Paolo Guerrero, fe impresa en tinta sobre la piel.
En pleno mes morado, la selección necesita resucitar ante Bolivia y Paraguay. Es enigmáticamente posible.
Paolo eufórico ante los flashes, refulgiendo como benditas las cruces y vírgenes de tinta que lleva en la piel bajo la bicolor, es la imagen por la que el hincha reza para pode ver este 16 de octubre en el estadio Defensores del Chaco de Asunción, Paraguay. Cuatro días antes, en el Hernando Siles de La Paz, la imagen deberá parecerse a la anterior si lo que se quiere es llevar el huayno al país de la samba. Y en olor de santidad.
Estando Perú en antepenúltima posición, al margen de estrategias (ver nota aparte) sale a relucir el poder del ritual religioso, sino cábala. La misma que llevaba a Iván Zamorano a vendarse la muñeca derecha antes de cada partido con la camiseta blanca del Real Madrid. Dicen que una vez se la puso por precaución y marcó un triplete. Nunca más dejó de usarla. O aquella que copiara el ex astro brasileño Ronaldo del legendario goleador inglés Gary Linaker, de evitar patear al arco durante el calentamiento para no “gastar sus goles”. O quizás la de Lorent Blanc, quien besaba siempre la testa del portero calvo Fabian Barthéz antes de cada partido durante la copa mundial de 1998. Al final, los franceses se llevarían la estatuilla dorada.
Punto de oro en La Paz. La ilusión futbolística continúa.
Markarián ya lo adelantó durante los trabajos de aclimatación de la selección en el Cusco: “No aseguramos ganar ni jugar bien, pero los chicos jugarán sin miedo y estoy seguro de que Dios nos premiará con un triunfo”. Nada que agregar.
PERUANOS DE FE
La historia del balompié nacional está llena de anécdotas cabalísticas. Cuentan los mayores –pero Alá es más sabio– que en el mundial de 1970, cuando la selección peruana se alistaba para enfrentar a Bulgaria, llegó al camarín la noticia del terremoto devastador que había sacudido el Perú 48 horas antes con una espeluznante cifra de desaparecidos. El rumor quebró por completo los ánimos de la delegación que salió cabizbaja a enfrentar a los europeos. Una vez en el campo, el equipo balcánico se adueñó de las acciones y 45 minutos después los nacionales retornaron a los vestidores con un 2 a 1 en contra. Fue entonces que “Pepe” Aramburú (presidente de la delegación nacional) sacó de su maletín un puñado de tierra, diciendo: “Muchachos, toquen esta tierra bendita que la hemos traído desde nuestra patria”. Luego de besar la tierra y santiguarse todos, la selección salió al campo y selló un triunfo por 3 a 2. Luego se sabría que la tierra provenía de uno de los tantos jardines camino al estadio.
Julio Baylón desalojaba el camerín íntimo para estar a solas y así poder pintarse las uñas de ambos pies de color rojo. Y César Cubilla, ex entrenador del Atlético Chalaco, prohibía terminantemente a sus jugadores comer piña durante las concentraciones previas a los partidos.
Hoy en día, son los tatuajes los portadores de la suerte futbolera: desde el rostro del primogénito (en el pecho, en el hombro o en medio del abdomen), hasta el escudo nacional, pasando por el santoral propio que Guerrero lleva impreso en el cuerpo.
“Al margen de la fe o la cábala, será el fútbol el que decida la suerte de nuestra selección” ha dicho Efraín Trelles, curtido comentarista deportivo de RPP. Por su parte, Daniel Peredo lamenta la poca presencia de jugadores íntimos en el primer equipo, “lo que posiblemente disminuya nuestra suerte ante los rivales de turno”. Que “San Paolo” nos ampare. (Orlando Bardales Nogueira)