Tan pronto sus males (enmascarados, traicioneros) se manifestaron, comenzamos a hablar de la muerte, y lo hacíamos, en los últimos meses, casi a diario. Le fastidiaba de ella su inminencia de tinieblas, sus mañas para robarse a los amigos, su rastro de aguafiestas. Decía, con verdadera preocupación, que aún le faltaba mucho por sufrir y gozar en este mundo. Mantenía siempre, sin embargo, el buen humor, el carácter firme y la gentil apostura, la cabeza en alto y el gesto airado, como solía mostrarse cada día, destilando comentarios ingeniosos, opiniones lúcidas y bromas filosas, con las que solía defenderse ante la adversidad. Cada amigo, o cada conocido que fallecía, era una señal de alarma. Toño llamaba entonces por teléfono, o a veces era yo quien lo llamaba. “¡Muerte cabrona!”, me decía. “Ya empezó el desfile. ¿Una pena, no? ¡Con tantos bríos, con tanta alegría de vivir que hay en nuestras vidas!”.
Video inédito de Cisneros leyendo el cuento ganador de las Mil Palabras 2012
Toño Cisneros nunca fue un poeta quejoso y dolido, como ha sido tradición en el Perú, sino un poeta espléndido, admirado y querido. El más amado de los pequeños dioses. Alguna vez, naturalmente, tuvo sus turbios enemigos, como todo hombre de letras, pero estos se esfumaron pronto, rendidos ante su simpatía y su enorme calidad lírica. Irreverente y ajeno a toda solemnidad, Toño fue una brisa refrescante en nuestra literatura. Toño, no cabe duda, amó la luz y la luz lo amó a él, quizá porque había nacido para disfrutar desmedidamente el festín de la vida: el calor familiar, la pasión del fútbol, los placeres de la buena mesa, las tertulias entre amigos, las inmensas preguntas celestes, las noches que jamás terminan. Pero, por encima de todo, Toño fue tocado por la gracia. Y, en ese misterioso trance, nos reveló la aparición de una ballena anclada en las aguas de Conchán, una gran ballena muerta azul cuando el cielo azulaba y negra con la niebla, y que flotaba hermosa sobre los tumbos helados/ hermosa todavía. Varias generaciones de jóvenes hemos crecido y envejecido leyéndolo, varios en el espejismo de la vida seguiremos murmurando sus versos por el resto de nuestros días.
Los amigos, en su última semana, lo visitamos en su antigua casa de la calle Chiclayo. Una zona de Miraflores que no ha cambiado. Lo mudaron allí, para evitarle las escaleras de su departamento de la calle Roma, y lo instalaron en su cuarto de adolescencia, donde medio siglo atrás soñara con ser poeta. Alonso, Balo, Willy y Lorenzo, y otros íntimos, pasamos a verlo. Soledad y yo, dos días antes de que falleciera, conversamos en la sala con su esposa, la Negra, en ese tono de voz bajo y monocorde, inevitable en las circunstancias tristes. Ella nos contó que él no veía las horas de mejorarse para almorzar con nosotros, tal como habíamos quedado. Todos lo esperábamos, impacientes, y una noche los amigos decidimos cenar juntos y brindar a su salud, con un vino tinto nada más, no con su clásico “whisky doble, que parezca triple”, para que nuestro Toño no lo tome como un abuso de confianza. Y esa noche, en sueños, volví yo más tarde a pasar por la calle Chiclayo y vi que la única ventana iluminada de la casa era la de su cuarto. Tal imagen, para mí, cierra hoy el capítulo Toño. Un rectángulo de luz, enmarcado por la oscuridad. (Escribe: Fernando Ampuero)