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Edición 2257

08/Nov/2012
 
 
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Literatura Por Abelardo Sánchez León

El Mustang de los Bacanes *

En el segundo año de Letras se pudo reconocer dos grupos ya formados y con personalidad propia: el nuestro y el de los bacanes. No el de los bacancitos. El de los verdaderos bacanes, que consumían su juventud en un presente dilatado al máximo, sin pensar, ni siquiera por un minuto, que la vida tenía luego tres etapas claramente definidas: la adultez, la vejez y la muerte.

Ellos, seguramente, nos miraban a nosotros como los pavos, los gansos, los lornas, los que no nos tirábamos a las chicas, porque íbamos a clases de profesores como Luis Jaime Cisneros o Antonio del Busto, pero también a las del profesor Robles, a las del hermano Peinador, a las de Guerrita, el profesor de Filosofía, porque andábamos entre nosotros conversando, felices de la vida, tomando cervezas en un bar de mala muerte, porque nos íbamos al Troca a botar la pepa, porque estudiábamos para los exámenes en casa de Maruja, acompañados de las fichas de Marcelo y, sobre todo, porque no teníamos auto. La camioneta rural de Rodrigo no alcanzaba esa categoría.


 


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