Entrevistas Estrella del recordado filme Maruja en el infierno, Elena Romero narra los más trágicos momentos de su historia familiar.
‘El Optimismo Como Respuesta a la Vida’
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Actualmente catedrática de la UPC, Elena Romero practica la meditación desde hace 20 años: necesario recodo de serenidad en medio del caos. |
Elena Romero es una artista absolutamente polifacética, ya que ha desarrollado innumerables aspectos: actriz, cantante, compositora, animadora de radio y televisión, profesora de comunicación, etc., etc. ¿Cuál fue la primera faceta que desarrolló? Como dice ella: “Hablar de cuándo empecé a cantar es hablar de antes de yo tener memoria. No recuerdo el no haber cantado y creo que no podría concebir mi vida sin cantar”. Ahora, frente a ella, sentados en una mesa del restaurante Costa Verde e inmersos los dos en una conversación amplia y dilatada, no puedo evitar que en ciertos instantes me invada la emoción y se diluyan los fantasmas de mi niñez ante el gratificante encuentro de dos mundos otrora antagónicos. Y es que Elena Romero nos da una lección de optimismo ante la vida. Veamos el porqué.–¿Orígenes?
–Nací en Lima y me siento orgullosa de ser peruana, tengo doble nacionalidad, ya que mi padre, Joaquín Romero, era español y huyó de España con toda la familia cuando los franquistas entraron a Barcelona. Fueron momentos enormemente trágicos para mi familia.
–Explíqueme esto.
–En el lío espantoso de una estación abarrotada con gente, queriendo salir a Francia, una de las hermanas pequeñas de mi padre se perdió. Mi abuelo se quedó para buscarla con la promesa de reunirse en Francia con toda la familia, pero eso nunca sucedió.
–¿Eran antifranquistas?
–Eran medio anarquistas, lo que los obligó a huir cuando la entrada de los nacionalistas a Barcelona era inminente. En Francia sufrieron la Segunda Guerra Mundial. Desde Francia fueron a Venezuela y con el tiempo mi abuela y mi papá, este con unos 20 años, vinieron a Lima. Sé poco de mi abuela Joaquina, a quien no conocí. Sé que hasta muy mayor bailaba la jota y que adoraba a mi papá y lo engreía mucho. ¡Pobre abuela!, ver a su familia rota de esa manera por la guerra, vivir varios exilios siempre volviendo a empezar y perder esposo y una hija.
–La entiendo muy bien. Dentro del millón de muertos de esta conflagración horrorosa, hubo infinidad de desaparecidos en ambos bandos. No sé dónde está enterrado mi padre y solo sé que, sin ser militar ni político, poco antes de empezar la guerra lo secuestraron, lo mataron y lo quemaron en cal viva en una fosa común. Yo tenía tres años.
–Es que la guerra es algo espantoso. En una guerra todos pierden. Doy por descontado que es muchísimo mejor una democracia imperfecta que un totalitarismo de cualquier tipo. El amarrarse de por vida al poder siempre va a ser una fuente de cosas negativas. Yo pienso que los grandes cambios los tiene que hacer uno dentro de sí mismo. Por supuesto que hay cosas que tienen que cambiar en el mundo, porque hay una injusticia insoportable y nos tiene que llamar a la indignación, pero la respuesta jamás puede ser la violencia. La violencia genera siempre más violencia. Es una ley universal aquella de que uno cosecha lo que siembra. Este es el sentimiento que yo tengo, mirar hacia dentro y tratar de encontrar qué puedo pulir y mejorar en mí.
–¿Qué hizo su padre en el Perú?
–Mi padre trabajó desde abajo y con el tiempo llegó a ser un especialista en confección textil. Autodidacta, amante de las artes y de la historia era reflexivo, inteligente y con gran sentido del humor. Conoció a mi madre, que era charapa, en Lima, y se enamoró de ella a primera vista. Se casaron. Mi madre fue y sigue siendo una mujer muy guapa, vital, alegre y con un corazón más grande que toda la Amazonía que la vio nacer. Una madre coraje en muchos sentidos. Nos enseñó desde niños a ser nosotros mismos sin importar los convencionalismos.
–Primeros recuerdos.
–Uno de mis grandes recuerdos de niñez es el viaje en barco que, de pequeña, hice a España con mi madre y hermanos en el “Verdi”, de la Compañía Italiana de Vapores. Duró 21 días la travesía y fuimos a Barcelona. Yo entonces tenía cuatro años y recuerdo el olor de salitre del mar, las luces de las bahías, el olor del camarote, el olor de la sala de diversiones y otros olores más.
