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Opinión “Se idealiza el trato a los viejos en culturas no tan tecnificadas ni impersonales como las que nos ha tocado vivir”.

Publicherry Para las AFPs

LIMA, 21 DE SEPTIEMBRE DE 2012

El villorrio de Vitis tiene un poético sobrenombre: la tierra de los vientos. Hay horas en Nor Yauyos en las que el frío mata, la cordillera occidental –cordillera Ticlla– está considerada entre las más frías de los Andes. Me acompaña Daniel, presidente de la comunidad campesina de Laraos. Conversamos en el auto, aparece una ancianita en el camino cargando un buen hato de leña sobre las espaldas y persiguiendo a cinco ovejas desnutridas. “¡Qué increíble! Acá los ancianos trabajan hasta el día en que se mueren, en cambio, don David, la vida de los viejos en Lima es desoladora, nadie sabe dónde ponernos, somos unos muebles apolillados y cada vez es peor”. Don David parece no atenderme porque está observando las posibilidades de lluvia en el cielo, pero no: “Seguro amigo Rafo es como usted dice pero piense también que estos abuelitos, estas abuelitas, deberían estar descansando no pasteando o cargando leña. O deberían estar muertos”.

Mucho se idealiza el trato a los viejos en culturas no tan tecnificadas ni impersonales como la que nos ha tocado vivir. Como siempre, nada extremo es cierto. Ni en todas las sociedades agraristas y precapitalistas los ancianos fueron (o somos) oráculos de sabiduría y objeto del mayor respeto, ni en el mundo liberal entero a los viejos se nos trata como a estropajos que ya cumplimos nuestra función. El tema, sí, parece ser una preocupación universal en tanto la última etapa de la vida es irreversible, tanto como la muerte, y comporta niveles de deterioro físico y mental que atracan el flujo de la existencia cotidiana de cualquier grupo social. A la tribu nómade, porque le relenta su devenir. A la familia yuppie de Estocolmo, pues no hay con qué pagarle una enfermera a tiempo completo. ¿Qué es un viejo?/ Su follaje se seca, camina en tres pies y,/ sin más fuerzas que un niño,/ como un sueño en pleno día,/ deambula. (Agamenón, de Esquilo).

Chistes de exorcismo a la angustia de la vejez circulan entre sesentones: “¿Sabes cuándo un hombre ya entró definitivamente a la última hoja del calendario?: cuando en lugar de hablarte de los buenos pechos de su compañera de oficina te describe lo excelentes que son los equipos de su médico internista”. “¿Sabes cuándo un ser humano pasó a la lista de espera?: cuando su comida favorita es la sopa y la música que más reclama es la ópera”. Mil recursos ha usado la literatura a lo largo de la historia para defenderse de ese inevitable porvenir que es la senectud, como lo ha registrado hasta el milímetro Simone de Beauvoir en ese mamotreto de setecientas páginas, titulado La vejez, que debería estar prohibido de leer pasados los cincuentas años.
Quizás a lo largo de tu vida lo has sentido, de diferentes maneras, pero nunca tan cruda como cuando dejaste de trabajar, no te viste sino hasta la media mañana, la nariz te gotea todo el tiempo, tienes una tos persistente cuando te recuestas, no te puedes levantar solo de un sillón demasiado mullido, las conversaciones ajenas dejaron de importarte. Es que ahora sí lo sientes sin anestesia y sin necesidad de haber leído a Paul Auster: “Sin duda eres una persona precaria y dolida, un hombre que lleva una herida en su interior desde el principio mismo…”. Pequeñas tragedias tan de la vida cotidiana que ya no se piensa siquiera en la condición que las crea, la humana. En algo coinciden, por eso, don Daniel y la loca de la Beauvoir. Nada de mitologías, hoy y ayer, o muy ayer, y mañana; acá, allá, muy allá, en la vuelta del mundo, funciona un universal: la ecuación entre una vejez plena y placentera y la posesión de una buena situación económica, que no solamente garantice comodidad y disponibilidad de bienes sino también, el ejercicio del poder sobre los miembros más jóvenes de la familia: “Aunque esté moribundo/no seré demasiado desdichado si estáis a mi lado. (Edipo en Colona, de Sófocles). (Escribe: Rafo León)


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