Policiales
Parada en Seco
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Hugo Alejos (de pie) e Israel Guzmán, fotógrafo y redactor de esta casa editora, tras ser atacados por una turba en La Parada. |
Testimonio en primera fila de reporteros que padecieron las horas infernales.
Una llamada telefónica rompió con la aparente calma de aquel jueves 25. “Han disparado bombas lacrimógenas en La Parada”, nos alertaron al otro lado de la línea. Aunque se esperaba el operativo de desalojo desde hace algunas semanas, nada hizo presagiar lo que ocurriría.
El fotógrafo Hugo Alejos y yo partimos de CARETAS pensando que llegaríamos demasiado tarde, que no encontraríamos nada.
Al subir por Tacora hasta la Av. Aviación ya podíamos oler el gas lacrimógeno en la atmósfera. Una cuadra antes del cruce con 28 de Julio, unos policías intentaban repeler con disparos de pistola a una turba que se les venía encima. Fue la primera imagen del infierno.
Apostados entre una caseta de metal y un montículo de basura, vimos cómo más de ciento cincuenta vándalos le ganaron la esquina a unos treinta policías que todavía la resguardaban. Palos, piedras y botellas de vidrio llovían sobre el grupo que, con los escudos en formación de ‘tortuga’, cedían lugar cada vez más rápido. Tras unos pocos disparos al aire, retrocedieron una cuadra por 28 de Julio.
Una mezcla de arrojo e inexperiencia nos hizo quedarnos en esa esquina más tiempo del que quizá debimos estar. Después de todo, el ímpetu por conseguir las mejores imágenes y contar lo que pasaba de la mejor manera posible es lo que llevó a decenas de periodistas a entrar a la batalla campal que se desató en las calles cercanas a La Parada.
Con la Policía ya replegada, los revoltosos corrían alrededor de las tolvas incendiadas de los camiones que habían traído los primeros bloques de concreto. Mientras las llantas se quemaban a tres metros de nosotros, algunos posaban para el lente de Hugo. Palo y cizalla en mano, gritaban su euforia e ira contra los policías y la alcaldesa.
Más de veinte carretilleros volteaban el primer bloque de concreto de tres toneladas. “Tómale foto a todo”, le gritaban a Hugo señalando un charco de sangre que sería del primer muerto.
Mientras le hacía fotos a un grupo que llegó corriendo con una imagen de Santa Rosa, vimos a Melissa Merino, fotógrafa del diario La República, que a pesar de estar sola se metió en medio de la turba. Luego de un minuto la perdimos de vista.
Casi la mitad de los periodistas que cubrieron los enfrentamientos eran mujeres. No se amilanaron.
La situación parecía manejable hasta que apareció una segunda turba de cuerpos y caras dibujadas con tajos, ojos inyectados por el alcohol y otras drogas, ropa inapropiada para trabajar en el mercado.
“Concha tu madre, baja la cámara”, empezaron contra Hugo, “te vamos a matar”. De pronto, y sin saber cómo, el fotógrafo y yo terminamos rodeados por quienes habían hecho correr a la Policía.
Uno de ellos intentó quitarme el lente que llevaba en el brazo derecho. Bastó el primer zarpazo para que otros lo imitaran. Luego de varios golpes en el brazo para que suelte el lente, perdí el equilibrio y recibí un golpe en las costillas que me hizo dejarlo.
Me quitaron dos celulares y la grabadora. Cuando volví a ver a Hugo, tenía dos vándalos con cuchillos de cocina blandidos frente a él.
Trató de salvar las imágenes al cambiar las tarjetas de memoria, pero los maleantes terminaron rompiéndole el maletín y quitándole todo. Le dieron un botellazo en la cabeza. Corrimos por la paralela a la Aviación y logramos entrar a una casa que tenía la puerta abierta.
“Son los Vílchez, que dominan estas cuadras”, nos comentaron en una de las tres casas –dos de ellas devotas del Señor de los Milagros– por las que pasamos buscando una puerta para escapar de la turba. “Son una familia de casi cincuenta delincuentes. Cobran cupos y asaltan a la gente”.
Mientras Hugo se limpiaba la herida de la cabeza, vimos por la televisión las imágenes que otros periodistas transmitían. Tanto las del valeroso Luis García Barahona –que registró la golpiza al suboficial Huamancaja y perdió parte de la oreja por defender sus imágenes– como las de otros que se expusieron al peligro por mostrar la violencia que reinó por más de cuatro horas.
Recién pasadas las siete de la noche, la Policía controló parcialmente la zona. Con los Vílchez todavía en la entrada de nuestro refugio, tuvimos que subir a un tercer piso para saltar a la casa aledaña. Saltando un par de muros y cortando un alambre de púas llegamos a un techo por el cual pudimos bajar a la calle de la espalda y regresar a la redacción.
Dos días después, el sábado 27, nos avisaron que se preparaba un nuevo operativo en La Parada. “¿Quieres volver?”, me preguntó el coordinador de la revista, Edgar Mandujano. A las pocas horas ya estábamos de nuevo en La Parada. (Escribe: Israel Guzmán)