Opinión "Observando lo que ocurre en Cajamarca da la impresión de que estamos ante dos grupos de intereses para quienes la consecución de sus objetivos sobrepasa la moral".
Colapso - Escribe: Rafo León
LIMA, 6 DE JULIO DE 2012Jared Diamond (Boston, 1937), catedrático de Geografía en la Universidad de California, publicó en 2005 un voluminoso y estrepitosamente polémico libro llamado Colapso. A lo largo de 750 páginas Diamond analiza las posibles causas por las cuales en la historia una serie de civilizaciones que alcanzaron altos niveles de desarrollo, de pronto desaparecieron como si se las hubiera llevado un huracán. Los mayas, los noruegos de Groenlandia, los rapanui los ansazi de Nuevo México (los moche son constantemente mencionados también), entre otros grupos humanos, son pasados por Diamond por un rasero de variables comunes que demuestran cómo en algún momento de su evolución, estas sociedades tomaron decisiones tan equivocadas que terminaron suicidándose. Poco a poco, sin siquiera darse cuenta. Las variables están relacionadas con el ejercicio del poder dentro de estos grupos (decadencia y alejamiento entre el gobernante y la masa), las relaciones con vecinos (guerras o excesiva dependencia en importar y exportar), pero sobre todo cuestiones relacionadas con el mal uso de los elementos de la naturaleza y el maltrato al medio ambiente, lo que en circunstancias de críticos cambios climáticos determinaron el colapso que da título al libro.
Luego de haber desbrozado caso por caso, Diamond y sus alumnos de la UCLA se hacen una pregunta tan simple que parece una gringada y sin embargo, no lo es: ¿por qué algunas sociedades toman decisiones catastróficas? Asumiendo que la pregunta es retórica y no tiene una sola y única respuesta, el autor ensaya una serie de posibilidades: la sociedad ignora que su decisión es la causa de un problema (por ejemplo, la deforestación en Rapanui durante la época de la construcción de los moai), o la imposibilidad de percibir el problema cuando se está produciendo: desarrollo agrícola en un suelo ya devastado por la pérdida de nutrientes, antes de que la comunidad se hubiera instalado en el lugar. Lo que Diamond llama “la tercera parada que aparece en la carretera del fracaso” es la que llama la atención a la luz de lo que estamos viviendo en el Perú desde que se agudizó la conflictividad por razones ambientales entre las grandes expresas dedicadas a la industria extractiva y las comunidades.
Alude Diamond a que ciertas personas o grupos pueden concluir en que la defensa de sus intereses económicos y políticos puede ser perjudicial para los demás, y aunque ello sea moralmente reprensible, se sigue sosteniendo en la medida en que no va contra las leyes o se está en un contexto en el que la legitimidad es muy frágil: “Los supuestos infractores se sienten seguros porque están muy limitados (son pocos en número) y muy motivados ante la perspectiva de cosechar beneficios importantes, seguros e inmediatos, mientras que las pérdidas quedan difuminadas entre gran cantidad de individuos”.
Observando lo que ocurre en Cajamarca –y que tiene todas las de extenderse por otras zonas del país– da la impresión de que estamos ante dos grupos de intereses para quienes la consecución de sus objetivos sobrepasa la moral y la ley y se articula sobre la anulación del interés del otro. En este escenario el gobierno viene a representar más a un lado del conflicto, el del empresariado, pero con mayor evidencia y gravedad, a la fragilidad legal e institucional que opone a mineros y poblaciones sin ningún amortiguamiento, como los huesos de una rodilla carcomidos por la artrosis.
Hay que leer el libro de Diamond, ya que no queremos leer la realidad que nos está desfilando por delante. En la perspectiva de este académico, cuando se produce este particular choque de intereses se está anunciando el final de un ciclo. Lo que sigue es una mayor distancia entre gobernante y gobernado, al punto que la autoridad pierde la conexión entre sus decisiones y las consecuencias que estas generan en la gente. Lo que concernía al común se disgrega y a cambio se instala la destructiva noción de que el problema no es mío sino de los otros. La pérdida de un código común anula la posibilidad de llegar a acuerdos y consensos y como es natural, la violencia reemplaza a la palabra. La sociedad, fragmentada en grupúsculos, ve cómo se las arregla cada uno para sobrevivir, se acelera el mal uso de los recursos naturales al primar el cortoplacismo y lo que fue un conjunto orgánico empieza a desvanecerse en un caos cada vez menos visible e importante para la comunidad internacional. Como en muchos países de África, como en Haití, como en Bolivia. En el Perú se sienten pasos. (Escribe: Rafo León)