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Poseído él mismo por las musas de la creatividad, Guillermo Rose concibió desde la lejana Canadá una historia habitada por espectros poéticos que lograron cautivar al jurado.

TERCER PUESTO: "Secreto Literario"

Por: Guillermo Rose

Poseído él mismo por las musas de la creatividad, Guillermo Rose concibió desde la lejana Canadá una historia habitada por espectros poéticos que lograron cautivar al jurado con el cuento “Secreto literario”. Participando esta vez con el seudónimo borgiano de Uqbar, el autor ya era caserito de este concurso, habiéndose hecho del primer premio en 1993 con el cuento “Media suela”. Pariente de Juan Gonzalo Rose, tal cual se describe en el cuento, esta historia nació como un micro-relato en el que era Cervantes el espíritu chocarrero. Fiel lector de Vargas Llosa y Ribeyro, Guillermo Rose se dedica también ahora a esa otra práctica bendita: la relectura.

Hasta la noche en que mi computadora personal se congelara tan inesperadamente, no había relacionado el asunto de la muerte de Juan con el hecho de mi repentino interés en escribir. En ese instante no comprendí por qué se me ocurría tamaño despropósito si habían pasado más de siete años desde que él desapareció del planeta hasta que empecé a inspirarme tan fácilmente, tan vigorosamente, y, sobre todo, tan repentinamente. Juan y yo, pese a ser parientes consanguíneos, solamente cruzamos unas palabras hace muchísimos años cuando me enteré que estaba escribiendo para un diario y yo necesitaba hablar con él. En esa oportunidad, única en la que nuestros caminos se juntaron brevemente, hablamos poco, sin tocar el tema que más me interesaba de él, la literatura o, mejor aún, su literatura. Su sonrisa era madura. Ahora lo recuerdo como un hombre joven –tendría en ese momento unos 38 años–, con un saco sport que no hacía juego ni con el pantalón ni con la corbatita michi. Un bohemio, pensé, y pese a tanto que lo había leído y admirado le hablé como a un pariente extraño que anda buscando un contacto con su padre a quien no ve desde los siete años de edad. Fue muy asequible y me indicó exactamente cómo llegar al Ministerio, cosa que hice con el apresuramiento erróneo del que cree que va a encontrar un tesoro, y que si no se apura, lo va a perder. Juan parecía comprender todo esto y su sonrisa y sus ojos achinados, bondadosos, así me lo indicaban. Luego no supe más de él, excepto por una que otra crónica suya en revistas literarias de calidad. Y pasado el tiempo, cuando murió, me di de golpes de cabeza, habiendo desperdiciado aquella oportunidad única de establecer contacto, de preguntarle cosas intrascendentes pero importantes para mí. Tantas veces había leído y releído sus poemas que me parecía que lo conocía personalmente.

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Hace diez años me mudé a Caracas, gracias a una oportunidad especial de trabajo por la tremenda necesidad de analistas de sistemas en muchas empresas venezolanas. Establecerme en otro país no fue nada fácil, pero la paga era buena y la demanda por gente de procesamiento de datos lo suficientemente fuerte como para permitirme ganar unos buenos dólares y, en un tiempo, regresar a Lima con plata como para un departamento y, encima seguir trabajando en lo mismo. Pero fue una vida vacía, allá. Soltero, con una cualidad especial para no poder conquistar a ninguna mujer que valiera la pena, y, pasados los cuarenta, con una familia paterna inexistente y una familia materna igualmente extinta, solo me interesaban mi trabajo y la gente de la oficina. Al comienzo me invitaban a algunas de sus reuniones pero se cansaron, ya que todos tenían familia, así que no había realmente ningún interés mutuo, siendo que yo no solamente era extranjero, sino además un solitario. Desilusionado, pensaba en regresar a Lima constantemente, pero al recordar los muchos motivos por los que dejé el país, me contentaba con volver a esa vida segura pero aburrida. Esto es hasta hace unos tres años. Me había comprado una nueva computadora personal. Una noche acababa de terminar de escribirle una carta a un amigo del Banco de Crédito, cuando el terminal empezó a comportarse de manera extraña. El teclado se congeló. No solamente en el sentido de no funcionar, sino que realmente, las teclas estaban heladas. Retiré las manos asustado, mientras de la pantalla desaparecía la carta para dar paso a un blanco total. Toqué el teclado con sumo cuidado, descubriendo con sorpresa que había pasado del frío extremo a una temperatura perfectamente agradable. La luz del lamparín se apagó. Contrariamente a lo que muchos puedan pensar, no tuve miedo alguno. Sin escalofríos, naturalmente, sentí el cambio en las manos. No solamente en su aspecto, repentinamente más finas, más ágiles; las miraba y no me parecían mías; no me obedecían. Empecé a escribir con gran facilidad dándome cuenta que no pensaba. La sensación de placer era proporcional a la felicidad de poder escribir sin pensar, ya que en mi cerebro era obvio que Juan, desesperado por continuar su carrera literaria, había tomado control sobre mí de una manera imprevista y casi monstruosa. Nuestra colaboración ha sido impecable desde ese instante. Algunos críticos que parecen reconocer su estilo, simplemente me consideran un buen imitador, sin siquiera sospechar que desde que se iniciaron mis éxitos literarios, ellos no han sido otra cosa que la continuación de su obra inconclusa. Lo que me asusta es que, en ocasiones, me parece percibir la presencia adicional de otros que también se fueron y que parecieran sugerir líneas, cambios en los títulos, temas nuevos y giros poéticos que me son extraños. Hasta creo haber escuchado una voz que parece la de Borges, discusiones amistosas y risas que quiero creer le pertenecen verdaderamente a Julio Ramón. Mi madre me ha preguntado que si me pasa algo malo, lo que me apena ya que ella es una anciana y se preocupa por mí como si yo fuera aún un adolescente. Espero que esta colaboración nuestra, que este secreto literario que se apodera cada vez más apasionadamente de mí y sobre el que a veces pierdo el control, no me termine convirtiendo en una simple continuación de Juan. Y que los doctores lleguen a comprender –espero que por el estilo de mis escritos más que por mi propio testimonio–, que lo que les he dicho y repetido hasta el cansancio no es más que la verdad, y que me permitan algún día salir de esta clínica privada desde la que escribo hace ya más de dos años. (Por: Guillermo Rose)


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