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Opinión Por: Hernán A. Couturier Mariátegui

Génesis de una Controversia

Muchos historiadores sostienen que las divergencias entre el Perú y Chile surgieron cuando, allá por la década de 1830, Diego Portales -político chileno que insufló y promovió la rivalidad geopolítica con el Perú por la supremacía en el Pacífico Sur- frustró el espíritu de concordia y cooperación que había caracterizado, hasta entonces, las relaciones entre ambos países. Buenos testimonios de esta armonía son la campaña emancipadora, en la que un importante contingente militar chileno, al mando de Bernardo O´Higgins, acompañó a las huestes argentinas de José de San Martín para liberar al Perú del yugo español, en 1821; así como los cordiales vínculos que fueron establecidos en los albores de nuestra vida independiente.

Sin embargo, hay quienes vislumbran retrospectivamente que la rivalidad y los sentimientos de resquemor de chilenos contra peruanos provienen de mucho más atrás, tan atrás que se remonta a la época de la Conquista y la lucha fratricida entre los mismos conquistadores, cuando “los de Chile” –como se les llamaba a Diego de Almagro y sus seguidores– vieron frustradas sus fantasías de riqueza y poder a causa del choque con una realidad austral que distaba mucho de parecerse siquiera al Imperio Incaico, recién conquistado por Francisco Pizarro, a quien no tuvieron empacho de asesinar en su propio palacio de Lima, nuestro Palacio de Gobierno.

Tampoco deberíamos soslayar el hecho histórico que durante el Incanato los generales cusqueños, temidos en los cuatro Suyos, jamás pudieron domeñar a mapuches y araucanos, quienes hasta ahora son paradigma vivo de altivez y rebeldía para dolor de cabeza de los gobiernos de Santiago.

Las doctrinas portalianas, empero, orientaron durante los siglos XIX y XX, y aún lo hacen a inicios del XXI, esa motivación de la nación chilena contra del Perú, como lo testimonian las campañas expedicionarias de su Ejército, con clara intervención armada en nuestros asuntos internos, al tentar con éxito la destrucción de la Confederación Perú-Boliviana en 1836 y 1839, objetivo geopolítico inicial y de primera magnitud en el proyecto portaliano de consolidar la naciente república chilena a través del menoscabo del Perú, de la expansión territorial hacia el norte y del ansiado predominio naval en el Pacífico Sur.

Este claro proyecto nacional chileno fue brevemente interrumpido por la guerra contra España, en los años 1864-66, en que Chile debió deponer sus designios de poder para, en alianza con el Perú, volver a derrotar los nuevos intentos de conquista de la vieja metrópoli colonial. La experiencia conjunta le sirvió a Chile para apreciar la gran utilidad de contar con un importante poderío naval, que le facilitara el predominio en el océano con fines bélicos y mercantiles.

En su progresión hacia el norte, en busca de nuevas tierras y recursos económicos, observamos cómo discurre la gradual concreción de los objetivos nacionales chilenos.

Así se explica la ocupación virtual de la Provincia Litoral de Bolivia y la consecuente Guerra del Pacífico contra los viejos aliados de la Confederación, quienes de manera asaz errónea pretendieron confiar su defensa en un tratado insubstancial que no contó con la aceptación argentina, por razones que posteriormente le redituaron un gran dividendo a la república del Plata cuando, en medio del conflicto tripartito, logró que Chile le cediera a regañadientes la Patagonia, cuyo territorio resultó siendo varias veces más grande que las conquistadas provincias peruanas de Tarapacá y Arica y la Provincia Litoral de Bolivia.

Esta constante agresión chilena contra dos naciones herederas del Incanato, que son sus vecinas, devino en tiempos de “paz” en actitudes soberbias y arrogantes que, además de materializar el despojo territorial y la imposición de condiciones, siempre pretendieron una superioridad inconducente y contraria al que debió ser un deseo compartido de verdadera paz y concordia.

En una reciente conferencia pública expresé que la Guerra del Pacífico, además de ser un hito determinante y emblemático para el reposicionamiento y la consolidación de las soberanías territoriales de sus protagonistas, significó el ascenso de Chile en términos geopolíticos y de poderío económico, al tiempo que deterioró el liderazgo que hasta entonces ejercía el Perú en nuestra región, afectó seriamente su potencial nacional, permitió la vecindad fronteriza entre el Perú y Chile y dio lugar a una etapa, entre la firma del Tratado de Ancón de 1883 y la del Tratado de Lima de 1929, que se caracterizó por una incesante lucha diplomática para recuperar Tacna y Arica, pero también por los recelos, enconos y desconfianzas que han marcado indeleblemente el talante y la atmósfera que, muy a nuestro pesar, singularizan la relación peruano-chilena signada por el antagonismo y muy poco por la cooperación.

Asimismo, sostuve que, habiendo transcurrido 130 años desde la conclusión de la Guerra del Pacífico, nos resistimos a creer que existe un determinismo vecinal inmutable de carácter conflictivo, pues preferimos pensar que, en la confrontación de las concepciones geopolíticas de Bernardo O’Higgins y de Diego Portales y sus seguidores, habrá de prevalecer en Chile la razón eficiente del primero, con su prédica y con su ejemplo de cooperación, asistencia e integración entre nuestros pueblos y naciones.

En este contexto difuso, contradictorio y marcado por la suspicacia entre nuestras naciones, no obstante, ocurre un acontecimiento de repercusión histórica que habría de marcar un punto de quiebre en el desarrollo del Derecho Internacional y particularmente en la gestación del nuevo Derecho del Mar.

Al término de la II Guerra Mundial, tres pequeños países del Pacífico sudamericano –Perú, Chile y Ecuador– deciden, a partir de 1947, dar un paso inconmensurable en la defensa de sus intereses comunes concernidos en las aguas y los fondos marinos del segmento del Océano Pacífico que les corresponde.

Cada uno, por cuerda separada, proclama a la comunidad internacional que ha decidido extender su soberanía y jurisdicción en su dominio marítimo hasta las 200 millas del mar adyacente a sus costas. De esta inusitada ocurrencia y sus secuelas nos ocuparemos en el próximo artículo. (Por: Hernán A. Couturier Mariátegui *)

_______

* “Diplomático de carrera. Politicólogo, profesor y analista de relaciones internacionales. Embajador en Zimbabwe, Canadá, Bolivia, Brasil y Reino Unido. Representante Alterno en NN.UU. Removido arbitrariamente con otros miembros del Servicio Diplomático por el actual gobierno.”


 


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