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Segundo Puesto del XXV Cuento de las 1,000 Palabras, Miguel Antonio Sánchez: Antes de la muerte de Kennedy, la esposa del doctor y la madre del protagonista ya habían muerto.

SEGUNDO PUESTO: "El Día Que Murió Kennedy"

En un hospital en EE.UU. un joven migrante y un doctor cultivan una relación basada en el duelo de ambos. Antes de la muerte de Kennedy, la esposa del doctor y la madre del protagonista ya habían muerto. Miguel Antonio Sánchez (La Plata, Argentina, 1979), ganador del segundo puesto, explica que los personajes encuentran en el cambio de identidad y en la fuga una posibilidad de consuelo. Periodista, Miguel lee a Salinger, McCullers, Ribeyro, pero sobre todo Luis Loayza.

EL DÍA QUE MURIÓ KENNEDY YO TAMBIÉN MORÍ. En todo caso así me lo dijo el doctor Ladowsky mi último día en el St. Bernadines Medical Center de California. Había llegado ahí luego de que una pieza de motor de camión de casi seiscientos kilos cayera sobre mi pierna derecha y me quebrara casi todos los huesos. El aspecto no era el mejor y apenas dos metacarpianos del pie lucían intactos en las primeras placas de rayos X que me sacaron. Estuve internado en total diez semanas sin saber muy bien al comienzo si lo que me decían era que debían amputarme la pierna o simplemente que había que esperar que la naturaleza haga su trabajo y suelde todos mis huesos rotos. La incertidumbre de no entender qué pasaba me enfermaba aún más. Las dos veces que me llevaron a la sala de operaciones para insertarme cinco pernos, una placa de metal y reponer los ligamentos en su lugar me quedé dormido pensando en despertar con una pierna menos. Lo que más recuerdo de esos primeros días en el hospital era la sensación de paz que me dejaban los analgésicos inyectables de las noches y el tenue arrullo del sonido de los enormes camiones al pasar.

El accidente ocurrió a los dos meses de haber llegado desde el Perú. Mientras engrasaba un motor de camión, una de las piezas cedió y no me dio tiempo para sacar la pierna. Había llegado a trabajar a San Bernardino, California, por la insistencia del tío Ezequiel, hermano de mi madre, quien había vivido casi treinta años en ese lugar y para quien no había mejor futuro para un joven peruano que irse a los Estados Unidos. Desde que murió mi madre, el tío Ezequiel se encargó de mi vida. Dejando un mes enviaba un giro que le alcanzaba a mi abuela para comprar mis medicinas para el asma, para la mensualidad del colegio y luego para pagar la carrera técnica que estudié en un instituto de Lima. Gracias a él pude costear el pasaje y también conseguir un puesto en la Yellow Freight Systems, pequeña empresa de courier que se encargaba de llevar y entregar grandes encomiendas en varias ciudades del estado de California. Cuando llegué necesitaban un ayudante de mecánico que ajuste tuercas, suelde partes, engrase piezas y una cables. No era necesario hablar bien inglés, en todo caso podría ir aprendiéndolo. Para comenzar me prestaban un pequeño cuarto en el taller y me pagaban cuatro dólares la hora hasta que regularizara mis papeles. Cuando sucedió el accidente era apenas mi tercera semana de trabajo.

En el hospital no tuve visitas. Mi tío Ezequiel vivía ya en el Perú y nadie de la empresa fue a verme, supongo por miedo a que los responsabilicen de tener en su empresa un trabajador peruano indocumentado. De vez en cuando llegaba una enfermera de padres dominicanos con la que podía entenderme y quien poco a poco me iba tranquilizando con mis diagnósticos. Ella fue la que me dijo luego de las operaciones que no me iban a cortar la pierna. Parecía aprovechar sus visitas para practicar su español contándome sobre su infancia feliz en Santo Domingo. Todas las tardes también llegaba el doctor Ladowsky a examinarme. Tenía el pelo cano, la voz cortante y de su cara gastada sobresalía una cicatriz en el pómulo derecho. El doctor se esforzaba todos los días en traducirme al italiano sobre los retrocesos y avances de mi pierna con un tono neutro que siempre me dejaba descorazonado.

Poco a poco, sobre todo las últimas semanas en el hospital, fui teniendo más confianza con el doctor Ladowsky. Yo le contaba del Perú, de mi infancia en Chiclayo, sobre la muerte repentina de mi madre cuando tenía trece años y a veces le comentaba sobre la cultura inca, tema que parecía apasionarle. Él me narraba sobre su vida pasada en Francia, pero también sobre la guerra y su escape con una identidad falsa a los Estados Unidos. Me contó que ser judío en la Europa ocupada era lo peor que podía pasarle a un ser humano. La huella en su cara era el resultado de un fogonazo mal calculado contra las tropas nazis que cayó muy cerca de él. Cuando recordaba ese tiempo, el doctor se atropellaba con las palabras, la cicatriz se le marcaba más en el rostro y parecía no darse cuenta de que en su relato mezclaba francés, inglés e italiano. Una vez recordando a María Mondino, su esposa italiana muerta en la guerra, no aguantó y se quebró. Poco pude hacer para reconstruir el corazón de quien reconstruía mi pierna.

Cumplidas las diez semanas pude por fin caminar. Como huella solo quedaba una marca que rodeaba mi pierna desde la rodilla hasta el empeine. Yellow Freight Systems, para no hacerse problemas, había pagado todo a través de un tercero y en un sobre sin nombre dejaron quinientos dólares. Pensé con ese dinero volver al Perú. El día que me dieron de alta en las noticias anunciaban que habían matado al presidente Kennedy en Dallas. Todos en el hospital se reunían alrededor de las radios y los televisores con el mismo gesto desencajado de a quien le amputan la fe en el mundo. Antes de irme y mientras nos despedíamos, el doctor Ladowsky me entregó un sobre. Fue en ese momento que dijo que ese día no solo moría Kennedy sino también yo. En el interior del sobre encontré un documento de identidad falso y algunos papeles de seguro médico que dijo algún día servirían por si me rompía la otra pierna. Ese día, 22 de noviembre de 1963, nadie tuvo tiempo para saber que gracias a las gestiones del doctor Ladowsky dejaba de ser Teodoro Carmona y me convertía en Michael Clairy para siempre. (Por: Miguel Antonio Sánchez)


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