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Opinión Escribe: Rafo León

Ideogramas Japoneses

“A veces cuando habla es articulada, ácida como ella sola; las más, se pierde por los laberintos del delirio”.

Lima, 25 de noviembre de 2012

No puedo memorizar el nombre de los tumores, son feos nombres, complicados, agoreros. Sí sé que están en su cerebelo, que se manifestaron hace cinco meses y que esa persona tan querida, portadora de los tumores de nombre desagradable, está día a día más deteriorada, sin esperanzas de curarse –como todo el mundo lo sabe– pero sometida tenazmente a unos tratamientos incomprensibles y a mi modo de ver, iatrogénicos. Porque la quimioterapia la sume en un letargo de náuseas y mareos que terminan aislándola de la presencia de quienes tanto la amamos. Y la radioterapia obliga a que en el estado en el que se encuentra, sin poder caminar, se la levante hasta meterla en un auto y llevarla a un centro médico donde debe esperar en una silla de ruedas a veces demasiado tiempo, para que le tuesten la cabeza rapada, protegida con un casco de metal, salvo la zona donde van a actuar los rayos. Regresa a su casa extenuada después de cada sesión, pero sonriente, porque no quiere que nadie haga un duelo por lo que ella está pasando.

José Watanabe, el poeta, me contó que cuando lo atacó el primer cáncer, al pulmón –aún no había caído el muro– consiguió ser tratado en un prestigioso hospital de la RDA. Pasó muchos meses en cama y, siendo como él era, en silencio y por horas, todos los días estudiaba algo de japonés. Un día descubrió que en esa lengua el mismo ideograma que nombra al cáncer, es el que designa a la tristeza. José se curó de ese primer ataque y vivió bastante más, antes de que el segundo lo fulminara.

No creo que la identidad de los ideogramas japoneses se aplique al ciento por ciento en el caso de la persona tan querida que yace en su cama hace ya tantas semanas, y a quien ayer por la tarde vi, encogida, con los brazos horriblemente amoratados por una complicación en la sangre producto de su enfermedad, sin que pronunciara palabra, pero transmitiéndome con la mirada un mensaje que quería ser una despedida, creo. O de pronto lo contrario, el deseo de vivir. Ayer no habló una sola palabra. No sé aún si hoy lo haya hecho. A veces cuando habla es articulada, coherente, ácida como ella sola y hasta alegre. Las más, sin embargo, se pierde por los laberintos del delirio, no se ubica, no reconoce del todo a sus visitas, olvida quiénes ya se han muerto y los cita, no recuerda qué ha dicho o hecho cinco minutos atrás.

Esta persona entrañable hace más de treinta años dio un cambio de timón en su vida, y de ser una hermosa socialité limeña, comenzó a buscar en distintas vías para el desarrollo espiritual. Le tomó mucho tiempo discriminar la verdad del sebo de culebra, y terminó circunscrita a la meditación, el yoga, la imposición de manos. Era, en estas disciplinas, una de las mejores maestras de Lima. Por supuesto que se hizo vegana, optó por una vida muy austera pero nunca renunció a un sentido del humor explosivo e inteligente, que nos ahorraba a los demás tener que tratarla como a una diosa hindú. Todo lo contrario. Con esa actitud se hizo indispensable para mucha gente, que sufría en el corazón, que se odiaba, que vivía en permanente rigidez, que desfallecía por la fibromialgia, que estando en trance de morir, entraba en el túnel del terror. A ella, pues, no solo se le ama, también se la necesita. Cuando me dieron la noticia de los cuatro tumores, lo primero que pensé fue, “¿y cómo vamos a vivir sin ella?” La pregunta es retórica porque pronto ella partirá. Tengo la sospecha de que un sistema médico más humano le habría hecho las cosas menos difíciles, pero sé que tampoco tengo derecho a hacer una afirmación absoluta como esa. Lo cierto es que no hay contra quién gritar ni a quién culpar. Cuando el cielo está sordo, como hoy, es bueno llevarle a ella unos chocolates. (Escribe: Rafo León)


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