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Bicentenario El 2 de abril se cumplieron doscientos años del fallecimiento de Vicente Morales Duárez, el único peruano que presidió las Cortes de Cádiz.

Un Limeño en Cádiz

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Busto de Morales Duárez, en Lima. El diputado quería ser sepultado en el Presbítero Maestro.

Un ilustre peruano del siglo XVIII y principios de la centuria decimonónica, que colaboró con sus ideas liberales en el debate para crear la Constitución de 1812, fue el jurista limeño Vicente Morales Duárez. Había nacido el 24 de enero de 1755, en el seno de una familia “española americana” compuesta de comerciantes y descendientes de ricos encomenderos. Sus primeros estudios los realizó en el Seminario de Santo Toribio y en 1771, a los 16 años de edad, pasó al recién inaugurado Convictorio de San Carlos, teniendo como maestro y preceptor a Toribio Rodríguez de Mendoza.

Morales Duárez siguió paralelamente estudios en la Universidad de San Marcos, en la que permaneció varios años, hasta obtener el grado de doctor en Leyes y en Cánones. Perteneció al selecto grupo de intelectuales que conformó la Sociedad de Amantes del País, agrupación de criollos ilustrados que editó el Mercurio Peruano (1790-1795). Llegó a ser asesor en materia legal del virrey Gil de Taboada y recibió el nombramiento de Inspector General del Ejército.

Muy pronto, el ejercicio de la docencia universitaria en el claustro sanmarquino –donde regentó sucesivamente las cátedras de Instituta, Código, Cánones y Decreto– y su destreza en la actuación profesional lo convirtieron en uno de los más reputados abogados de la capital, y por ello fue llamado a integrar la comisión que redactó los estatutos del Colegio de Abogados de Lima, que se instaló solemnemente en 1808.

Viajó a España a comienzos de 1810, con el encargo de realizar gestiones a favor del Cabildo y de la Universidad de su ciudad natal. Como hombre consciente de los riesgos que podían sobrevenir en el viaje, hizo su testamento antes de partir de Lima (30 de octubre de 1809), documento que se conserva en el Archivo General de la Nación. Allí se presenta a sí mismo como catedrático de Decreto y diputado del Colegio de Abogados; “hijo legítimo del capitán D. Vicente Antonio Morales Santisteban, natural de Granada en los reinos de España, y de Dª María Mercedes Duárez de la Cuadra y Sayago”. Dice no tener acreedores y, por ser soltero, lega todos sus bienes a sus dos hermanos, Rosa y Francisco (este último vicario en San Pedro de Casta).

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La ‘Pepa’ fue promulgada el 19 de marzo de 1812, en Cádiz. El 24 de ese mismo mes, Morales Duárez fue elegido presidente de las Cortes.

Tal parece que al llegar a España a don Vicente –según anota su biógrafo Luis Alayza y Paz Soldán– “comenzaron inmediatamente a rodearlo los honores que atraía su gran prestigio”. Así es que el 18 de septiembre de 1810, estando en Cádiz, una de las pocas ciudades libres de la ocupación napoleónica, recibe el nombramiento de Alcalde del Crimen de la Real Audiencia de Lima; pero Morales Duárez, en vez de regresar al Perú a ejercer su nuevo cargo, decide permanecer allá. Lo hacía seguramente a sabiendas de que podía ser designado como representante ante las Cortes generales y extraordinarias, convocadas por la Junta Central del Reino para mantener el orden y la unidad hispánica ante el confinamiento del rey Fernando VII.

En efecto, al poco tiempo el jurista limeño es nominado diputado suplente por el virreinato del Perú ante las Cortes, instaladas el propio mes de septiembre en la Real Isla de León. Allí integra la comisión de 14 representantes que recibieron el encargo de trabajar un proyecto de Constitución para la monarquía hispanoamericana.

En las intervenciones brindadas por Morales Duárez en dicha asamblea, se puede apreciar tres elementos representativos de su postura liberal: (1) que los indígenas deben tener los mismos derechos que los españoles y por lo tanto se les debe dar una representación política similar a la que ostentan los peninsulares, pues son vasallos del rey de España; (2) que la soberanía reside en el pueblo, y por ello critica duramente el argumento esgrimido por los ideólogos que fundamentaban el poder absoluto del monarca en un derecho divino; (3) que la base de los imperios radica en el buen trato del monarca hacia sus gobernados, lo cual ocurre cuando se respeta los derechos de propiedad, libertad y seguridad que merecen todos los súbditos por igual.

