Internacional
Sobreviviente del Infierno
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Luis Eladio Pérez fue nombrado embajador por el presidente Juan Manuel Santos: “En mi generación no hemos conocido un solo día de paz”. |
Luis Eladio Pérez, nuevo embajador de Colombia en Perú, pasó 7 años secuestrado por las FARC y hoy apuesta con todo a proceso de paz.
Luis Eladio Pérez le dijo al presidente Ollanta Humala que hoy, en Lima, “se respira desarrollo”. Y se asombra de la cantidad de empresarios colombianos que ha recibido en sus tres semanas como embajador de ese país.
En efecto, el abanico de inversiones incluye a la distribuidora de gas natural Cálidda, operadores del Metropolitano, azúcar Manuelita, lácteos Alpina, contratistas en obras de infraestructura, sistema bancario de segundo techo y hoteles. Un intercambio impensado hace unos años.
En medio de la bonanza bilateral, la preocupación del embajador iba por otro lado. Cuando recibió a CARETAS, acababa de despedir al ex presidente Álvaro Uribe, que llegó al país para dictar una conferencia sobre seguridad auspiciada por el gobierno regional del Callao. A la vez, se aprestaba a recibir al actual mandatario, Juan Manuel Santos, que participó en la cumbre ASPA. Al cierre de esta edición, informó que el miércoles 3, a su regreso de Lima, le extirparían un pequeño tumor en la próstata.
Podría decirse que Santos le debe su presidencia a Uribe. Hoy ambos se encuentran enfrentados y la reciente decisión del Gobierno de iniciar un proceso de paz con las FARC ahonda dramáticamente la división. Todo esto ocurre cuando, tras el anuncio, las encuestas revelan un incremento de 20 puntos en la popularidad de Santos, que supera el 60%.
Como lo refleja en sus honestas declaraciones, el embajador Pérez Bonilla (59) tiene un punto de vista muy particular frente al interminable conflicto armado colombiano. Proveniente del Partido Liberal, este ex concejal, gobernador del departamento de Nariño, presidente del parlamento andino, diputado y senador permaneció secuestrado por las FARC durante 7 años (2001-2008). Junto con la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt, se convirtió en un símbolo de la lucha contra este flagelo.
–Usted debe tener una opinión con muchos considerandos sobre el nuevo proceso de paz. ¿Cómo reaccionó a la noticia?
–Con muchísimo optimismo. Los colombianos estamos hartos y cansados de tanta violencia. En mi generación no hemos conocido un solo día de paz. No menos de 6 millones de personas han sido víctimas directas del conflicto. Ese cansancio se manifiesta en la aceptación de la propuesta formulada por el Presidente. Un proceso de paz difícil, muy complicado; primero porque hay que derrotar a los escépticos por malas experiencias anteriores, que consideran que no es viable avanzar con las FARC hacia un camino a la reconciliación y se van por el enfoque único de la vía militar. No se ha logrado derrotarla en 50 años y no se logrará en el futuro inmediato, a pesar de una recuperación muy importante de territorio, por un ingrediente social que es el hambre, la miseria y la falta de oportunidad. Cuando estuve secuestrado me vigilaban niños de 11 años. Eran más grandes los fusiles que ellos mismos. Paradójicamente, la guerrilla se convierte en opción de vida para ellos.
–¿Y por qué le duele tanto esta decisión al ex presidente Álvaro Uribe?
–Son visiones diferentes. El presidente Uribe hizo un trabajo muy importante. En el 2002 encuentra el 66% del territorio en manos de los violentos. La reingeniería que comenzó el presidente (Andrés) Pastrana que la continúa con mucha fuerza Uribe permitió pasar de 250 mil efectivos a 460 mil, la inmensa mayoría actuando en las zonas de conflicto. Eso continúa sin el más mínimo respiro.
–¿No va a haber una zona de despeje como ocurrió con San Vicente del Caguán?
–Cero. Ni un milímetro de despeje.
–¿Entonces todas las negociaciones se van a hacer fuera del país?
–Sí. Y no habrá un cese de hostilidades como aparentemente exigiría la guerrilla. En ocasiones anteriores era el Gobierno el que exigía un cese de hostilidades. De manera que el presidente Uribe puede estar tranquilo.
–Otro ex presidente, César Gaviria, señala que todo el énfasis militar impulsado por el Plan Colombia mejoró la seguridad, pero el negocio del narcotráfico sigue estable.
