Internacional
Petreaus No Era de Piedra
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El general David H. Petreaus conoció a Paula Kranz de Broadwell en Harvard en el 2006. Allí comenzó a gestarse la idea de una biografía. Ella la presentó en enero pasado. |
Y si como jefe de la CIA no podía resguardar su intimidad usando el correo electrónico, ¿qué le queda al común de los mortales?
Ya se sabe desde hace años.
El correo electrónico es el medio menos seguro de comunicación.
Será el más cómodo, pero es el menos seguro.
Los mensajes y cartas, sean de negocios o de amor, quedan registrados durante años aunque uno crea haberlos borrado.
Y un sistema de búsqueda digital los encuentra bien ordenaditos.
En Lima hay ambulantes que por unos cuantos billetes pueden hackear de lo lindo.
Solo cabe imaginar lo que harán ciertas autoridades con (o sin) orden judicial.
LA ABSURDA CAÍDA
En Estados Unidos el tema ahora se cruza, como se sabe, con la absurda caída en desgracia del general David H. Petreaus y su renuncia a la dirección de la CIA.
Era el militar más distinguido de Estados Unidos y una suerte de héroe nacional, hasta que se le cruzaron en el camino los e-mails de una mujer.
Para eso, por cierto, se le cruzó primero la mujer, Paula Kranz de Broadwell.
Que surgiera un romance entre el general y su biógrafa era casi inevitable.
Cuando Broadwell viajó por primera vez a Afganistán hace 3 años para entrevistar a Petreaus tuvo un acceso inmediato y sin precedentes.
Se habían conocido en Harvard en el 2006, él como una celebridad visitante y ella, a los 34, como una destacada alumna del John F. Kennedy School of Government.
Ex reina escolar de belleza, lucía la hermosa estampa atlética (gimnasta, corredora, paracaidista en caída libre, kick boxing, etc.) que hoy se aprecia, y sumaba un grado de teniente coronel de la reserva y distinciones en tiro al blanco.
Se graduó en West Point con honores, estudia para un doctorado en el King’s College de Londres, y es escritora y conferencista en temas internacionales, militares y de seguridad nacional.
Petreaus, que le lleva exactamente 20 años (los onomásticos de ambos son en noviembre), se debe haber sentido atraído intelectual y físicamente por ella.
Y el destacado general resultó irresistible para su proactiva biógrafa. Pero la relación carnal fue de lenta maduración y de corta duración.
Según las versiones actuales, se concretó en septiembre del 2011, cuando Petreaus ya había pasado al retiro, y terminó a mediados del 2012, cuando era director de la CIA.
En el camino, en enero, Paula Broadwell presentó la biografía ‘All In. The Educaction of David Petreas’ (Todo Adentro. La Educación de David Petreaus).
El libro se vende actualmente como pan caliente y un crítico literario considera que el título es muy apropiado.
MORALISTAS PúBLICOS
Ahora bien, en estos temas los gringos se pasan de moralistas públicos, y en una de las sociedades más permisivas del mundo añaden hipocresía y veneno político.
Crean escándalos mediáticos cuyas consecuencias sobrepasan algún eventual juzgado de divorcios.
Lo que en Francia sería una situación personal que motiva en extraños una sonrisa, y que en Italia convocaría un grado de desprecio hacia el galán maduro que no aprovechara su buena suerte, en Estados Unidos despierta avalanchas de sermones.
LA OTRA
Como se sabe también, en la trama entró a tallar otra mujer: Jill Kelley.
Anfitriona de sociedad radicada en Tampa, Florida, y vinculada con su esposo (médico, como el de Paula) a la oficialidad de una base aérea importante local, también es conocida en los altos círculos de Washington y del Pentágono.
Los correos anónimos que comenzó a recibir Kelley, y de los que avisó a un amigo de la FBI, fueron fácilmente rastreados a Broadwell y también a Petreaus, porque compartían el mismo al casillero.
Intentando reforzar su discreción, la pareja usaba el mismo casillero de nombre ficticio leyendo sus mensajes en la misma carpeta de borradores.
El problema de ese subterfugio es que elementos terroristas lo usan a menudo y tanto el FBI como la CIA lo conocen de memoria.
Otro problema es que Petreaus y Broadwell no se habían dado el trabajo de cambiar el IP (o la identidad) de sus ordenadores.
Bastó que el FBI se llevara la laptop de Broadwell para que quedara todo al aire – y más.
Ahora hay indicios que Paula empezó a enviar esos mensajes a Jill cuando todavía estaba con Petreaus y que este le dijo que no lo hiciera.
Lo seguro es que siguió haciéndolo después.
En todo caso, el impulso posesivo de ella quedó marcado y puede haber sido la razón del alejamiento del general.
Una cosa es enfrentarse al Talibán, otra a una amante celosa.
En las redes se asegura que en un mensaje de la hasta entonces anónima Paula le decía a Jill que se le había visto tocar una rodilla castrense debajo de la mesa.
En todo caso, la señora Kelley debe ser muy coqueta.
El agente amigo al que recurrió para que la ayudara a rastrear los e-mails anónimos, Frederick Humphreys II, le había enviado una foto de su aristocrático torso desnudo.
Y después está la cuestión de las 20,000 o 30,000 páginas de e-mails que el general John Allen, el sucesor de Petreaus en Afganistán y actual comandante de las tropas NATO, se habría escrito con Jill entre el 2010 y el 2012.
Esos mensajes son descritos como “inocuos” por unos e “inapropiadamente cariñosos” por otros, pero como dijo con humor Mario Vargas Llosa este domingo, de ser cierto ese volumen de correspondencia, con razón la guerra en Afganistán anda tan de capa caída.
Este asunto no ha terminado, por cierto, y ya ha entrado a tallar tanto el Senado norteamericano como la Fiscalía de la Nación,
En realidad, fue el Attorney General Eric Holder (el Fiscal de la Nación) quien le dijo a Petreaus que se había descubierto su relación extramarital y que tenía que renunciar a la CIA. Y esa misma tarde, así lo hizo el general.
Por otro lado, ahora se examina con lupa la versión que dio Paula Broadwell en una conferencia que ofreció en octubre en la universidad de Denver.
Allí dijo que en el perímetro de la embajada norteamericana en Bengasi, Libia, había un centro de detención secreto.
Esa embajada, como se recuerda, fueatacada por elementos de Al Qaeda causando la muerte de cuatro norteamericanos, incluyendo al embajador.
Ha surgido entonces la posibilidad, explotada sobre todo por los republicanos en el Congreso, que su relación con Petreaus haya comprometido información clasificada.
Es decir, lo de nunca acabar.
Y por una pista de correos electrónicos.