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Arte A sus 87 años, Fernando de Szyszlo pinta más que cuando era joven. A propósito de nueva individual, Pinturas, un vistazo a su larga trayectoria.

Szyszlo al Desnudo

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Szyszlo: “Lo más importante que me enseñaron mis alumnos fue que la pintura no es una profesión sino una vocación, una manera de ser, de vivir”.

Borgiano visceral, fue gracias al amor musical no correspondido que el artista plástico Fernando de Szyszlo, 87 años, impaciente, apasionado, y cáncer “como Marcel Proust y Rembrandt”, se sumergió en sus sangrientos oleajes pictóricos junto a binoculares capacitados para el naufragio. Vecino de niño de Javier Sologuren, los hermanos Salazar Bondy, Eielson, Westphalen, Arguedas, Enrique Pinilla, Ribeyro y Blanca Varela (serían los bares autoexcluidos de la ley zanahoria los que los juntarían años más tarde), dice que tuvo la suerte de morirse de hambre en París porque regresó para enseñar todo lo que lo había impresionado. Sin más ni menos, “volver sangre” todo lo que se pinta. Luego de 65 años de su primera exposición, por qué no, la celebra con una nueva: Pinturas, no sin antes recordar para volver a vivir.

–Sus padres no querían que usted fuera un bohemio luego de dejar la carrera de arquitectura, ¿cómo era su relación con su madre iqueña y su padre polaco?
–Mi madre era hermana del gran (Abraham) Valdelomar, que había tenido una vida corta pero complicada, polémica, que le costó líos. Eso traía mal prestigio a las vocaciones artísticas en la familia y sobre todo la pintura. Trataron de disuadirme para no dejar la arquitectura, pero nunca me combatieron, solo restringieron el dinero que me daban. Con mi madre tenía una relación perfecta; mi padre era polaco, distante, entregado a la lectura y a la música clásica. Era difícil comunicarse con él, me comuniqué muy poco y me arrepiento.

–En su época muchos alegaban pintar pintura peruana porque utilizaban temas peruanos en sus obras. ¿En dónde cree que se encuentra la peruanidad en el proceso creativo o en la obra?
–La peruanidad, la identidad, la da la honestidad. Si sacas algo que tienes dentro, aquello está teñido de tu circunstancia. Ortega y Gasset decía “yo soy yo y mi circunstancia”. Si saco algo auténticamente mío será peruano.

–Ha dicho que el consumo visual de una pintura es superficial, ¿cuál sería el razonamiento que un buen observador debería ejecutar?
–Una pintura solo existe si hay alguien que la mira. Para que se produzca ese flujo el espectador debe estar despojado de prejuicios, uno es creer que la pintura buena es la figurativa.

–¿Y cómo se despoja uno de prejuicios?
–Mirando, dándote cuenta de que la pintura es un lenguaje, que no hay nada que comprender.

–¿Cómo ve la relación actual del Estado con la cultura?<*b>
–Estamos comenzando, todavía no hay nada. Hay un Ministerio de Cultura que no tiene ningún presupuesto. El día de hoy, en el 2012, en la Plaza de Armas de Cusco han puesto un inca en el medio y no hay ministro de Cultura que se enfrente al alcalde para sacar esa monstruosidad. Me indigna. Víctor Velarde decía: “Líbreme Dios de los alcaldes que de los terremotos me libro yo”.

–Cada vez más hay más variedad de arte, pero también de arte frívolo.
–Es una tragedia, pasa por buscar patrones eurocéntricos. El arte no es más que el reflejo de una sociedad y toda nuestra civilización, como dice el texto tan bueno de Mario (Vargas Llosa), todo lo convierte en espectáculo. Antes el ser humano era un misterio, ahora las cosas se han banalizado, el amor, el sexo, el baile.

–Y qué podría decirme sobre esta nueva serie de pinturas.
–El erotismo siempre ha estado presente en mis pinturas, y todo lo que estoy presentando lo he pintado en el último año. Son trece pinturas de figuras solitarias, seres trashumantes. También se refleja la caza de Venus en otras.

–¿Cómo es ese cuadro que siempre quiso pintar y que aún no puede?
–Siento cómo es, todo lo que hago es tratar de agarrarlo. Es una sensación de misterio, violencia, poesía, sutileza. Todo lo que pienso que es la poesía en sí.

–A los 24 años vivía en París con Blanca Varela y se reunía en cafés y reuniones, en una de esas cotidianeidades conoció a Julio Cortázar.
–A Julio lo conocí por Octavio Paz. Parecía un niño porque era lampiño y tenía una voz alta, atiplada, y era novio de una mujer tan culta como él que lo ayudaba en todo. Fea, lituana, antipática. Lo conquistó tanto que lo hizo ir donde una doctora rumana a hacerse un tratamiento que le sacó barba y también le cambió la voz.

–¿Qué piensa de la muerte?
–Toda mi vida he pensado en la muerte, o sea que me es familiar. Pienso que es terrible, me da pena no estar vivo, gozo tanto de la vida. Pero me doy cuenta de que se me está acabando. (Entrevista: Ailen Pérez)


 


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