Opinión "Por encima de todo está saber que no tenemos nada que ver con esa verdad a la que se le pone precio y valor”.
¡Qué Lejos del Valor y la Verdad!
Lima, 29 de septiembre de 2012
Sobre la comunidad asháninka de Betania no voy a escribir todavía, quizás deba pulir los recuerdos de esos días que acabo de pasar allá a fin de no idealizar ni dejarme conducir por el duro ascenso hacia la poza natural formada por un desfogue del río Tambo, un fenómeno geológico que la comunidad guarda como un tesoro; o la sobresaltada salida a pescar al final de la tarde dentro de una canoa minúscula, cuando el cielo y el río se juntan para finalizar con la luz del día, a la vez. Después tuve que regresar, en lanchón, cinco horas hasta Puerto Remolinos, de allí dos horas hasta Satipo. Desde que tocamos puerto cayó sobre nosotros la avalancha de la vida urbana del Perú de hoy, jaladores para taxis, vendedoras de patarashca de chupadora, niños que saltaban hacia adentro del lanchón a ofrecerse para ayudar a cargar los bultos. Y luego, el trayecto hasta Satipo, con el bosque tan deforestado, hasta las partes altas de los cerros para sembrar plátanos. Aún el aire, como en la comunidad de Betania, olía a leña, a hojas descompuestas, a agua de río.
Satipo, Pichanaki, Mazamari, en los recuerdos promedio del limeño son ciudades asociadas a narcotráfico y terrorismo. Y con razón, estamos –sin estar del todo– en el VRAEM pero el signo más llamativo de esa conflictividad ya no es la escaramuza diaria entre los narcoterroristas y el Ejército, ni las explosiones, ni los atentados. Es más bien una más que impresionante prosperidad. El tránsito en estas ciudades es más complicado que el de Lima un viernes a las seis de la tarde. Entre los miles de mototaxis y los cientos de todoterreno (de esas que no bajan de cincuenta cocos), te puedes quedar en un cruce veinte minutos esperando la oportunidad de hacer tu propia salvajada automovilística, mientras te taladran el celebro las decenas de diferentes temas de cumbia andina o amazónica que salen de tiendas enormes de electrodomésticos, de mototaxis, de abarrotes, de repuestos, de ropa china, de coiffure unisex. Y de comida.
En Pichanaki hay una discoteca de tres pisos con una fachada que parece la fantasía de un psicótico recién levantado, los colores, las formas. Dicen que los sábados por la noche allí son fantásticos, pero que lamentablemente siempre hay una bronca que adelanta el fin de la noche. Entre los ríos de autos y gente en esta ciudad y en su vecina Satipo, siguen trabajando como si estuvieran en un tópico de primeros auxilios las vendedoras callejeras de comida, caldo de gallina, pescado de río, ceviche y café, siempre café, el año pasado el precio del café batió todos los récords y esa es la respuesta que recibes cuando preguntas por qué tanta prosperidad. Este año ese precio se redujo en un 40% y sin embargo la abundancia no ha disminuido, al contrario, por donde volteas hay academias, boutiques, cadenas de farmacias y por supuesto más restaurantes. En una esquina de la plaza de Satipo está el restaurante Delia, que tiene en los bajos un tragamonedas del mismo nombre. El edificio tiene su altura y exteriormente está del todo forrado en dorado. La atención y la comida en Delia no tienen nada que envidiarle a cualquiera de los buenos restaurantes de Lima. Yo comí un chaufa de cecina que era una gloria, en porción decente, con decoración de hilos de wantán y un buen vaso de vino al lado. “Esto es obra de Gastón”, fue lo primero que pensé.
Locura, conflicto, todo se mueve en la selva central. A veces es difícil saber quién es quién y por tanto, dónde está la verdad. Pero la realidad está ahí, delante, para crearnos un desafío, investigarla, meterte, observarla, descubrirle su estética, su ética. Reconocer que no hay manera, acá ni en ningún lugar, donde la vida esté exenta de dificultades, contradicciones, traiciones, corrupción, pero también de sus contrarios y que muchas veces la foto nos agarra en el medio de todo eso. Pero, ¿saben qué? Por encima de todo está saber que no tenemos nada que ver con esa verdad a la que se le pone precio y valor. (Escribe: Rafo León)