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Opinión San Francisco de Salas: El asiento de brujos más importante del norte peruano. Brujos, espiritistas y maleros.

Cosas de Brujos - Escribe: Rafo León

LIMA, 16 DE JULIO DE 2012

En las alturas de Lambayeque, donde los bosques secos transitan a la tierra del oso y del puma, el bosque de neblina, las comunidades campesinas son muy antiguas y mantienen la propiedad de gigantescas extensiones de tierra, las que dependiendo de su proximidad con el río, se están volviendo agrícolas o simplemente pasto para el saqueo de los algarrobos, los faiques, los overos, los sapotes. Hoy el principal consumidor del carbón de bosque es el pollo a la brasa. Centenares de establecimientos en los pueblos pequeños del valle de La Leche, en Lambayeque y en la enloquecida Chiclayo, compran camionadas de carbón que se ha hecho a costa de la tala de los bosques secos, ¡y que viva el día del pollo a la brasa!

San Francisco de Salas es la segunda comunidad en tamaño dentro de la provincia de Lambayeque. La más extensa es Olmos. Salas se llaman el distrito y su pequeña ciudad capital. Este lugar es uno de los más extraños y sugerentes que me ha tocado visitar, quizás porque es el asiento de brujos más importante del norte peruano. Brujos, espiritistas y maleros. Situados en el punto central entre tres cerros a los que desde siempre se les ha catalogado como volcán de viento, volcán de fuego y volcán de agua. Ese vórtice energético empata con el ancestral culto a los muertos que, según historiadores, caracterizó a la cultura penachí, establecida por estos valles y alturas en tiempos wari.

La comunidad de Salas posee cantidades incontables de bosque, no demasiado depredado porque en esta zona no hay agua ni agricultura. La tala daña en plazos más largos. Sin embargo, otros peligros se ciernen sobre las maravillosas hectáreas de naturaleza salvaje: las invasiones, los traficantes de tierras… y la minería. La provincia entera está llena de denuncios, aunque ninguna empresa ha comenzado aún la exploración. Sin embargo, en estos días el tema revive y la posición antiminera se siente como un bloque que te cae encima.

Pancho es un joven que forma parte del sector La Peña de la comunidad de Salas, junto con otros sesenta cabezas de familia. Ellos son ganaderos y por tanto su sobrevivencia depende de que exista bosque. Cada familia tiene un promedio de cincuenta vacas, sin contar caballos, cabras ni ovejas. Pancho me lleva a un punto del bosque que muestra una elevación y me invita a subir. Un mar sin fin de verde nos rodea por todas partes. Los comuneros de La Peña han cercado, mediante faena, cuatro mil hectáreas de su bosque. Para evitar que este sea invadido pero sobre todo, para impedir cualquier intento de ingreso de alguna empresa minera. En joda le pregunto a Pancho si para protegerse más y mejor de esas amenazas han recurrido a algún fortalecimiento de brujo. Pancho sonríe y me dice que no es necesario, que los comuneros saben lo que están haciendo.

Una visita breve a Salas permite llegar a dos conclusiones. La primera, que en el diseño económico del planeta ya está claro que alguien, el sistema mismo, ha decidido que el Perú es un país minero. Tan es así que tierra que uno pisa, ya está denunciada, aun en lugares que ni remotamente se asocian con la extracción de mineral. La segunda conclusión es que las poblaciones locales han decidido que el Perú no debe ser un país minero. Algunas, como la de La Peña, de manera organizada y pacífica han tomado sus medidas de protección. Otras, las cajamarquinas, actúan de otra forma. Me pregunto, en los gobiernos anteriores, ¿había que ser brujo para adivinar que esto se iba a poner así? (Escribe: Rafo León)


 


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