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05/Jul/2012
 
 
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Local En una capital no apta para las motos, elogio y catarsis de un motociclista de madrugada.

Confesiones de Motero

Ella y yo, solos por las madrugadas, mis manos la conducen, lento o a todo galope, ronronea, luego ruge, me dejo ir, llego y parto, parto y llego, si el cansancio existe ha de ser referido con una palabra que ignoro. A veces, me quito el casco, es peligroso andar en moto sin casco, no hay que hacerlo, pero en la madrugada, en una pista larga como en la Costa Verde, donde nadie vendrá por un costado, meter suavemente gas y dejar el rostro contra el viento produce precisamente la sensación de libertad que busca este motero.

Denigran a los moteros quienes van por las calles dribleando coches: estúpidos, un día caen por meterse como y donde no deben. Hay quienes conducen como si el plazo para dejar la pizza se agotara: eso no es andar en moto, eso es un trabajo de alto riesgo. Como casi todo el mundo, quienes manejan así no lo hacen por amor, los condiciona un trabajo que los devalúa y los degenera en orcos cuando podrían ser ángeles sobre ruedas: por eso es que indefectiblemente sus motos van con tubos de escape amarrados con pita, con faros ciegos, y tanques y tapabarros cubiertos de polvo, grasa y hollín.


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