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Opinión “Experimentar con Ayahuasca puede ser uno de los trances más riesgosos y difíciles que se pasan en la vida”.

Martes, Ayahuasca, Interior D

LIMA, 16 DE SEPTIEMBRE DE 2012

La calle Triunfo en la ciudad de Cusco es una de las más movidas comercialmente hablando y en sus casonas tugurizadas y en sus tienditas minimalistas se vende y se compra todo lo que tiene que ver con lo étnico, desde un delicioso pan de kiwicha hasta una apoteósica escultura de plata que representa a Manco Cápac, por diez mil dólares. Hace poco caminaba por ahí y me di de frente con un aviso escrito con plumón: “Martes, ayahuasca, interior D”. Me llamó la atención, no podía imaginar que el martes próximo un grupo de desconocidos, sin ningún vínculo anterior con el “maestro”, en un cuartucho de la zona más urbana del Cusco, se sometiera a una sesión de ayahuasca. Simplemente no me cabía en la cabeza.

Para quienes no pertenecemos por origen o aculturación a un pueblo amazónico, experimentar con ayahuasca –lo digo sin exageración alguna– puede ser uno de los trances más riesgosos y difíciles entre los que se pasan en la vida. Hacerlo “a pelo”, sin conocer al maestro, no habiéndose informado sobre el proceso de la sesión, manteniendo un código de comunicación precario e insuficiente con el chamán, sin hacer las dietas de rigor (de por lo menos tres días) y sobre todo, pensando que la cosa será como fumarse un troncho solo que del tamaño de una palmera, son las condiciones para –por lo menos– pasarse unas cinco o seis horas en el infierno. Un infierno en el que los dramas personales más ocultos emergerán confundidos con alucinaciones completamente ajenas a la percepción del sujeto, en un juego enfermizo que en mucho se parece a la mala muerte.

Las sesiones de ayahuasca en Lima, en Cusco y en diferentes lugares de la Amazonía, ya se ofrecen por Internet a un turista llamémoslo,”místico”. Ese que en el día pondrá las palmas de las manos sobre el Intihuatana de Machu Picchu, y en la noche –piensa– se comunicará con el Concejo de los Orejones para que le digan cómo ser menos infeliz. En Cusco se venden las sesiones a vista y paciencia, y de hecho muchos maestros de utilería, terminada la sesión, le endilgan al turista lianas de ayahuasca y de chacruna para que se las lleven a sus países, a repetir la experiencia. Conocí a un valenciano que estaba dispuesto a hacerlo, “para combatir el tedio de mi oficina”. Me lo imaginé en un directorio lidiando con la runamula y el kientibákori para definir si el valenciano se lanzaba por la ventana del piso catorce o se clavaba un balazo en la boca.

La vulgarización del uso de la ayahuasca, además de los traumas que puede traer al turista incauto, y aparte de la destrucción que significa de su sentido holístico original, comporta un peligro nuevo y bien práctico. Me refiero a los ojos de la DEA. Si bien en la lista de las sustancias prohibidas por esta entidad no figura como tal la ayahuasca, sí aparece en los primeros lugares su componente psicoactivo, el DMT. Ello ya está produciendo en los propios Estados Unidos reacciones ambivalencias del Estado para con la ayahuasca. Fue sonado el caso del bioquímico Alexander Shulgin, contratado por la DEA para investigar la planta. El científico lo hizo y escribió un libro sobre los efectos terapéuticos de la soga de la muerte. De inmediato fue perseguido y severamente multado por el organismo que lo contrató, por “hacer apología de los estupefacientes”. En Colombia se escuchan cada vez más referencias a programas gubernamentales monitoreados por la DEA, que podrían incluir a la ayahuasca (o yagué) en la lista de las sustancias prohibidas.

Kyle Josef Nola, un gringuito de apenas dieciocho años de edad, asediado sabrá dios por qué tragedias personales –o de pronto con ganas de darse el trip de su vida– vino hace poquito a Madre de Dios y tomó los servicios de una cosa llamada chamán, don José Pineda Vargas. No se sabe si la sesión ocurrió o no, lo que sí se ha encontrado es el cadáver de Kyle Josef enterrado en el monte. Liquidado por el seudo chamán y sus seudo asistentes para robarle mil dólares. Si sumamos que el ayahuasca empieza a usarse como el Rohipnol por las peperas, al hecho absolutamente irresponsable de que cualquiera abra su tienda mística, y que la planta se ofrezca por Internet, estamos arruinando uno de los sistemas terapéuticos más complejos y profundos de la Tierra. ¡Y nos preocupamos que los boras de San Andrés estén bailando en los sets de la televisión chilena! (Escribe: Rafo León)


 


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