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Pérdida Defender derechos nunca fue para él una operación jurídica rutinaria y grisácea, sino un arte.

Santistevan o el Arte de Defender

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El primer Defensor del Pueblo, quien ejerció el cargo con particular entereza en años convulsionados, falleció el 18 de abril a los 67 años.

Estaba hecho para el cargo. Prudente en el hablar, abierto a escuchar a todos, respetuoso en público y en privado, firme en sus pronunciamientos. Jorge Santistevan fue el primer Defensor del Pueblo, y la institución que levantó desde la primera piedra hace 15 años, fue su obra principal.

Es que cuando las cosas se hacen con la devoción que Jorge Santistevan las hizo, las personas, los objetos, las acciones logran impregnarse de la nobleza del líder. Y él entendió, perfectamente, que defender derechos ciudadanos, más que un cargo era un extraordinario encargo, y que había que hablar el lenguaje del ejemplo.

DÍAS DIFÍCILES

No se creó la Defensoría del Pueblo en medio de una primavera democrática. Vivíamos entre el fuego cruzado del oficialismo y la oposición, con destapes y acusaciones de variado calibre.

La necesidad de una Defensoría quedó justificada al poco tiempo de su apertura. Miles de personas llegaban a sus locales para compartir sus aflicciones por algún género de abuso de parte del Estado. Los grandes defensores, sin embargo, se hacen en los grandes pleitos. Y Santistevan encaró con valentía la situación de los “injustamente condenados por terrorismo”; las prácticas de anticoncepción quirúrgica; la supervisión electoral de los comicios de fines de los noventa, entre otros.

MÚSICA, MAESTRO

Defender derechos nunca fue para él una operación jurídica rutinaria y grisácea, sino un arte a través del cual una carencia, una sensación de agravio se van trasformando en narración dramática, claridad argumental, invención de realidades posibles, es decir, una performance capaz de revertir la afectación y mejorar el futuro.
Había que ponerle música a la letra de los derechos, por eso creó una institución para la persuasión y no para la confrontación. Gran cintura para el baile y para la negociación. Solía condensar realidades complejas con atinadas metáforas. Y parte de esa música fue también lograr afinar un equipo, desarrollar su talento y hacerlo sentir parte de una gran causa.

AREQUIPA, EL ETERNO RETORNO

Como todo buen hijo que carga con el terruño adentro, Santistevan, cuando volvía a Arequipa, rastreaba su pasado. Le gustaba recordar sus días de nadador en el Club Internacional, su paso por el colegio jesuita San José, su casa imaginaria de la avenida Bolognesi, y cómo no, la generosa mesa de las picanterías. Arequipa, claro está, no es el mejor lugar para iniciar una dieta, por eso sucumbía con facilidad al portentoso “triple” (chicharrones, rocoto relleno y sarza de patas) o el humilde “escribano”.

COLECCIONISTA DE ATARDECERES

Hombre cultivado y sutil, de mirada clara y profunda; frente prolongada y una barriga que administraba con elegancia. De sus viajes por el mundo se traía crepúsculos en la mirada y se afanaba en transmitirles, fascinado, a sus amigos, la magia de las caídas de Sol.
“Quiero vivir cien años”, nos dijo. Más de cien, maestro, porque la buena gente como usted viene para quedarse en la historia de todos. ( Escribe: Rolando Luque Mogrovejo*)

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*Rolando Luque fue su representante en Arequipa, la primera oficina descentralizada que se abrió, en 1996.


 


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