MENCIÓN HONROSA: Juan Yarlequé
Nostálgica y psicodélica, la historia protagonizada por el piurano Juan Yarlequé, concebida por Gabino Alva Infante, se hizo meritoriamente de una de las menciones honrosas del XXV Concurso El Cuento de las 1,000 Palabras. Adolescencia, vuelos setenteros, colegiales faitosos y cátedra del piropeo en pleno Balconcillo para deleite del lector en este relato presentado bajo el seudónimo de “Diego del Valle”. En busca del tiempo perdido, Alva Infante recrea ahí un universo sabroso vivido entre el Mercado de Frutas y el emporio de Gamarra.
Leyendo Juan Muraña de Borges, debo también revelar que Palermo, la avenida que divide en dos el barrio de Balconcillo fue posada de la tierna e ilusa etapa de mi adolescencia. Cruza el parque circular Unión Panamericana, en cuyo interior está la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, valiosa expresión del arte moderno de entonces, regentada por la congregación Los Padres de Maryknoll.
Casi enfrente a la parroquia un conjunto de magníficas casas asomaban como las mejores del barrio. Al fondo de la entrada vivían unos bacanes de la música psicodélica limeña. Juan Yarlequé vivía ahí, piurano cuya peculiar sonrisa parecía esconder sus facciones toscas y un tajo en la frente, producto de su niñez alocada, confesión hecha la mañana que lo conocí, mientras esperábamos la línea 14 que iba todo México hasta su paradero final, nuestro colegio Labarthe. Yarlequé se matriculó para estar cerca al negocio de su padre, dos puestos en el mercado de frutas que valían oro como los actuales del emporio Gamarra y yo, ante la pérdida de unos papeles que frustraron mi oportuna matrícula en el Guadalupe. Por aquellos años todos los colegios tenían alumnos faitosos y malandrines de barrio, pero que “todo labarthino es un caballero” era una ironía para Yarlequé. Como muestra de ello me advirtió de algunos angelitos, incluido los explusados de otras unidades. El flaco Carrillo, pasaba piola con los pasajes mostrando su falsa chapa de raya; el loco Polanko de Matute, correteaba a flacas de Isabel La Católica hacia la zanja en construcción del estadio aliancista; Aguirre de Apolo, tras acosador de menores salió directo de Canto Grande a la UNI; el ladino cholo Peña con sus taimadas en Tacora Motors; el ponja Nakamura, reclutando pamperas para su hostal de cinco esquinas.
 |
Pronto Juan Yarlequé ganó fama de rey de los cítricos, por su espíritu dadivoso y juerguero, pero tenía dificultad para engatusar con un buen piropo. Así que aceptó a Paquirri como parte de su collera, quien le enseñó “la estocada” como momento supremo del piropeo. Un día iba caminando por la San Luis hacia el mercado de frutas, cuando apareció una guapa cuarentona con pinta de haber perdido su marido, la cadencia rítmica de los glúteos le hizo pensar que podía saciar su desenfreno, aligeró el paso, pero al recordar que estaba en la rica vicki volvió al disimulo y antes que llegase a la aglomeración de gente esquinera pensó que la tendría en sus brazos. Fingió con dificultad su galante sonrisa y cuando la tuvo enfrente a punto del mejor chamullo, se trabó. Había olvidado lo aprendido.
En enero de 1970 nos encontramos en el abasto de Balconcillo tomando el tradicional surtido con las yuquitas. Sabía que aparte del cumpleaños nos unía la timidez del galanteo. Con la seguridad de ser experto en “la estocada” me retó a celebrarlo juntos.
–Yara cuñao que en la movida psicodélica van a estar unas pamperitas de Apolo.
En efecto, bajo circulinas de luces multicolores, me encontré con una simpática chica bailando el estridente In-A-Gadda-Da-Vida, haciendo raras contorsiones estáticas, que luego de diecisiete minutos terminamos dándonos un beso. Fuimos a dejarlas caminando por México hasta Aviación. Una de las chicas abrió una guinda, luego parecía armar un cigarro frotándolo entre las manos mientras preguntaba quiénes habían volado. Yo le contesté que había llegado en avión de Tarapoto. Nunca le vi a Yarlequé reírse tanto con los ojos desorbitados. Antes que aparezca el lechero nos retiramos entre risas.
Chacalón, como aún no brillaba con su “Nueva Crema” organizó la fiesta de promoción en el Paseo Colón, con Los Destellos. Aquella fiesta fue el preludio para que volcara su inspiración cantando la cumbia andina, convirtiéndose más tarde en el boom de la chicha de las tardes domingueras, donde trabajadoras del hogar agolpadas de putañeros de paso como Yarlequé, a punta de trago daban rienda a su desenfreno libertino.
El verano siguiente, inmerso en un frenesí de conquistas, fui en busca de Yarlequé seguro que aceptaría mi reto del nuevo festejo cumpleañero. ¿Qué le pasaría? Su hermano me dio detalles, no regresaría hasta la noche. Su ímpetu en el negocio de frutas lo llevó a compenetrarse por los suburbios de La Parada, el terminal pesquero y la naciente Gamarra bullentes en el comercio informal, con extorsionadores de cuello y corbata incluida.
Después de un año nos reencontramos en el abasto. Con su sonrisa de siempre me presentó un acompañante enternado que parecía esconder una pistola en la cintura. Le noté preocupado; ante mi insistencia, sólo atinó a decirme que recibía amenazas, canceló el surtido. Fue la última vez que nos vimos.
Después de cuarenta años tuve necesidad de regresar por un trámite al Labarthe. El cerro El Pino me hizo levitar de nostalgia cuando tiempo allá Chacalón bajaba cantando sus éxitos, otrora despreciados por los que ahora lo veneran en exclusivas playas “tongeando” en ropa hawaiana. Por fin, una aglomeración de alumnas me desconcertó con la nueva entrada.
¡Vieja ironía trocada! Era mixto, y en nombre de una emblemática remodelación todo parecía irreconocible, hasta el campo con grass sintético como testimonio de modernidad. Corrí aturdido por la estupidez en busca de mi aula, de aquella espléndida arquitectura espaciosa no quedaba ni la canchita donde Yarlequé gritaba sus goles al compás de Perú Campeón. Todo yacía trastocado que ni había espacio para los recuerdos. A punto de llorar mi nostalgia, vi aparecer a mi primer amigo en Lima con su arropado beige con pretina al cinto y las botas gastadas. Pero no, ahora parecía salir sonrisa en labios de su Galería exclusiva en Gamarra. ¡Escuché de pronto el eco de la voz del flaco Carrillo gritando que han matado a Yarlequé en un bar de porquería de La Parada! Detrás venían clamando justicia el gigante Beltrani, el negro Cubillas, el chino Yakabi… todos los bacanes y malandrines de la “K”, verdadero aposento de todas las sangres.
Con el tiempo te das cuenta que lo mejor no era el futuro, sino el momento vivido. (Por: Gavino Alva Infante)