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Cultural Pida la palabra, el nuevo libro de oratoria del ex presidente Alan García y un repaso por los grandes discursos de la historia contemporánea.

La Ciencia de la Elocuencia

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Floro y florete. Alan García cita a Churchill, Aristóteles, Federico García Lorca y Rubén Darío.

No hay mayor patraña que el llamado teleprompter”, dice Alan García en su último libro. Una farsa que usan hoy muchos “líderes” que leen lo que otros han escrito o pensado. El verdadero orador, explica el ex presidente, es aquel que cree en lo que dice. Es quien sabe que para persuadir hay que primero estar persuadido. Por eso dice despreciar a los sofistas, quienes pueden argumentar alrededor de cualquier tema, sea a favor o en contra. El orador, finalmente, no nace: se hace a punta de esfuerzo.

El último libro de García, Pida la palabra. Por la Libertad, la Plenitud y el Éxito (Titanium Editores, 2012), empieza con una advertencia. Lo que en una lectura puede parecer redundante es un instrumento esencial de la ancestral comunicación oral: la reiteración. En esos términos, las primeras páginas del libro intentan “reivindicar la espontaneidad de la palabra”, pero también “la riqueza del instante en que se unificaron el público y el expositor”.

El libro, en realidad, es un curso. Siendo específicos, es la reproducción de parte del curso Comunicación y Excelencia Expresiva, materia dictada por el ex presidente el año 2005, como parte del Instituto de Gobierno de la Universidad de San Martín de Porres.

La obra está trufada de anécdotas personales y ajustes de cuentas. AGP revela que le toma tres o cuatro días preparar un discurso de hora y media. En otro pasaje del libro alude a un adversario que decía en pleno debate “yo no hablo bonito como el Sr. García”. Cuenta que en ese entonces se abstuvo de responderle, pero que quiso decirle que “no habla bien porque tampoco piensa bien, pues no estudia ni razona y se limita a leer mecánicamente aquello que otros escriben”. En ciertos pasajes, su postura se radicaliza. “El que no educa su memoria, el que no se ha preparado, el que no ha investigado, no puede hablar”, dice. La culpa sería de la comunicación escrita, explica, por haber bloqueado nuestra capacidad de expresarnos oralmente.

Los mejores pasajes del libro, sin duda, son los dedicados a sus maestros. Todos muertos, evidentemente. El ex presidente recuerda lo aprendido de escritores como Miguel de Unamuno y poetas como Chocano, Neruda, Rubén Darío y García Lorca. También reconoce su admiración por el abogado José Domingo Choquehuanca y sus loas a Simón Bolívar. Las referencias van hasta La Retórica de Aristóteles, y alcanzan la fuerza de Ghandhi, la ironía de Churchill, la emotividad de Martin Luther King y el atrevimiento de la feminista Susan B. Anthony. Destacan sobre todo el discurso de Raúl Alfonsín en 1983, durante los días finales de la dictadura argentina; el mensaje inaugural de John F. Kennedy, que implicó la ayuda de 36 talentos de las letras; las palabras de Engels en la tumba de Marx (con la frase “el más grande pensador vivo dejó de pensar”); el de Robert Kennedy en 1967, comunicando la muerte de Martin Luther King; el discurso de Antonio tras la muerte de César; las parábolas de Jesús; el de “sangre, sudor y lágrimas”, de Churchill; y el mensaje de “solo tenemos que temer al temor”, de Franklin Delano Roosevelt.

Pero el centro del libro es sin duda Haya de la Torre. AGP recuerda el histórico discurso de 1932, cuando Haya dijo “La misión del aprismo no es llegar a palacio sino a la conciencia del pueblo”. Pero reproduce el del 20 de mayo de 1945, el Discurso del reencuentro en la Plaza San Martín, luego de once años en la clandestinidad. También incluye el que a su juicio es el mejor de todos: el Discurso del veto del 4 de julio de 1962. Una ausencia extraña: el discurso de la Plaza de Acho, en 1931.

Salvo cuando politiza innecesariamente algunos pasajes, el libro se deja leer, a pesar del verbo excesivo de AGP. Desde ya se espera el segundo tomo, mucho más difícil de escribir: el arte de saber callar.


 


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