Opinión “No le temo a esas cosas; sí a la estupidez del MOVADEF y a las consecuencias de que nunca aprendamos del pasado”.
Si lo Crees lo Creas
LIMA, 8 DE SEPTIEMBRE DE 2012Tenía más de sombra que de ser corpóreo. Pero una especie de franela de un intensísimo color amarillo, cubría partes de esa veladura negra como se cubren las partes de un cuerpo en bulto, no era solo sombra. Cuando descubrí a ese objeto, yo estaba a tres o cuatro metros suyos. A las cinco de la tarde en el maravilloso bosque alto de Sandia, yo bajaba de conocer un cafetal. La subida había sido bastante ardua, yo tengo la rodilla derecha deshecha por la artrosis y los descensos me resultan más difíciles que las trepadas. Por eso me había rezagado del resto de mis compañeros de viaje y no lo lamentaba, a pesar del dolor de la articulación del platillo de la tibia, la situación me permitía estar completamente solo en un sendero angosto que a un lado tiene un profundo abismo disimulado por tramas de bambú y otras especies, pero que si te ruedas, no perdona. Al otro lado, la montaña con recodos en los que sin más comienza a oler a flores dulces y un metro más allá, al espantoso excremento del coatí. La gama de verdes en la que andaba metido no tenía fin, era discontinua, se diría que cada matiz, un color nuevo. Y de pronto, en el borde del precipicio, la pequeña sombra envuelta en amarillo. Máximo un metro de estatura, pero no de cuerpo completo porque parecía estar semienterrada hasta la cintura.
No le temo a esas cosas; sí a la estupidez del Movadef y a las consecuencias de que nunca aprendamos nada del pasado. Pero a los duendes, el menor temor. Si es que lo que vi esa tarde de agosto, tiempo de cosecha de café y tiempo de bravísimos conflictos entre cafetaleros y cocaleros, fue algo parecido a un duende. Por eso corrí acercándome pero cuando estuve a medio metro la sombra hizo como hacen las aves de alas grandes al desaparecer asustadas, un aletazo, una voltereta en el aire, y se esfumó. Esa noche no le conté nada a nadie. No creo ser afecto a ver más irrealidad de la que estoy acostumbrado, y si el asunto puede ser interpretado como baladí, simplemente lo callo.
Pero llegando a Lima me encontré con un excelente libro, Seres Mágicos del Perú, escrito por Javier Zapata e ilustrado con gran creatividad por Víctor Sanjinés. Se trata de un repertorio de entidades sobrenaturales recogidas en investigaciones en el campo en diversos lugares del Perú. El punto de partida es que por una serie de juegos cosmogónicos, los antiguos peruanos confiaban en la existencia de seres ubicados en el Hanan Pacha (mundo superior), el Kay Pacha (mundo presente) y en el Uku Pacha (mundo inferior). Estas ubicaciones nada tenían que ver con el esquema cristiano del cielo, la tierra y el infierno. Tan es así que cuando llegan los misioneros españoles y tratan de encajar una concepción con la otra, mediante la cruz y la espada, lo que se produce es un desbarajuste en el que los indígenas decían entender las cosas según lo que los curas querían escuchar, pero enmascaraban así sus viejísimas creencias, muchas de ellas vivas hasta el día de hoy.
En el capítulo dedicado a los duendes, Zapata y Sanjinés sostienen que esos seres del bosque suelen no ser buenos con los hombres, los pierden. Pero los autores se preguntan, ¿son los hombres buenos con la selva? La Sacha runa es un ser agresivo con quienes cazan en exceso. El Chullachaqui, desconfiado, busca confundir al extraño que se adentra en el bosque. El Shitaco tiene la misión de evitar que se construya en la selva, el Pahota cuida de que solo colpeen quienes se acercan al acantilado de greda con respeto y buena voluntad, el Tsúnki, padre de las sirenas, es quien regula la pesca. La lista es larga y fascinante, y revela el mestizaje de nuestros monstruos protectores de la naturaleza con los Leprechauns irlandeses, los Kobolds alemanes, los gnomos, los elfos, los trolls, las hadas.
Piero de Benedectis, el Piero de viejo mi querido viejo, decía que si uno lo cree, lo crea. Tiene sentido. Amenazas contra la naturaleza las ha habido siempre, y si las poblaciones afectadas creen en la necesidad de que fuerzas protectoras se ocupen del asunto vengan de donde vengan, pues a crearlas. Habrá de pronto que esperar que las explosiones en la exploración petrolera marítima, los cargadores frontales en las chacras de la selva, las dragas en la minería aluvial, los tajos abiertos, que todos esos daños por nosotros creados, vayan a ser tarde o temprano combatidos por seres mágicos más poderosos y ya no tan temerosos como la pequeña sombra de amarillo que me vigiló en el bosque de Sandia. (Escribe: Rafo León)