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04/Oct/2012
 
 
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Restaurantes Hector Solís recrea en “La Picantería” un almuerzo en una playa chiclayana, solo que en Surquillo.

Chiclayo Llegó a Surquillo

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Esposos y socios, Johanna Aparcana y Héctor Solís celebrando efectos de la chicha.

Dándole vuelta a la tortilla como si de una de raya se tratase, Héctor Solís –la celebrada mano que mece las ollas del Fiesta– decidió tomar distancia con la ola de ostentación gastronómica que empachaba la ciudad. Mucha lata y poca sardina, encima de genuflexa actitud ante una creada necesidad de una desfasada bendición foránea. Dando la contra a la fabulosidad, se fue a Surquillo y puso una picantería con esteras, cadenetas de papel, vajilla de mercado, mantel de plástico y chicha de jora al gusto. Solo faltan pollos correteando entre los parroquianos.

Mariano Valderrama, según los cánones, en plato hondo.

Alberto Tay tuvo el tino arquitectónico de recrear el ambiente norteño con honestidad antes que afectación, y Solís el valor de poner en la carta –o mejor dicho pizarra– platos como lengua y ubre hablándose de tú a tú con pescados y mariscos en chiclayana plenitud, sin excluir versiones propias del cebiche de pato y –tranquila, Arequipa– el sacrosanto rocoto relleno. El bar es verde como la ilusión, y el comedor compuesto por dos largas mesas comunes para solo sesenta afortunados que lleguen a tiempo. No hay reservas ni yo te dije. Pero sí desayuno desde las diez y pico. Buscar el cruce herético entre la pura y el anarquista –Santa Rosa con González Prada– en el corazón de Sullorqui. Los cubiertos son opcionales. Se come con el babero puesto, literalmente hablando y a mucha honra.


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