Entre la diversidad de doctrinas políticas y filosóficas que representaban los miembros de la diputación americana, el limeño venía a significar un término medio, pues se adscribía a la tendencia liberal clásica. Sus discursos parlamentarios fueron numerosos y con gran atención escuchados. Entre ellos destacan los relativos al reglamento del Consejo de Regencia, reformas de Ultramar, libertad de imprenta, igualdad de derechos de españoles y americanos, recursos para atender a los ejércitos, exención de tributos, provisión de prebendas, concesión de títulos de Castilla y remoción de magistrados.

Como se sabe, la Constitución política de la monarquía española fue promulgada el 19 de marzo de 1812, fiesta de San José, en la ciudad de Cádiz, y se difundió en seguida por todos los territorios del ámbito hispánico. El día 24 de ese mismo mes, Morales Duárez fue elegido presidente de las Cortes (sin duda el más alto cargo al que llegó un peruano en el siglo XIX), para un período que debía durar reglamentariamente un mes.

El jurista limeño disfrutó de un respeto constante y fue de los pocos diputados no atacados fuera de las Cortes por la prensa antirreformista y absolutista. Uno de los más profundos conocedores de aquella coyuntura, el escritor y jurista Rafael María de Labra (hijo), anota que “fue Morales Duárez, sin género de duda, una de las eminencias de las Cortes gaditanas, donde acreditó especialmente su gran cultura jurídica y la elevación y severidad de su carácter”.

Sin embargo, su mandato fue breve, pues una semana después de haber sido elegido a la presidencia falleció repentinamente. Su muerte se produjo en la madrugada del 2 de abril de 1812, luego de haber asistido a un banquete ofrecido por el embajador británico en Cádiz, Sir Henry Wellesley (hermano del duque de Wellington). Tenía entonces 57 años de edad, y se presume que cayó víctima de la fiebre amarilla que entonces asolaba el sur de España.

No obstante, algunos suponen que habría sido envenenado por causas políticas o por la envidia de otros diputados americanos, que vieron con malos ojos su elección. En las cartas que dirigía a sus familiares y amigos en Lima, el jurista sanmarquino se quejaba de la guerra sin cuartel que le hacían algunos colegas representantes de Ultramar, que ambicionaban también la presidencia de las Cortes. A su amigo Francisco Moreyra y Matute, por ejemplo, le escribió con desesperanza una vez: “¡Pobre de mí, cuál será mi último paradero…!”.

Morales Duárez no pudo lograr su deseo de ser sepultado en el nuevo camposanto de Lima: el “panteón de las Maravillas”, como él decía (hoy cementerio Presbítero Maestro). Sus restos fueron enterrados en un mausoleo especial del cementerio de Cádiz, recibiendo los honores propios de su alta investidura. Al llegar la noticia de su deceso a Lima, el Cabildo le rindió honras fúnebres en una ceremonia realizada en la iglesia catedral el 7 de noviembre de 1812.

Hoy, a doscientos años de su muerte, podemos decir que en el Perú no se le ha hecho debida justicia ni destacado sus grandes méritos. Don Vicente Morales Duárez, sabio jurisconsulto, gran orador y patriota, es uno de los protagonistas más destacados del proceso de la Independencia hispanoamericana. (Por: Teodoro Hampe Martínez*)

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*Doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid.

Rumbo al Bicentenario


Quizás Vicente Morales Duárez alcanzó el más alto cargo al que haya llegado un peruano durante el siglo XIX. Así lo sugiere el historiador Teodoro Hampe en un artículo que recuerda al respetado diputado peruano a doscientos años de su muerte. Pero Morales Duárez no solo presidió las Cortes de Cádiz. Tuvo también intervenciones memorables, según los cronistas de la época. Apoyó propuestas liberales como la representación política para los indígenas, la igualdad de derechos para españoles y americanos, y la libertad de imprenta. Aquellas fueron algunas de las semillas independentistas. Su muerte, finalmente, estuvo rodeada de un halo de misterio. Se reciben comentarios y colaboraciones a


 


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