sábado 16 de febrero de 2013
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 2243

02/Ago/2012
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Acceso libre ActualidadVER
Acceso libre NacionalVER
Acceso libre PolicialesVER
Acceso libre Londres 2012VER
Sólo para usuarios suscritos Mar de Fondo
Sólo para usuarios suscritos Bienes & Servicios
Sólo para usuarios suscritos Cultura
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Acceso libre Conc. CanallaVER
Sólo para usuarios suscritos Quino
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Gustavo Gorriti
Sólo para usuarios suscritos Augusto Elmore
Sólo para usuarios suscritos China Tudela
Sólo para usuarios suscritos Luis E. Lama
Sólo para usuarios suscritos Alfredo Barnechea
Suplementos
Acceso libre CoreaVER
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2270
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Libro Antropólogo forense José Pablo Baraybar entrega libro inspirado en sus vivencias. Aquí, fragmento del relato “Crzka”, ambientado en Bosnia.

Relatos Carniceros

Ampliar imagen

Director del Equipo Peruano de Antropología Forense, Baraybar ha publicado La muerte a diario, editado por Estruendomudo.

Nos encontrábamos frente a la muerte, pero no era lo mismo que estar frente a los electrocutados de la morgue central, que aún sonreían tímidamente, como si no quisieran incomodar. Esta vez todos sonreían, no por timidez o incomodidad, sino porque todas las cabezas podridas sonríen. Estos cadáveres se contaban por pares, decenas y demás unidades; se entrelazaban y superponían y sus cabezas, cuando no sonreían, estaban abiertas como melones podridos en el campo bajo el sol del verano. Como aquel verano específico ya marcaba los 40 grados, de las cabezas salía una masa viscosa, brillante y de un color indefinible que es aquello a lo que se reduce la materia gris. ¿Qué pensarían ellos cuando les estaban disparando? ¿Qué pensarían ahora de que estuviéramos trabajando sobre ellos, con ellos, entre ellos, jalando brazos y piernas, hurgando entre bolsillos, moviendo, despegando unos de otros de esa fetidez que los convertía en siameses? En esta disquisición, saqué una manzana que guardaba en el short que llevaba por debajo del mameluco, y entre las moscas y lo que parecía acondicionador de cabello (producto que no me permití usar por mucho tiempo) le di un mordisco. Me sentí un poco raro al comer en medio de tal situación, sin salir al camino para lavarme las manos mojadas por los guantes de látex ni refrescarme la cara. Me quedé ahí, como apreciando lo que me rodeaba, como queriendo resolver el “por qué” que cargaba desde siempre y para el cual no recibía ninguna respuesta (...) Terminé de comer mi manzana y, sin mucho pensarlo, me puse otro par de guantes y seguí “limpiando” a otro de los desafortunados, viendo sus manos crispadas, sus zapatos de hule y sus pantalones rasgados, sus ropas miserables, hasta que una voz me llamó:

–¡José! ¡José!
Yo seguía sin escuchar, porque estaba al otro lado del sitio, que tenía unos buenos 25 metros.


 


anterior

enviar

imprimir

siguiente
Búsqueda | Mensaje | Revista