros. La agenda ahora te la pone no la necesidad de informar o dar una opinión que oriente o descoloque el sentido de la audiencia; al revés, hoy gracias a las llamadas redes sociales los temas, el punto de vista y el camino los pone el antiguamente llamado receptor del mensaje y tú como periodista, o lo reflejas o te resignas a ser presa de perros llamados trolls o a cosas peores como quedarte en la cuneta. Esta es la consecuencia más poderosa de lo que la ilusión del Internet le vende a la gente, una idea que tira por los suelos el profesionalismo periodístico pues reemplaza con la chabacanería, la mediocridad inherente a lo masivo y el fundamentalismo, el ejercicio formado, agudo, abierto y a la vez, autorizado en que se basa el periodismo limpio y de buen gusto.
Juan Luis Cebrián, el hombre del Grupo Prisa y de El País, ha planteado desde lo suyo este tema en la reciente reunión de la SIP, expresando su ambivalencia ante el hecho consumado de que hoy estén jugando con mayor punche que los medios de comunicación tradicionales, nuevas plataformas informativas derivadas del concepto de red social. Ello tiene, como todo, un lado bueno y uno muy malo. Lado bueno: según Cebrián, el Rey que Cazó y Fornicó, Juan Carlos de Borbón, tuvo que pedir permiso por haber cazado un elefante en Bostwana, interpósita cuarenta mil Euros, no porque la prensa escrita lo haya arrinconado con un destape sino por la presión del campanario virtual que se yergue al centro de la aldea global, las redes sociales.
El lado muy malo. Quizás allí haya que buscar la explicación a por qué muy buenos periodistas de “medios tradicionales” (entiéndase prensa escrita, radio, TV), hoy en sus espacios dentro de esos mismos medios, están adoptando la banalidad, el disfuerzo, el facilismo, como sus mejores enganches con sus audiencias. Es como si estuvieran tratando de trasladar al medio tradicional los mecanismo sobre los que se sostiene la comunicación en la red social, básicamente decir lo que el otro quiere escuchar, sin matices ni grisuras, a blanco y negro total, con la inmediatez de lo que se evaporará en el corte comercial y la complicidad en la certeza de que pensar, da flojera, no hace falta, hace daño y da penas y se acaba por llorar. (Escribe: Rafo León)