Libro Antropólogo forense José Pablo Baraybar entrega libro inspirado en sus vivencias. Aquí, fragmento del relato “Crzka”, ambientado en Bosnia.
Relatos Carniceros
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Director del Equipo Peruano de Antropología Forense, Baraybar ha publicado La muerte a diario, editado por Estruendomudo. |
Nos encontrábamos frente a la muerte, pero no era lo mismo que estar frente a los electrocutados de la morgue central, que aún sonreían tímidamente, como si no quisieran incomodar. Esta vez todos sonreían, no por timidez o incomodidad, sino porque todas las cabezas podridas sonríen. Estos cadáveres se contaban por pares, decenas y demás unidades; se entrelazaban y superponían y sus cabezas, cuando no sonreían, estaban abiertas como melones podridos en el campo bajo el sol del verano. Como aquel verano específico ya marcaba los 40 grados, de las cabezas salía una masa viscosa, brillante y de un color indefinible que es aquello a lo que se reduce la materia gris. ¿Qué pensarían ellos cuando les estaban disparando? ¿Qué pensarían ahora de que estuviéramos trabajando sobre ellos, con ellos, entre ellos, jalando brazos y piernas, hurgando entre bolsillos, moviendo, despegando unos de otros de esa fetidez que los convertía en siameses? En esta disquisición, saqué una manzana que guardaba en el short que llevaba por debajo del mameluco, y entre las moscas y lo que parecía acondicionador de cabello (producto que no me permití usar por mucho tiempo) le di un mordisco. Me sentí un poco raro al comer en medio de tal situación, sin salir al camino para lavarme las manos mojadas por los guantes de látex ni refrescarme la cara. Me quedé ahí, como apreciando lo que me rodeaba, como queriendo resolver el “por qué” que cargaba desde siempre y para el cual no recibía ninguna respuesta (...) Terminé de comer mi manzana y, sin mucho pensarlo, me puse otro par de guantes y seguí “limpiando” a otro de los desafortunados, viendo sus manos crispadas, sus zapatos de hule y sus pantalones rasgados, sus ropas miserables, hasta que una voz me llamó:
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–¡José! ¡José!
Yo seguía sin escuchar, porque estaba al otro lado del sitio, que tenía unos buenos 25 metros.