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Libro Con un tema de honduras inquietantes, Marco Aurelio Denegri llega con lúbrica entrega sobre obscenidad y pornografía.

Más Calato que Pacato

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Voluptuosa, ¿y obscena? Dánae, a cargo de Rembrandt, s. XVII.

La mano hereje abre inadvertidamente en la página dedicada a tema de inquietante ánimo divino: “El culo de Dios”. Menos celestiales y más pedestres, otros apartados de la nueva entrega de Marco Aurelio Denegri ilustran sobre las contundentes diferencias entre obscenidad fecal, sexual y pédica (sí, de pedo). Bajo el título de Obscenidad y pornografía, la obra explica, además, la diferencia fundamental entre ambos términos: todo lo pornográfico es obsceno, mas no todo lo obsceno es pornográfico. Siendo obsceno aquello “que ofende al recato”. Obscenos son los pedos, orines, heces y elementos sexuales fuera de lugar apropiado. Pornográfica es la obra excitante, creada con el único y exclusivo fin de excitar. Lo obsceno, además, apelando a aquel otro significado prístino derivado del latín, sería lo “infausto”. Como la orina que rociada en lugares públicos bien podía acarrear la pena de muerte entre los antiguos hebreos.

Publicado por el Fondo Editorial de la U. Inca Garcilaso de la Vega.

En ese enhiesto parnaso de lo pornográfico habitado por deidades lúbricas como Rocco Siffredi y Jenna Jameson (cuya lección de vida alguna vez ofreciera a noveles talentos del arte triple equis a través de memorable frase que aquí parafraseamos: “por delante, pase; pero por atrás, no te pases”), Denegri se refugia en el más recatado ámbito de la etimología. “Pornógrafo”, advierte, era en la antigua Grecia “el que componía tratados acerca de la prostitución, el que la estudiaba y describía; y pornógrafos eran también los retratistas de cortesanas”. La pornografía propiamente dicha, tal como se la entiende, perturba y disfruta hoy, nacería de la mano del vocablo “inmoral”, más bien, a mediados del siglo XVII, el mismo de Newton y Galileo (y, sin embargo, se mueve).


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