–Perdone con los olores, pero parece usted un perro sabueso.
–Y lo soy. De los cinco sentidos, el del olfato es el más acusado ¡fíjese!: solo oliendo y sin probar de la olla, muchas veces puedo saber si falta sal.
–Hago ¡plop!, a lo Condorito. Semejante capacidad olfativa me deja perplejo.
–En realidad, mis primeros recuerdos de la música y del escenario son con mi familia en España. Los domingos nos metíamos los siete en un carrito enano –un Seat 600– y nos íbamos de paseo y cantábamos afinando las voces en coro. También mi hermano Oscar, que ya no está con nosotros, escribía obras de teatro y las escenificábamos subidos en un baúl de fierro que teníamos en casa, como escenario. Era callada, tímida e hipersensible.
–¿Cuánto tiempo estuvo con su familia en España?
–Ocho años, después todos regresamos al Perú. Nuevamente 21 días atravesando el Atlántico en barco. Yo tenía 12 años. Mientras estábamos en mitad del océano, Pinochet daba el golpe de Estado en Chile. Aquí llegamos a un Perú donde Velasco Alvarado estaba en el poder. A esa edad, el cambio fue muy difícil para mí. Esos primeros años me costaron mucho y me refugié en la lectura. Cuando terminé la secundaria, ingresé a la Universidad Católica con la idea de ser psicóloga. Yo soñaba con ser artista, pero no me atrevía. Y entonces un buen amigo me dijo siete palabras que cambiarían mi vida: “¿Te vas a morir sin haberlo intentado?”…¡Se acabaron todos mis miedos! Y esa pregunta me la he hecho y me la sigo haciendo, ¿es que me voy a morir sin haberlo intentado?
–¿Y lo intentó?
–Me armé de valor y hablé con mis papás que se quedaron helados cuando les dije que quería ser artista. Postulé a la Escuela Nacional de Música e ingresé a estudiar canto y a la vez ingresé al TUC a teatro y me entregué de lleno a estudiar. Al año fui a un casting creyendo que buscaban extras para una película y resulté siendo elegida para el papel principal de “Maruja en el infierno”.
–Estupenda película de Pancho Lombardi. Con este filme comprendí que en el Perú se hacía un gran cine.
–Jamás me había puesto delante de una cámara, pero había visto mucho cine club (a veces hasta tres películas seguidas). “Maruja en el infierno” fue mi bautizo como actriz y gané el premio de mejor actriz en el Festival de Cartagena de Indias. La película tuvo muchos premios internacionales. Estuvo un año en cartelera. Fue la primera película peruana preseleccionada para el Oscar. Pero el TUC me sancionó con medio año de suspensión de clases.
–¿Y por qué esto?
–Absurdo, ¿no? Se suponía que los alumnos no podíamos trabajar, aunque compañeros míos como Huguito Salazar o Cecilia Campos estaban en la televisión todas las semanas, en fin… sin comentarios, jajaja. Así que me dije: “Bueno pues, si no es aquí, será en España” y me fui allá a terminar mis estudios de teatro.
–¿Y qué tal le fue en España en su segundo gran viaje?
–No fue nada fácil. Trabajé, para poder estudiar, como vendedora ambulante, de mesera en bares, de baby sitter y limpiando casas. Me levantaba a las cuatro de la mañana todos los domingos y preparaba termos grandes de café, lo mezclaba con brandy y le vendía el típico carajillo a los que estaban instalando sus puestos en el Rastro (enorme mercado de pulgas madrileño). Una vez un peruano me vio en el Rastro y me dijo: “Qué haces tú aquí, Maruja (por “Maruja en el infierno”), si podrías estar en tu país siendo reconocida y famosa” y yo le contesté: “Estoy aquí luchando por mis sueños y sé que todo esto es pasajero”. Me siento muy orgullosa de haber luchado tanto. Yo sé lo que es salir adelante a través del propio esfuerzo. Mis papás me ayudaban en lo que podían, pero yo tenía que trabajar duro. Todas estas dificultades extremas duraron tan solo un año porque acabé defendiéndome muy bien como cantante. Me gradué en arte dramático en la Real Escuela Superior de Arte Dramático y Danza de Madrid, en España.
–También tendría momentos buenos. ¿Amores?