–El crecimiento de la guerrilla obedece a la concupiscencia con el narcotráfico. Eso le hizo perder sindéresis política y rumbo ideológico, pero le dio una fuerza operativa muy fuerte. Por eso es que no se le puede derrotar. El Plan Colombia comenzó con 110 mil hectáreas de coca hace 12 años y ahora hay cerca de 70 mil. Doce años de guerra con el perjuicio ecológico de las fumigaciones y las muertes. La conclusión es comenzar a pensar en serio en un proceso de legalización para acabar con este negocio.
–¿El presidente Santos ve una ventana en ese sentido?
–Lo acaba de decir en Naciones Unidas.
–Usted que vivió una experiencia traumática y convivía con guerrilleros de distintos rangos, ¿qué observó en el discurso de ellos?
–Un día el ‘Mono Jojoy’ (jefe militar de las FARC, muerto en el 2010) dijo que yo era el secuestrado que más conocía a la guerrilla. Y no estaba equivocado. A mí me secuestran en la frontera con Ecuador y terminé entre Brasil y Venezuela. Todo lo recorrí a pie. Y conocí a la guerrilla por dentro: frentes, columnas, bloques. Nunca escuché un discurso ideológico. La ignorancia me llamaba poderosamente la atención. Un día empezó un guerrillero a hablarnos del comandante Simón Bolívar. Creíamos que nos hablaba de un alias. Decía que había muerto hace poco defendiendo a Manuel Marulanda, el emblemático Tirofijo. ¡Estaba hablando de un señor que lleva muerto más de 200 años! Otra vez un comandante me dijo un día visité Bogotá. Imagínese que entré a un edificio, me metieron a una caja y de pronto estaba en las alturas. Se estaba refiriendo a un ascensor.
–Pero lo que sí aparece recurrentemente en su libro y el de Ingrid Betancourt es una crueldad muy básica.
–El resentimiento social es la única explicación. A mí me tuvieron caminando un año descalzo. Una vez trajeron un perrito negrito. Le pusieron Tino por Asprilla. El perrito se encariñó conmigo y yo con él. Llegó un nuevo comandante y le fastidió la empatía. Botaban las ollas de comida para no darle al perro. Lo hostigaban, le pegaban, le tiraban piedras. Ante mis reclamos, el comandante cogió un machete y picó al perrito delante de mí. Saqué un palo y se lo tiré. El tipo quedó más asustado que yo mismo. No tenía la menor duda que me iba a disparar y matar. Pero mira cómo es la vida. El superior se enteró e inmediatamente lo sacó a él y a su mujer -que era peor y se desvestía frente a mí para provocarme, era una cosa perversa- a las 24 horas. A los dos los mataron a los 15 días en un operativo. Se creó en la guerrilla la Maldición del Tino. Yo iba pasando de frente en frente y me lo contaban como una leyenda. He hecho un esfuerzo muy grande para perdonar, para olvidar.
–No hay resentimiento pero, a diferencia de Betancourt que demandó al Estado colombiano y se creó muchos anticuerpos en su país, ¿usted pudo salir con algo bueno de todo eso?
–Estábamos más preparados para morir que para vivir. Si te meten preso y te condenan, tú tienes un límite de tiempo y te adecúas. No teníamos perspectiva. Ahí yo hice un ejercicio diferente al de Ingrid. Ella fue mi compañera 24 horas del día durante cinco años. Te imaginarás el lazo de amistad que hay. No de romanticismo como especularon. El día que nos secuestraron escuché una declaración de Jojoy en la zona de distensión en la que dijo que solo me liberarían si el Congreso expedía una ley de canje. Dije, listo, se acabó, de aquí no salgo vivo. El Congreso jamás iba a expedir una ley que legalizara la práctica del secuestro. Entonces empecé a ganar día a día. Huy, que rico, llevo un mes vivo, llevo un año vivo, tres años, cinco, seis, siete. Y eso me ayudó mucho para tener un poco de paz espiritual. Fueron tantas las noches de insomnio, ¿se imagina en 7 años?, que hice una catarsis muy profunda. Entonces yo salí liviano.
–Todo era ganancia.
–Exacto. Si estoy aquí mañana, hago ejercicios. Escribo, leo libros, cualquier cosa. A Ingrid le pasó lo contrario.
–Ella esperaba salir.
