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Historia Catorce semanas y media que cambiaron al Perú de 1963 durante el primer gobierno de FBT.

Los Primeros CIEN DÍAS

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Al cumplir 51 años, Belaunde era ya Presidente. Como regalo pidió a sus correligionarios carpetas escolares.

Aquella pedrada consagratoria que recibió Fernando Belaunde Terry en la frente durante su última campaña electoral en el Cusco fue acaso un anuncio de lo que se le vendría.

Pocas veces se ha visto una oposición más obstruccionista como la que la alianza APRA-UNO (Unión Nacional Odriísta) le planteó a Belaunde a partir de 1963. Y, sin embargo, pocos gobiernos empezaron de forma tan estimulante.
En la elocuencia vibrante de su discurso inaugural, “improvisación” de más de una hora sin un papel a la mano, FBT no solo anunció que “los últimos serán los primeros” en su mandato, sino que enumeró una secuencia de proyectos gravitantes de aplicación inmediata.

Allí mismo convocó a cabildos abiertos en todo el territorio nacional como preámbulo a elecciones municipales y la restitución de la democracia cancelada décadas atrás.

Ese discurso levantó el ánimo nacional y esa tarde él mismo partió por aire hacia Pacaritambo para vincularse a la leyenda de los hermanos Ayar.

Salvando distancias y circunstancias, pero siguiendo la estela de Franklin Delano Roosevelt –el iniciador del parámetro de medición dinámica y el demócrata keynesiano que sacó a los EE.UU. de la Gran Depresión precisamente en los años que FBT estudiaba allá– aquellos primeros tres meses de gobierno del populista peruano fueron de un marcado reformismo.

Y “su obra de infraestructura básica”, diría en el 2006 Bedoya al recordar al Arquitecto, “cambió y transformó al Perú en aspectos en los que el país mayormente no ha reparado”.

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Con su hijo, Rafael, y su primera esposa, Carola Aubry.

En ese primer discurso inaugural, FBT anunció que en 90 días se plantearía ante el Parlamento una propuesta definitiva para arreglar el impasse del laudo otorgado con favor a la International Petroleum Company (IPC).

La estatización de los yacimientos petrolíferos de La Brea y Pariñas se perfilaba, pues, inminente. Sin embargo, esta acción se trabaría durante años y se vería alterada por el escándalo ficticio de la Página 11, un entuerto que sirvió como disculpa para el golpe de 1968.

Fue también ese 28 de julio que se formalizó el programa de Cooperación Popular.
Un organismo que promovería la realización de obras públicas sobre la base del trabajo comunitario. Este sistema no solo movilizó a comunidades campesinas, sino que convocó a millares de jóvenes de distintos sectores socioeconómicos para construir caminos, escuelas, postas médicas y canales de regadío.

Al finalizar cada una de estas y otras obras, una placa –usualmente una piedra labrada– decía simplemente “El pueblo lo hizo”.

Era la herencia histórica del ayni y la mita andina, reinterpretada de forma contemporánea por Belaunde, y el movimiento llevaba como vestimenta frases de un numen retórico alimentado por sus antecedentes culturales y sus incansable peregrinaje a lo largo del país.

“La conquista del Perú por los peruanos”.
“Picos y palas para la revolución sin balas”.
“Trabajar y dejar trabajar”.
El mismo nombre del partido, “Acción Popular” (que había salido del original Frente Popular de Juventudes Democráticas), impulsaba entonces un ritmo verbal complementado por “¡Adelante!”, la palabra y gesto que buscó definir un centro progresista.

Eran, por cierto, los años de la Revolución Cubana de Fidel Castro y también de la Alianza para el Progreso de John F. Kennedy.

El 24 de septiembre de 1963 se convocó a elecciones municipales, algo que no se veía desde que Leguía las suprimió.

Fue en ese contexto que se eligió a Bedoya Reyes como histórico burgomaestre de la Capital.

Durante esos primeros 100 días de gobierno se empezó a gestar también un proyecto de reforma agraria, trabajo sobre todo de la Democracia Cristiana oficialista.

Como bien lo sabía el Apra desde los años 30, la inequidad social en el agro –y sobre todo en la sierra– se remontaba a centurias y durante las últimas décadas era un tema político fundamental.

Aquel impulso respondía a una promesa electoral y también a un campanazo de alerta que se había dado el mismo 28 de julio, cuando un grupo de haciendas en Junín fueron invadidas por comuneros.

Si bien FBT se había negado a condenar la Revolución Cubana, era obvio que ese ‘¡Adelante!’ no era verde olivo y ciertas izquierdas más radicales no solo veían a un adversario en el centro progresista de AP-DC, sino que preparaban guerrillas.

El Congreso, sin embargo, frenó la reforma agraria de AP-DC y así, en la práctica, abrió las puertas a la espectacular (y catastrófica) de Velasco Alvarado.

Pero una reforma revolucionaria y estructural de aquel primer gobierno belaundista que sí se implementó fue la nacionalización de la Caja de Depósitos y Consignaciones.

El Decreto Supremo N° 47 del 9 de agosto de 1963 estatizó la entidad, declarándola de necesidad y utilidad pública. Fue así que el Estado adquirió la función de recaudar las rentas fiscales, como también el rol de custodiar los depósitos administrativos y judiciales.

La banca privada dejó de controlar la recaudación y el cobro de impuestos.
La entidad fue complementada posteriormente por una nueva institución: el Banco de la Nación.

También se estructuraría mejor la independencia del Banco Central de Reserva.
Finalmente, se creó el Banco de Vivienda. “En el Perú terminaba para siempre el dominio directo del poder del dinero en las decisiones más importantes de la república”, explicó Bedoya Reyes al recordar a ese primer FBT. A partir de entonces, el Estado pudo utilizar y recaudar sus propios fondos sin la mediación de la banca privada.

Fueron 100 días que si bien no estremecieron al país, lo galvanizaron y lo reformaron para siempre dentro de un contexto de concertación que merecía un mejor desenlace.

Como recordó Alfredo Barnechea en una ceremonia que conmemoraba el primer año del fallecimiento de esta figura histórica singular, Belaunde perteneció a una casta latinoamericana de gobernantes demócratas como Rómulo Betancourt de Venezuela, Eduardo Frei Montalva de Chile, Alberto Lleras Camargo de Colombia y Juscelino Kubischek del Brasil (al que se podría añadir a Fernando Henrique Cardoso).

Todos dejaron huellas profundas en la historia compleja de las democracias de sus países, pero ninguno llegó a confrontar los feroces desafíos que debió encarar Belaunde.

La guerrilla castrista de Luis de la Puente y Uceda en su primer gobierno, sumada a una crisis mundial financiera, derivó en el golpe de 1968 y un gobierno militar extendido.

Y en su segundo mandato, Belaunde debió luchar contra Sendero Luminoso desde el mismo día de su elección, barajar la sideral alza de precio del petróleo y una consecuente deuda externa de dimensiones mundiales.

Pero quizá ninguno de sus ilustres pares llegó a concretar una reivindicación tan plena: su reelección vigorosa en 1980 después de 12 años de denuestos por parte de ideólogos de una “democracia social de participación plena” que, con los tanques al costado, afirmaban que la historia le había pasado por encima.


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