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LA HAYA

La Mirada Equidistante

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“La exposición va a demostrar que no hubo tratados de límites. Para nosotros es clarísimo que no existe”.

J.A. García Belaunde revela pasajes desconocidos de la saga limítrofe.




El ex canciller José Antonio García Belaunde recibe a CARETAS en la academia diplomática, un día antes de embarcarse hacia La Haya. El diplomático ha vivido el proceso de la demanda desde su primera etapa y hoy lo culmina como coagente del Perú, en compañía del agente Allan Wagner, otro ex canciller que ha permanecido en la primera fila.

–¿En qué momento en Chile pasan de las ballenas a los límites?
–Básicamente se establece el paralelo por una suerte de modus operandi. Pero en el año 86, una vez instalada la Convención del Mar donde Alfonso Arias Schereiber plantea la posición del Perú, se da la visita de Allan Wagner y el embajador Juan Miguel Bákula a Santiago, donde plantean que no tenemos límites y es necesario delimitar. A partir de ahí comienza el debate.

–En Chile dicen que es una reciente corriente impulsada por académicos.
–Es que la Convención recién te establece cuáles son los criterios de delimitación.

–Lo que nos separa de solucionar, esto es, determinar que los tratados del 52 y 54 no son de límites. ¿La exposición va hacia eso?
–La exposición va a demostrar que no hubo tratados de límites. Para nosotros es clarísimo que no existe. No hay forma de convertir unos acuerdos para fijar una política de defensa en común de las 200 millas en unos acuerdos de límites.

–¿Cree que la exposición chilena haga hincapié en la idea de un supuesto revanchismo peruano?
–No creo. Ese es un argumento que no tiene ninguna relevancia para la Corte.

–¿Qué tipo de matices podría establecer la Corte?
–La Corte encuentra primero quién tiene el derecho. De ahí puede establecer ciertas precisiones, más equilibradas. Busca una solución de equidad: la línea tiene que producir resultados equitativos o proporcionales. No puede ser que una de las dos partes quede con un pedazo de costa mucho más grande. Pero todo dentro del derecho. En el fallo Colombia-Nicaragua no es que le den a uno una cosa y al otro, otra. No es que sea salomónico. El derecho que se aplicó en el caso del territorio era el que tenía que aplicar, el derecho de los límites marítimos era el de la Convención.

–¿En qué momento se sintió realmente seguro con el caso?
–Antes de que se tomara la decisión, me la pasé varios meses estudiando unos informes solicitados a varios juristas por mi antecesor, el canciller Manuel Rodríguez Cuadros. Entre ellos estaba Alain Pellet. Ahí es que me contacto con los abogados que después vamos a contratar. En enero del 2007 realmente nos damos cuenta, a raíz del conflicto suscitado por la ley de Arica Parinacota que altera el límite terrestre, que no es posible negociar y que tampoco podíamos obviarlo.

–No era posible congelar el tema.
–O negociábamos o íbamos a la Corte. La relación bilateral se empezó a enrarecer severamente. Vamos estudiando, conociendo fortalezas que no conocíamos, vemos debilidades en el otro lado. Y cuando Chile presenta finalmente la dúplica en julio del 2011 la leo y digo, sí, nuestro caso es un muy buen caso. Sólido. Tenemos más razones que Chile.

–¿Qué le llamó la atención del informe de Pellet?
–Soy hijo de juez. Yo no estudié derecho y para animarme mi padre me decía, es muy fácil, el derecho es lógica. Y la de Pellet es cartesiana pura. Su forma de presentar las cosas, deslumbra. Es un hombre muy talentoso. No era fácil porque pesa mucho. Él era el coordinador y nosotros también teníamos nuestras ideas sobre el caso.

–¿Puede dar ejemplos?
–La relación con Pellet ha terminado siendo muy fluida pero al principio se dio la necesidad de acomodar personalidades que tenían las ideas claras y que tenían que trabajar juntos. Hay una visión del litigante ante la Corte y hay una visión del Estado peruano. Conciliar ambos puntos de vista es toda una tarea importante. Los juristas suelen querer acotar los argumentos a sus campos de acción y nosotros creíamos que hay varios puntos de vista desde los cuales se podía abordar el caso con mayor riqueza. A mí me tocó tomar decisiones en ese sentido y me parece que también le tocó al canciller Rafael Roncagliolo. Pero todo con mucha altura.

–En algunos casos los abogados se han enfrentado entre sí.
–Son muy profesionales. Mi padre decía que las causas hay que ganarlas como propias y perderlas como ajenas. Son los grandes litigantes de la Corte, asumo que defienden con pasión y pierden con resignación. Gracias a CARETAS me enteré que Pellet editó un libro con James Crawford (jefe de abogados de Chile). Y el que Pellet acaba de publicar sobre reserva de tratados es apabullante. Nos lo enseñó, estaba muy orgulloso.

–¿Cómo se decide que él encabece al equipo?
–Es un líder natural. Yo los entrevisté a todos salvo al último, que contrató el canciller Roncagliolo. Se nos murió uno, sir Arthur Watt. Lo visité en Londres. Estuvo en una reunión en Lima y ya estaba mal. No resto méritos a ninguno de ellos. El que reemplazó a Watt es Vaughan Lowe, que es profesor de derecho internacional en Oxford. Es brillante. Rodman Bundy es americano y está en París. Un litigante de primerísima calidad.

–¿Bákula llegó a ver algo?
–Yo tenía una amistad muy grande con él, decía que yo era su sexto hijo. Pero no quiso participar. Quería tener libertad para escribir y si participaba en el equipo la iba a perder. Se lo refuté. De vez en cuando me hacía llegar algunas líneas al correo.

–Siendo que él había empujado el tema.
–Bákula se jubiló antes de tiempo, a los 62 años, para escribir. Terminó su carrera de diplomático y escribió hasta los 95 años en magníficas condiciones. Su producción bibliográfica es muy importante.

–El caso de Allan Wagner es distinto.
–También tenía una relación privilegiada con Bákula y se querían mucho. Hace suya la propuesta.

–Rodríguez Cuadros se incorpora tarde al equipo.
–No hay que olvidarse que Manuel estuvo fuera del servicio. Yo lo reincorporo pero le doy un encargo muy especial que era recomponer las relaciones con Bolivia. Después tiene la veleidad política que le conocemos y recién se reincorpora al equipo en los últimos tiempos. Pero más de una vez a título personal le consulté unos temas.

–¿Y Alan García?
–El hubiera preferido una negociación a ir a La Haya. Pero luego tuvo el valor de aceptar que no había otra, con todos los riesgos que implica ir a una Corte.

–¿Cómo evalúa la variable ecuatoriana?
–Cuando empezó el gobierno le dije al presidente García que nuestra tarea era lograr la ejecución de todos los puntos pendientes del acta de Brasilia. Nosotros teníamos un compromiso con la paz. Arrancamos los gabinetes binacionales que dieron un gran impulso a la negociación y permitieron avanzar en muchos puntos concretos. Los ejes de circulación, el famoso proyecto Puyango-Tumbes. En ese ambiente tan propicio, con un presidente Correa con ganas de hacer cosas, planteamos la posibilidad de hacer un tratado de verdad. Costó mucho tiempo porque había tradicionalistas que decían que todo estaba ya arreglado. Pero al final Ecuador entendió que ganábamos los dos. En el fondo hemos terminado con todo el problema de límites del Perú. Si dos de los tres países tienen un tratado de límites claramente delimitados, con un mapa y los dos países lo depositan en Naciones Unidas.


 


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