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Por: José Ignacio Pachecho

MENCIÓN HONROSA: Las Amazonas

Buen conocedor del diseño de estructuras concretas, el arquitecto José Ignacio Pacheco es también disciplinado cultor de las armazones de la ficción y la palabra. Con el seudónimo de Macael, el autor se hizo de una honorable mención honrosa con el cuento “Las amazonas”, el relato de una sociedad sin hombres que una vez al año organiza un recorrido por las montañas en busca de los mejores machos “sembradores” para reproducirse: un viaje sexual de alcance sideral.

_____________

Las amazonas eran mujeres muy grandes de piernas largas, y sus ojos pequeños tenían brillos oscuros como la selva misma. Sus cuerpos eran una rara combinación, su raza se perdía en los tiempos, piel de cobre y rasgos de tigresa.

Traían el pelo corto y un tocado de piel de lagarto para impresionar a las tribus. El resto de su vestimenta consistía en un trozo de cuero suave, anudado a la cintura. En sus pies traían argollas de un extraño metal que al correr emitían sonidos que espantaban a las fieras.

Tenían fama de excelentes cazadoras; a todas, al cumplir diez años, les era mutilado un pecho, el izquierdo o el derecho, para manejar mejor el arco, al que le tenían un especial cariño. Este instrumento de caza era extensión de su brazo, su dador de alimento y seguridad con su destreza y la disciplina aprendida, de mujeres libres, mantenía a raya a fieras y hombres.

Los hombres no existían en la tribu. Una vez por año el consejo seleccionaba a las mujeres que estaban más aptas para procrear. Tenían que caminar muchos días atravesando montañas, ríos y valles, deteniéndose apenas para dormir un poco, cazar y comer frugalmente. No se sentían seguras en otras tierras.

La gran columna se componía de mujeres receptoras, la mayoría jóvenes. Otro grupo era llamado de escrutadoras, que eran las ancianas que reconocerían la calidad de los varones, y las guerreras para defender de los peligros.

Las escrutadoras escogerían a los machos llamados sembradores, y los empatarían con las mujeres receptoras. Después se marcharían otra vez sin dejar rastro. Ellas se comprometían a devolver a la tribu a todos los niños varones y a las niñas nacidas de esta siembra colectiva que no cumplieran los requerimientos por ellas establecidos. Los hombres seleccionados estaban obligados a no lastimarlas ni a seguirlas. Y estas obligaciones eran más de tipo precautorio. Más de uno había muerto traspasado por flechas envenenadas.

Por otra parte nunca se supo de que algún guerrero seleccionado como sembrador se resistiera a participar en el juego de las amazonas. Ellos, que eran de talle corto, creían que aquellas hembras de cuellos largos y bien torneadas piernas eran como un regalo ancestral de sus dioses de madera.

Las mujeres de la tribu eran relegadas en sus chozas de ramas, resignadas, mientras los hombres jóvenes corrían apretujándose a formar en una línea como les pedían.

Las viejas escrutadoras caminaban entre los hombres e iban señalándolos con un bastón. La primera vez que X’mu se formó fue seleccionado. Tuvo ganas de correr y gritarles a los faisanes que no les envidiaba sus plumas, ni a los jaguares su piel. Por fin conocería de cerca a una de aquellas diosas.

Estaban en la choza más grande, era un cuarto redondo y sin ventanas, lleno de humo de incienso que picaba en los ojos. Le dieron a beber un líquido ambarino de sabor desagradable que le provocó un hormigueo por su cuerpo. De pronto vio a una anciana frente a él, completamente arrugada. Las manos de venas saltadas de la vieja se desplazaron sobre su recia piel morena. A cada tanto murmuraba algo en lengua desconocida. Afuera la tarde caía y el sol comenzaba a ocultarse.

Todo quedaba registrado en complejas anotaciones. Donde combinaban posiciones de los astros con proporciones humanas y otros elementos que solamente las ancianas conocían. Según sus leyendas, debían conjugar los elementos astrales con la mejor de las combinaciones posibles para hacer nacer a la mujer nueva, toda perfección, la más hábil, la más inteligente, y sobre todo la que debía gobernar y someter a todas las tribus aledañas y sobre todo a los hombres, esos seres miserables, fríos, débiles, y que definitivamente no tenían remedio.

De pronto aquellas manos blanduzcas lo acariciaron de una manera que no conocía. Sintió que sus piernas se le endurecían rabiosamente, su sexo crecía como nunca lo había visto, le levantaba el taparrabo desproporcionadamente y hasta ahí fueron las manos a medir. A sus trece años no sabía que era el varón más apuesto y fuerte de su tribu.

Con vergüenza quiso mirar a sus compañeros pero no pudo, la vieja le cerró los ojos.

Tuvo una especie de vahído y no pudo recordar más.

No sabía si era realidad o empezaba a soñar, quiso abrir los ojos pero no pudo. Tuvo la impresión de que estaba en otro lugar. Su mente se transportó en imágenes sucesivas y se creyó nadando en las aguas de un río cristalino y perfumado, al sumergirse las aguas lo restregaban dulcemente y le jalaban los cabellos, le mordían suavemente los dedos de los pies y casi podía tocar esas aguas maravillosas que le humedecían todo su cuerpo. Palpó la fiereza y la ternura de las formas femeninas, fue feliz y se creyó eterno cuando algo dentro de si se vació con fuerza.

Sintió que amaba a todos los animales que conocía, entendió a las plantas y a las estrellas, se sintió parte del universo y comprendió a esa hora el porqué de haber nacido.

Volvió lentamente. Finalmente tomó conciencia de sí y abrió los ojos, pero estaba todo oscuro y sin luna. Sobre él se abatía un cuerpo grande y dulce, de carne caliente, era como estar al borde de un abismo, pero no tuvo miedo.

Las mujeres de su pueblo contaban cientos de historias donde los hombres desesperados por haber probado la dulce hermosura de esas mujeres se arrancaban la vida a los pocos días, o se lanzaban en su búsqueda, muriendo ensartados como peces. El no pensaba así, estaba con su corazón agradecido con esta diosa-mujer, que le había despertado al conocimiento eterno del significado de la vida.


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