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Entrevistas Actor y hombre mediático por excelencia, Jaime Lértora narra aquí sus más insólitas decisiones de vida.

Soy un Soñador Impenitente’

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Ingeniero agrónomo, Lértora es hoy un empresario de éxito y sueña con trabajar en el circo. Su filosofía de vida se basa en el no enfrentamiento con los demás.

Jaime Lértora (64), gran actor que está en la memoria de todos, le da a la entrevista de esta semana un extraordinario toque insólito, ya que él es un hombre “insólito” en sí mismo como comprobarán conforme vayan leyendo. No es nada común que un ingeniero agrónomo abandone de golpe su carrera para dedicarse a todo lo que es actuación: teatral, cinematográfica y televisiva en todas sus modalidades (telenovelas, series, conducción de programas, etc., etc.) y, después de haber triunfado, abandone todo esto, de golpe y porrazo, para dedicarse a la vida empresarial. Él se define como un “soñador impenitente” a corto y medio plazo no dejando descansar las revoluciones de su cerebro. Y sueña despierto incluso con la posibilidad de entrar a trabajar en un circo. Detrás de todas estas actividades polimorfas hay un hilo conductor que es su filosofía de vida basada en el no enfrentamiento con los demás, filosofía de vida que le fue inducida por su madre en su niñez y adolescencia. Ahora, abocados a la primavera en el restaurante Costa Verde, y sentados frente a frente en una mesa, surge la conversación. Vayamos a ella.

–¿Dónde nació?
–Nací en Lima en la calle “7 jeringas”, en la Maternidad de Lima. Mi papá, Renato Lértora (tiene 95 años y por tanto no ejerce) fue abogado, alto funcionario y dos veces alcalde de Barranco y mi mamá, Cristina Carrera (ya fallecida) trabajó siempre en acción social, beneficencia y ayuda al prójimo, a pesar de tener que cuidar a sus seis hijos. Fue una mujer maravillosamente entregada a los demás. Siempre.

–¿Dónde pasó su infancia?
–Viví en Barranco toda mi infancia y juventud a caballo entre dos ambientes opuestos: el de una gran casa, la de mis abuelos, con 10 dormitorios y una vida muy marcadora (sic) de familia grande (abuelos, padres, hermanos, tíos) y por otro lado el de la vida de barrio jugando con los patas en el malecón de Barranco a los 12, 14 años. En la casa grande y con la vida familiar uno aprende a ser querido y a querer a los demás, aprende a confiar. La familia es el inicio de una persona buena que creo serlo y siempre he aspirado a serlo siguiendo el ejemplo inalcanzable y maravilloso de mi madre que todo lo hacía por los demás.


 


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