–Como la mayoría de las mujeres, en realidad he tenido bonitas relaciones sentimentales y otras que prefiero no recordar. Pero para mí todo eso es mi prehistoria, ya que al mes de estar en España conocí a Alberto Suárez, mi esposo, el amor de mi vida, y después de un año de conocerlo nos enamoramos y ya nunca nos hemos separado. Son 27 años juntos. ¿Después de 27 años de felicidad? Ni me pregunte usted acerca de mi prehistoria amorosa.
–Comenzó cantando en España y ya fue cantante toda su vida.
–Antes de cantar en España ya había cantado en el Perú, pero diría que en España adquirí el oficio, junto con mi esposo Alberto que era músico del grupo Akulliko, en donde yo trabajé como solista durante seis años. También grabamos discos. Desde entonces he cantado toda mi vida. He cantado música latinoamericana, música religiosa antigua, rock, salsa, boleros, música brasileña, jazz, en grupos vocales y en todo tipo de formaciones sola y acompañada. En la calle, en grandes teatros, en catedrales, en pequeños antros nocturnos, en televisión, en festivales de televisión, en grandes plazas y por supuesto en la ducha, gran aula de democrático aprendizaje musical.
–¿Cuándo volvió al Perú?
–Yo llevaba 10 años fuera y volví al Perú y con mi hermano Raúl hicimos un programa inolvidable, “De 2 a 4” que tuvo tres años y medio de enorme éxito. Alberto me siguió. En 1996 estaba embarazada de Alonso y todos los artistas me tocaban la barriguita deseándome suerte, así lo hicieron: Armando Manzanero, Oscar de León, Paloma San Basilio, Miguel Ríos, Nito Mestre, el grupo Mocedades…
–¿Y qué tal le sentó a su marido el Perú?
–Se enamoró inmediatamente de mi país y se nacionalizó peruano. Triunfó en lo suyo, como comunicador ambiental en el programa televisivo “Te quiero verde”, sobre ecología y ambiente, que produjo y animó durante varios años.
–Resuma sus mayores éxitos hasta el día de hoy.
–En televisión con Raúl “De 2 a 4”, en cine “Maruja en el Infierno”, en música mi disco de compositora “De mil colores”. Mi trabajo con Manzanero en “Elena, Armando y un piano” y en el Festival Internacional de la OTI (1997)… Recuerdo la mayor ovación de mi vida cuando cantamos a dúo “Esta tarde vi llover”. Como LAS ROMERISSIMAS junto a mi hermana Bárbara, con nuestros discos “Canta Latinoamérica” y “Viva el Amor”. En teatro los musicales “Cabaret” y el enorme éxito de “Chicago” en el Teatro Municipal compartiendo roles con Marco Zunino, Denisse Dibós, Tati Alcántara y Paul Martin, bajo la dirección de Mateo Chiarella, con varios meses de lleno total.
Además de telenovelas, series televisivas y algunos programas radiales como “Tu voz existe” de CPN de difusión nacional. También en cine, “El destino no tiene favoritos”, ópera prima de Álvaro Velarde compartiendo roles con Christian Meier y Angie Cepeda y pronto estrenaremos “Como quien no quiere la cosa” su nueva película. Y ahora en mi madurez, estoy haciendo algo que me encanta y de lo que cada día aprendo y me nutro. Estoy enseñando en la UPC. Mi curso es el Taller de Comunicación Interpersonal, para los alumnos de Traducción e Interpretación Profesional. ¡Y por supuesto que me encantaría regresar a la tele y repetir mis éxitos anteriores!
–¿Cómo es usted íntimamente?
–Practico meditación desde hace casi 20 años y esto es como desbrozar el monte, como eliminar el ruido de fondo y como ordenar las prioridades de la vida. Ante un mundo tan desafiante como el de hoy, el poder encontrar un espacio de serenidad y de silencio constituye un alimento espiritual absolutamente necesario para mí.
–¿Es católica?
–Yo soy católica a mi manera: rezo y me comunico con Dios y siento a la Virgen María muy profundamente. No creo que haya ninguna contradicción entre eso y a la vez creer en la reencarnación. Todo lo contrario. La reencarnación le da mucha lógica a la existencia porque uno viene a esta vida a aprender y a superar algo que quedó pendiente, no como un castigo sino como un aprendizaje.
–¿La desgracia familiar que tuvo le afecta todavía?
–El dolor de perder a los seres queridos es parte de ese camino de aprendizajes. Soy optimista, a pesar de lo que veo alrededor: primero porque veo más gente con buen corazón, que con mal corazón y segundo porque el optimismo es la mejor respuesta posible ante la vida y sus problemas, el NO ya lo tenemos.(Por: José Carlos Valero de Palma)