“Corté de abajo hacia arriba. Primero las rodillas, luego el tronco”.
El “descuartizador de la maleta”, Ricardo Vásquez, reconstruye su crimen y la macabra procesión en la que desperdigó a su víctima.
Un cuadro con negras figuras que blanden espadas en una suerte de rito satánico sobresale en el pequeño departamento de Ricardo Vásquez Mori (35), en el piso 13 de un edificio en Breña.
–“¿Cómo lo descuartizaste?”–, preguntó el oficial de la División de Homicidios que dirigió la reconstrucción del crimen, el miércoles 8.
Echado sobre las baldosas blancas, otro efectivo simula ser la víctima: Enrique Armestar Anci (26). El asesino yace a su lado en cuclillas, la mirada extraviada. Lleva una sierra entre las manos.
–“Empecé por las rodillas”–, describió Vásquez. La idea, explicó, era “cortar de abajo hacia arriba”. Desmembró las rodillas y prosiguió con el tronco. “Mi mente estaba en blanco y no veía más que la sierra y mi mano cortando”, declaró. Dejó la cabeza para el final.
Según Vásquez, en el descuartizamiento utilizó una sierra, un cuchillo de cocina y unas tijeras que compró en una tienda Sodimac. Pero los cortes limpios en el cuello, la entrepierna y otras partes de la víctima hacen sospechar a la Policía que también usó una motosierra.
Armestar, de 1.70 m de altura y 95 kilos de peso, fue trozado en 29 partes. Su asesino dice que cuando se dio cuenta que “el cuerpo ya estaba en pedazos” entró en shock y empezó a llorar.
Esto, por cierto, no le impidió retomar su extraordinaria frialdad. Había que deshacerse cuanto antes del cadáver desmembrado: colocó la cabeza en el refrigerador mientras decidía qué hacer con el resto del cuerpo. Finalmente optó por acomodar la pelvis y el tórax en dos maletas negras. Las extremidades fueron dispuestas en varias bolsas de basura.
La tarde del lunes 23 de julio se tomó el trabajo de regar las partes mutiladas por varios lugares de la capital. Cogió una combi y se dirigió a la avenida Bausate y Mesa, en La Victoria. Cargaba los trozos de Armestar en bolsas, como si saliera del supermercado.
“Empecé a caminar buscando montículos de basura. No tenía el valor de sacar y botar las bolsas, pero finalmente lo hice en varios lugares”, contó a la Policía. El tórax lo arrojó en el cruce de la calle Cisneros con el jr. Humboldt, en el mismo distrito.
Regresó a su departamento y luego enrumbó al Centro de Lima. Llegó al puente Balta y desde allí arrojó al río Rímac las bolsas conteniendo las piernas seccionadas y las manos de su víctima.
Esa misma noche, cogió un bus interprovincial de la empresa San Martín rumbo a Huacho. Llegó al terminal de dicha ciudad pasadas las 10 pm. Vestía una casaca negra de cuero y arrastraba una maleta de ruedas con la pelvis y parte del torso de Armestar. Se deshizo de la maleta en un descampado y emprendió el viaje de retorno.
La mañana siguiente, abandonó la cabeza en el cementerio El Ángel y por la tarde arrojó las herramientas con las que descuartizó a Armestar en otra calle de La Victoria. Volvió a su departamento, trapeó el piso y limpió las manchas de sangre. Durmió tranquilo. Luego decidió que lo más oportuno era volver a su tierra: Pucallpa.
CALCULADOR Y AGRESIVO
Vásquez trabajaba como periodista en la Corporación Americana de Desarrollo. Realizó despachos desde Pucallpa para Canal 4 y Canal 7. Conoció a Armestar a inicios de este año vía Facebook. Armestar ofrecía masajes en las redes sociales. Entraron en contacto. Las visitas del masajista se hicieron cada vez más frecuentes hasta que poco a poco fueron desarrollando una relación de pareja.
Rompieron poco después, pero Vásquez siguió llamando a Armestar, según la Policía. La madrugada del domingo 22 de julio, éste habría accedido a un reencuentro tras dos meses de separación. Acudió a Breña sin imaginar que allí lo esperaba la muerte.
Vásquez ha declarado que Armestar falleció víctima de un paro cardíaco ese mismo 22 de julio. “De pronto empezó a faltarle el aire y en pocos minutos se desvaneció. Entré en pánico completo, mis piernas me temblaban, en ese momento se me vino a la mente desaparecer el cuerpo cortándolo en varias partes”, sostuvo.
La historia clínica de Armestar, sin embargo, indica que no sufría de complicaciones cardíacas. Había sido operado del páncreas.
Según el abogado José Ocampo, el móvil del crimen fue “una discusión de pareja”. El protocolo de necropsia indica que Armestar sufrió una muerte violenta, aunque no ha determinado qué la produjo.
Las contradicciones de Vásquez son para la División de Homicidios indicios de que éste miente. Vásquez dijo que el masajista murió entre las 7:30 y 13:00 horas del 22 de julio. Pero los peritos forenses concluyeron que fue entre la 1:30 y 5:30 horas del 23 de julio. El desmembramiento le habría tomado unas 6 horas.
La serenidad con la que actuó para trozar el cuerpo en 29 partes y desperdigarlas en una macabra procesión fueron elementos suficientes para que la Policía lo acuse por homicidio y encubrimiento.
El psicólogo forense, coronel PNP Lino Huamán, recordó que los crímenes por despecho entre hombres son usualmente los más violentos. Según su perfil psicológico, Vásquez es frío, calculador, propenso al cinismo, manipulador y agresivo. El periodista pidió perdón a la familia Armestar, pero Huamán está convencido de que “el descuartizar a su ex pareja, más que una cuestión de protección, le resultó un placer”. (Américo Zambrano, Álvaro Arce)
Sección de Sombras
Los descuartizadores más “famosos” de la historia.
La identidad de Jack el Destripador permanece en la penumbra.
Jack el Destripador no es el descuartizador más prolífico, pero sí el más popular. Las calles del pecaminoso distrito de Whitechapel, en Londres, fueron su dominio a lo largo de 1888. La mayoría de sus víctimas se dedicaron a la prostitución.
Su método llamó la atención por seguir un patrón definido: estrangulación, seguida de degollamiento. Pese a la notoriedad que alcanzó, su identidad jamás fue descubierta.
Otro asesino con filo era Peter Sutcliffe. El inglés emprendió un periplo sangriento entre finales de 1970 y principios de 1980. Mutiló a 13 prostitutas del condado de Yorkshire.
Edmund Kemper jugó tiro al blanco con la cabeza de su madre. Al lado, Peter Sutcliff mutilaba y extraía los órganos de todas sus víctimas.
Un caso singular es el de Edmund Kemper, llamado el ‘asesino de las colegialas’ en la década del 70 en EE.UU. Matar a su abuela cuando tenía 15 años le valió una breve estadía en un centro psiquiátrico. Aquello no hizo más que volatilizar su ira.
Una vez dado de alta, liquidó al hilo a 10 muchachas: las violó, acuchilló y decapitó. Lucía las cabezas como trofeos en su dormitorio y preservaba los cuerpos con fines necrofílicos. Se retiró de la criminalidad, en 1973, jugando tiro al blanco con la cabeza de su propia madre.