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Entrevistas Psicoanalista Saúl Peña advierte que el mundo padece un problema de ética.

Entre Psicopatía y Corrupción

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Pionero del psicoanálisis en el Perú, Peña tuvo una infancia feliz, pero aprendió también del “sufrimiento saludable”.

Nuestro entrevistado de esta semana, el muy conocido psiquiatra Saúl Peña es, nada más y nada menos, que el pionero, el más antiguo, en fundar y desarrollar el tratamiento del psicoanálisis en el Perú. Sobre esto tiene muchas cosas interesantes que contarnos. Al zambullirnos en su mundo real de curador de la psiquis tendremos que convenir que él ha pasado miles y miles de horas escuchando a infinidad de pacientes tumbados en el diván de su consultorio, extrayéndoles las tortuosidades del alma, las laceraciones del espíritu, las broncas internas y ese dolor que el ser humano guarda en las aljabas de sus vidas maltrechas, ya que la vida no es un lecho de rosas y su transcurso a todos nos afecta en mayor o menor grado. Por ende él se nos presenta (los que lo conocen lo saben bien) como un hombre afable y simpático y su rostro hirsuto, orlado por la sonrisa, nos recuerda a una especie de Papá Noel en el que la barba florida se ha convertido en leonina y el ¡jojojo!, solo se escucha en nuestra imaginación. No es fácil entrevistarlo, ya que si uno intenta inquirir sobre el mundo atosigante que nos rodea, la política, la sociedad, los problemas que nos sobrecogen él, ante el sufrimiento, se pone en alerta y, tratando de no herir, se despierta ese médico del alma que lleva dentro y entonces el entrevistador pasa a ser entrevistado. Así que hay que dejarlo libre. Ahora, en el restaurante Costa Verde, sentado frente a mí, empiezo preguntándole por su infancia, ya que cuando uno se tumba en el diván de un psicoanalista sale ésta a relucir, porque en ella está el origen de todos los sufrimientos y alegrías que uno almacena a lo largo de su vida. Empezaremos por ahí.

–Cuénteme de sus padres y del ambiente familiar que lo rodeó de niño.
–Mi mamá, Nena Kolenkautsky, era rusa judía y llegó al Perú en 1930 y con su hermana Rebeca y su cuñado Aarón se fueron a vivir a Jauja. Mi padre, Alejandro Peña, nació en Jauja y llegó a Lima para estudiar la carrera de Derecho en San Marcos. Hizo su tesis sobre indigenismo y se volvió a Jauja para trabajar, dado que su tío Santiago era notario allí, y entonces vio a mi madre, que era una mujer muy linda, en el parque, la contempló, se prendó de ella e hizo todo lo posible por conocerla. Se ganó al portero de la casa donde vivía mi mamá para que, cuando estuviera durmiendo en su habitación, rodeara su cama de flores de tal manera que al despertarse se encontrara en un jardín. No sé qué hizo el hombre pero así sucedió. Mi mamá se sorprendió y encontró la tarjeta de mi padre. Este fue el inicio de su relación.

–¿Qué me puede decir de este inicio?
–La situación fue muy interesante: mi madre era una mujer muy linda; mi padre era un hombre capaz y de carácter. La relación entre ellos empezó sin que tuvieran un conocimiento del idioma uno del otro; mi mamá hablaba ruso y yiddish y mi papá castellano y quechua. No era lo primordial el idioma, predominaban otros aspectos del vínculo: los sentimientos, los gestos, el silencio. Mi fantasía es que yo fui engendrado en un acto de amor en plena huerta, entre el cielo y la naturaleza.


 


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