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Música Criollos Villalobos y urgente jarana: salvar la memoria de Pinglo.

La Dinastía Del Cucú

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La jarana continúa. José y Victoria Villalobos ante casona de Pinglo en la que no penan, pero que sí da pena.

Yo te voy a decir por qué el ‘Zambo’ Cavero era gordo”. El anuncio, que sonaba a advertencia, provenía con conocimiento de frejol y causa, de boca del legendario compositor Pepe Villalobos, primo y compañero de jaranas del Zambo, y creador de celebrados festejos como Mueve tu cucú. La revelación se anunciaba ante los vestigios de la casa del bardo Felipe Pinglo, en el jirón Junín en Barrios Altos, hasta donde ha llegado con su hija Victoria para sensibilizar a las autoridades antes de que los últimos muros se caigan por el peso de la indiferencia. Victoria, que viene de ganar con una canción de Pinglo el Disco de Oro del Festival de la Canción Latinoamericana en California, EE.UU., es una de las protagonistas de una dinastía criolla que también incluye a su hermano el compositor José Villalobos.

Con su voz clara curtida de pisco y jarana, el Zambo había sido el encargado de cantar como nadie ese himno a la vida que continúa, al llora que te llora y mueve tu cucú.

“Lo que pasa es que él hacía siesta de desayuno, con oración, pijama y calentado”, recuerda Villalobos el rito alimenticio del Zambo, devoto del tacu tacu mañanero y la digestión reposada, quien solía acompañarlo en esas interminables jaranas de antes sazonadas por ese otro repertorio del criollismo consistente de la rica carapulcra y el arroz con pato. “Yo soy egresado de la gran universidad del callejón: porque ahí está el criollismo, la comida, la picardía”, sentencia Villalobos.

Hoy, ante la casa de Pinglo, Victoria Villalobos entona algunas estrofas de Chabuca Granda, a la que conociera en casa de Mario Cavagnaro apenas tres meses antes de su muerte, donde la compositora la invitaría a tomar lonche en su casa de Miraflores para terminar ofreciéndole no solo frugales galletas, sino también algo más suculento: consejos sobre el repertorio más adecuado para su voz y hasta la forma más sentadora de vestirse.

Ante las paredes descascaradas de ese antiguo solar de Barrios Altos, Villalobos se confiesa ahora aterrorizado “por la indiferencia que hay por el recuerdo de Pinglo”, al que no duda en calificar del San Martín de la música criolla, quien supo ser un renovador de esta en tiempos en que era mirada a menos y recibía el duro embate del foxtrot y el tango. Santo de la música al que los milagros, sin embargo, no le alcanzan para rescatar aquella propiedad que, puesta en valor, bien podría servir de atractivo destino turístico. Olvidado por las autoridades que deberían velar por la conservación de su patrimonio, Pinglo seguramente se reafirmaría todavía en aquellos versos del imperecedero valse ‘De vuelta al barrio’: “La vida en su misterio / me ha dado una verdad / los tiempos que se fueron, / esos no volverán”. (Maribel De Paz)


 


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