Fútbol Cuando credos y creencias juegan su propio partido entre los aficionados.
Creer Para Ver
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La selección nacional no jugaba un partido fuera sin que su histórico utilero –Víctor Pacora– llevara sendas imágenes como equipaje. |
Tú crees, yo creo, nosotros creemos, si del mundo de las creencias se trata, hay que admitir que, sin más ni más, todos nos afirmamos en lo que el resto cree. Difícil pues aproximarse a la marcha de los funcionamientos sociales, a sus procesos y sus procesiones, sin destacar los mitos que cada época renueva e implementa, allí donde la jovial y global existencia de Papá Noel se da la mano con el multitudinario culto que merece el Señor de los Milagros, terreno donde Sarita Colonia desafía a Santa Rosa de Lima y el mismísimo fútbol peruano es vuelto a levantar al cabo de cada caída.
La creencia lo soporta todo, expandiéndose ciega en el camino o esquivando, cuando es necesario, aquello que la cuestione. Por ejemplo, si de las invocaciones al Cristo Morado se trata, veremos que unas se empeñan en agradecer los dones ya recibidos y otras buscan de librarse de futuros infortunios, hay las que interceden por terceros y no faltan las que apuestan por milagrosas recuperaciones. Es revelador sin embargo que, en medio de tales auras devocionales, nadie se pregunte por la naturaleza de su creencia, aunque para todos quede claro que tales afanes operan sobre un fondo utilitario. Otro tanto ocurre con el fútbol nuestro donde, a falta de razones para el festejo, se festeja por festejar o para recubrir la tristeza.
Como señalaba Melville, todo nos indica que un corazón esperanzado suele surgir en medio de la desesperación de la espera. Nada nuevo indicamos entonces al recordar que, en la vida, todo es cuestión de tiempo, ¿no será acaso que, para las grandes mayorías, el tiempo debe ser puesto a distancia, retirado una y mil veces, sometido a una obligada suspensión? Sabemos que hay momentos en que las razones son arrastradas por azarosas vorágines, por fuerzas que nadie controla, generando unos climas anímicos que son los del hincha de aquí y allá; guerrilla simulada donde se encuentran los mejores pretextos para gemir y vociferar contra el otro, para invocar y vituperar al otro, para negar cualquier antecedente e inventar todo de nuevo.
Y es que el auténtico enigma de todo juego y el del rey de todos ellos, el fútbol, es la terca necesidad de disolver lo que nunca podríamos resolver: una cruda realidad que buscaremos de bloquear con el liquid paper de nuestras fantasías. Por ello, lo que en verdad nos apasiona del juego es esa zona incierta con que las ciencias físicas celebran lo impredecible, implorando por la ocurrencia de un acontecimiento que ignore el conteo oficial y decepcione a la regla. Lo que en verdad nos fascina del fútbol, digámoslo claro, es asistir al desarrollo de los hechos, confiando en que nuestra asistencia vire activa, abandone la butaca y el sofá, ponga el hombro y meta la pierna, trabe al rival, resultando así, vital y letal.
Pronto nos tocará contrarrestar en la cancha vientos bolivianos y mareas paraguayas; como es costumbre, se tratará de corregir la tiranía de la probabilidad y el imperialismo del pronóstico. Preguntémonos entonces, con el hooligan del once atrapado en la media tabla o al borde del descenso: ¿Para qué contar con una parcialidad fervorosa si el propio favoritismo es cosa probada? ¿A quién puede entusiasmarle que Goliat ratifique su poder sobre David? ¿De qué sirve que los más cotizados abusen de los que suelen arribar en desventaja, de los que suelen arribar desde la parte baja? De muy poco, suponemos.
Hay enemigos y escenarios de todos los tamaños, flujos y reflujos a distinta escala, fortalezas y debilidades en cada juego. Oscar Wilde lo dijo mejor que nadie, ser realista es aspirar a lo imposible: hurtemos entonces ese eslogan para que nuestros empecinamientos peloteros no desfallezcan en los intentos que se avecinan. Y si el adversario cuenta con la ventaja de la localía, con la altura y el árbitraje, es tiempo de tornarse ligero y flexible, de hacer que el otro duplique su peso. Precisamos que las virtudes del rival devengan defectos y que sus defectos parezcan excesos: es la enseñanza milenaria del saber militar chino. Nuestro Sofocleto aclaró que ser boliviano no era una nacionalidad, sino una particular manera de decir voy ligero en chino. Seamos pues ligeros, seamos flexibles, seámoslo siempre. (Escribe: Julio Hevia Garrido Lecca)