–Escuchaba a (el ex presidente francés Nicolás) Sarkozy y decía ya mañana salgo. Dentro de 15 días mi hija cumple años, voy a estar en la fiesta, voy a hacerle la torta. Frustración tras frustración. Se golpeaba anímicamente demasiado.
–¿Cuánto tiempo pasó para que usted comience a hacer su vida normal luego de ser liberado?
–(Hace una pausa) Si te confieso, la verdad creo que todavía no hemos empezado. Muchas son las secuelas que deja esto. Nosotros nos hemos convertido como en referentes para los psicólogos del mundo, porque no hay secuestros tan prolongados. Lo más cercano es la Segunda Guerra Mundial o Vietnam, y lo que le dicen a uno es hombre, usted nunca va a superar las secuelas. Acostúmbrese a vivir con ellas. Y es un poco difícil. Pero hemos superado muchas cosas. Siento muchos temores de estar solo, de salir solo. Aparte de que continúan las amenazas porque cuando salí me fui directo a hacer gestiones a favor de Ingrid y los demás. Me sigo oponiendo a los intentos de rescate militar. Pero la guerrilla no entendió y consideró que yo era el autor intelectual de la operación Jaque (que liberó a Betancourt) y a las 24 horas tuve que irme a Estados Unidos. Tengo que agradecer al gobierno peruano que me ha dado toda la seguridad para estar acá. Porque la guerrilla ha ordenado que me encuentren donde sea. ¿Conoces la casa de la embajada aquí? Hermosa, pero, a ver, viva solo ahí. Confieso que todavía no he podido conciliar el sueño acá. Pero he hecho un inmenso esfuerzo en superar temas físicos. Por ejemplo, los ruidos. Al principio me enloquecían.
–¿Se acostumbró en extremo al silencio?
–Sí. Yo amo a los perros. Tenía dos french poodle viejitos a los que me tocó poner a dormir el año pasado. Me esperaron siete años. Mi familia tenía que ponerles mis camisas o pantalones y solamente ahí dormían. Cómo sería el cariño de esos animales. Y cuando volví no soportaba sus latidos cuando estaban a mi lado. Igual los ruidos de la calle, los pitos de los carros. Me quedó un problema en la vista porque nunca vi sol en siete años. Y el día que me sacaron habían quemado unos cocales para que aterrizara el helicóptero. Me dio el sol y quedé con lesiones.
–Los secuestrados siempre mencionan el efecto que deja la selva.
–Una monotonía total. Árboles con 70 metros de tallo, donde pueden construir ciudades debajo y nadie las detecta. Pero es fea, es monótona. Lo bonito nunca nos lo dejaban ver. A los ríos nos sacaban de noche. Ver animales en la selva era la otra expectativa, pero el animal le huye al hombre. Nos enseñaron que nunca le reacciones a una culebra con miedo. Nunca, con todas las culebras que vimos, cuatro narices y boas, nunca nos picó a ninguno. Si sucedía eso, moría, estos tipos jamás cargaban un suero. Cuando me dio el infarto no me dieron ni una pastilla. Uno de los tres gringos que estaban secuestrados me regaló una aspirina que el tipo guardaba como un tesoro porque era hipertenso. Cuando me vio en pleno infarto, me la regaló. Después tuvieron que hacerme una cirugía al corazón para ponerme cuatro puentes.
–¿Y su diabetes?
–Se me complicó. A pesar de hacer ejercicios por las caminatas comía todo lo que no debía. Arroz con frijoles, puras harinas. Estaba liquidado. Tuve tres comas diabéticos.
–Pero sobrevivió.
–Mucho le debo la vida a Ingrid Era mi enfermera todos los días. Con mi señora llevamos 40 años de casados, pero no he vivido lo que viví con Ingrid: encadenado con ella 5 años las 24 del día. No había espacio para hipocresías. Era el ser humano ahí, al filo de la muerte.
–¿A qué edad dejó a sus hijos?
–21 y 23. Por la radio los oí crecer. Oí casarse al mayor. Que entre otras cosas me llegó a visitar ayer. Oí nacer a mi nietecita. Este fin de semana nació la cuarta y me escapé para Bogotá. Son 7 años que no los recuperas nunca. No tienes la oportunidad de haber convivido con los hijos en la edad en que más lo necesitan a uno para guiarlos. Dejé a mis hijos hablando de Juanes y Shakira y los encontré con el Derecho Internacional Humanitario y la Convención de Ginebra. Sus vidas también cambiaron en ese segundo.(Entrevista: Enrique Chávez)