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Nacional La prosa poética de Antonio Cisneros y el lente sutil de Javier Silva se unen en un alegato estético a favor de la fiesta.

Acho Altar de Arena

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Este trabajo salió a la luz como libro de circulación restringida en 1992. Incluía además textos de Guillermo Niño de Guzmán.

Escribe: Antonio Cisneros / Fotos: Javier Silva

La Plaza
Dicen que es la plaza más antigua de América. Dicen también que es la más bella. Pero no dicen que en pleno mediodía aparece alumbrada por la luz de la luna. Ni que sus arcos son un bosque de robles sin talar. Planos de viva luz, transparentes y tercos. Muros de guerra antigua, portalones, columnas, hornacinas. Naturales allí, donde termina el aire. El alto mirador, un palitroque, el rodillo de arena (abandonados) regresan de la infancia. Fiesta del claroscuro congelada. Por fin el redondel. La plaza de una aldea al final de la tarde. Un transeúnte deambula distraído. Algunos barrenderos escarcean la arena sin ningún entusiasmo. Incautos y apacibles, sobre el ojo cerrado de un volcán.

“Los pasos tensos como un arco se aguantan en la sombra. Nada ignoran.
La luz de los encuentros, un anuncio, destella entra la tierra apisonada…”.


Los Caballos

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No es el animal, es la figura. El universo acecha al universo desde el ojo apacible del caballo. Lomos y costillar, belfos ariscos, para la gloria de toro y picador. Poco importa. Otro animal, oculto entre su voz, galopa una pradera inacabable.
Un caballo de bronce, como el de San Martín, corcovea y relincha ante los muros de la plaza mayor. Lleva las crines trenzadas. Y es de bronce.


Túnel

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El túnel, señores míos, el mismo túnel. Desde los altos arcanos de los dioses o el quirófano verde de un oscuro hospital. Los pasos tensos como un arco se aguantan en la sombra. Nada ignoran. La luz de los encuentros, un anuncio, destella entre la tierra apisonada. Se aguantan en la sombra. Ronda de figurantes que repite el viaje inevitable de las almas. De la sombra a la luz (que también es la sombra). Donde termina todo y todo empieza. Ah los rostros, los torsos, las miradas. Esa ciudad, sin luces de bengala ni señales. Atienden al vacío. Aunque nada depende del azar. Se abren las puertas. El aire azul desborda por el túnel. Se parece a la luz.


En el Ruedo

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Están en orden detrás de las barreras. Codos y cabezas como un cuadro de Bacon (¿o de Daumier?). Una dama mira el redondel. No la tragedia. Sus ojos se posan en la pantorrilla rosada del matador. Un caballero, tras los lentes oscuros, busca a su infancia: no la encuentra. Todos miran el final del festejo segundos antes de que el festejo empiece. Se suceden las suertes. Capote, pica, banderilla. El toro cumple también con el ritual. Todo se oculta entre la fronda mágica de la luz y la sombra. Y la sangre convoca a la sangre. Las artes del matador (y las del toro) pertenecen ahora al arte mismo de la fotografía. Pases y quiebres, revuelos y denuestos se tornan en inmóvil remolino. Los rojos y los oros son un fuego perpetuo en blanco y negro. El toro, florecido como un sol entre las banderillas, se halla presto a su turno de muerte.

Faena al Alimón

Javier Silva recuerda el proceso creativo en torno a la fiesta.

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Fotógrafo y poeta en foto de Soledad Cisneros, hija de Antonio.

Conocí a Toño a mediados de los ochenta con motivo de mi primera publicación, El libro de los encantados (1987), que reunía mis trabajos fotográficos sobre la sierra del Perú. Fui a pedirle que escribiera un texto para dicho volumen. No lo conocía personalmente y mi presentación fueron mis fotos. Nos hicimos amigos de inmediato, él escudriñó mi vida y yo la suya. Su apoyo fue decisivo para que pudiera obtener la beca Guggenheim en 1990 y luego colaboró conmigo en mi nuevo libro, Acho, altar de arena (1992). Se inspiró en las fotografías (sobre el túnel, el ruedo, la muerte, los matarifes, los bufones, la escuela, etc.) para escribir varios textos intensos y conmovedores dignos de su mejor poesía. Toño era un gran maestro y, como tal, podía abordar con conocimiento e inteligencia cualquier tema. No creo que fuera un aficionado fanático de los toros; simplemente, su notable sensibilidad le permitía captar en profundidad la fugaz creación que surge del encuentro de la vida y de la muerte en el ruedo. La fiesta brava en la vieja plaza de Acho, con su alegría desbordante, gritos, música y olés, ofrece una serie de imágenes irrepetibles que nuestra memoria registra, pero que el tiempo inevitablemente va diluyendo. Por ello, solo las palabras, certeras y vibrantes como las del poeta Antonio Cisneros, consiguen hacerlas eternas.


 


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