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Arquitectura Hospitalizado a los 104 años, el brasileño Óscar Niemeyer sigue indagando en las posibilidades infinitas de la forma.

El Gran Equilibrista

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Artífice de una arquitectura “que no acepta compromisos”, centrada en la belleza y la invención, Niemeyer ha diseñado estructuras imposibles como la del Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi.

Creador de una arquitectura que desde siempre favoreció las curvas monumentales y la contundencia del cemento armado, Óscar Niemeyer es el hombre que rondando los 99 años, cuando contrajo matrimonio por segunda vez en 2006, expuso que “la mujer es el complemento físico y espiritual del hombre; sin ella, sin su seducción y buena compañía, desaparecen en él los sueños y fantasías que marcan y justifican sus vidas”. De sus voluptuosos trazos no solo nació toda una ciudad, Brasilia, sino también estructuras que se erigen como un prodigio de equilibrio, como un reto mismo a la fuerza de gravedad. Allí están, por ejemplo, el Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi, el Museo Óscar Niemeyer en Curitiba y, claro, la Catedral de Brasilia.

Nacido en 1907 en la festiva Rio de Janeiro, el mismo año en que la modernidad llegaba a la ciudad con el alumbrado público eléctrico, Niemeyer fue el precoz arquitecto que de niño solía dibujar con un dedo figuras inimaginables en el aire. Cuando su madre le preguntaba a qué se dedicaba, a él solo le quedaba responder con toda la gravedad y convicción de sus primeros años: “Estoy dibujando, mamá”. Mucho después, ofrecería esta lección a los calichines del oficio: “La técnica para defender monumentos no es copiar, es hacer contraste”. Y lección de vida para el común de los mortales: “Lo importante, en todos los sentidos, es la libertad; tiene que haber fantasía, tiene que haber una solución diferente, eso es lo importante en la arquitectura; lo que va a quedar de la arquitectura, o quedó, no fueron las pequeñas casas, muy bien cuidadas, fueron las catedrales, los grandes equilibrios”.

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Líneas simples marcan la trayectoria del arquitecto que recibió el premio Príncipe de Asturias en 1989.

De sus primeros años en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Rio de Janeiro, en la década del 30, Niemeyer ha recordado en numerosas ocasiones que en realidad no pudo asistir mucho a clases, debiendo atender como lo hacía en la imprenta paterna. Luego, a contracorriente de sus compañeros de estudios que buscaban ingresar prontamente a alguna constructora, Niemeyer lo haría prácticamente ad honorem al estudio de su mentor, el urbanista Lucio Costa, donde aprendió a respetar el pasado colonial arquitectónico y las viejas y sobrias construcciones portuguesas con sus gruesas paredes de piedra. Graduándose en 1934, poco antes de conocer a Le Corbusier, cuya obra se tenía en su círculo por “sagrado catecismo”, Niemeyer se afiliaría en 1945 al Partido Comunista del Brasil con otro tipo de construcción en mente: aquella de un mundo menos “injusto e inaceptable”, en el que la miseria dejase de multiplicarse “como cosa natural”. Luego, en 1955 fundaría la revista Módulo, donde se planteaba al arquitecto como aquel con la inmensa tarea de “humanizar el mundo moderno”. No por gusto, Niemeyer ha recordado en más de una ocasión aquella frase de Sartre: “Quién sabe si el mundo no sería mejor sin los hombres”.

Niemeyer, quien hace más de una semana fue hospitalizado por un cuadro de deshidratación, se mantiene hasta el cierre de edición en condición estable y, según ha manifestado, con el ímpetu incólume para volver a casa y poder avanzar con los trabajos pendientes, quizá con todo el conocimiento de causa de una de sus más graves certezas: “La vida es solo un soplo”. (Maribel De Paz)


 


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