Opinión Por: Rafo León
La Guerra es la Inquisición
Lima, 2 de diciembre de 2012
En un imperdible estudio sobre la Inquisición española y portuguesa, el historiador norteamericano Tomy Reed sostiene que el actuar de esta institución nefasta demostró, además de la validez de las hipótesis de Hobbes sobre el ser humano, que entre los siglos XV y XVIII en la península ibérica no se había superado pero ni por asomo la arcaica idea según la cual la culpa ante la justicia se extiende a la familia del delincuente y a sus generaciones posteriores, tal cual el Paleolítico. Como ejemplo, Reed consigna el caso de una conversa mexicana que en el siglo XVI fue sentenciada por lavarse “más de una vez en su vida que el día anterior de su boda”, debido a lo cual pasó varios meses en una mazmorra infestada de ratas, con una palangana y una bacinilla que le eran cambiadas una vez a la semana. Pero bueno, doscientos años más tarde un descendiente de esta desgraciada mujer postuló a un cargo en la Inquisición. La investigación exigida sobre la “pureza de sangre” del aspirante a burócrata tomo dieciocho años, y en estos saltó el affaire de la tararararatarabuela que se bañó sospechosamente más de una vez en su vida. El postor al cargo no lo consiguió, y más bien fue interrogado y castigado por los delitos de su pariente.
No sé por qué, mientras devoro compulsivamente el trabajo de Reed, pienso en lo que significaría un conflicto entre Perú y Chile, y peor, si este fuera armado. Quizás la analogía deambule en que la Inquisición, allí donde se establecía, instauraba un régimen de terror mediante los autos sacramentales, los sambenitos, las quemas de herejes, las mazmorras, las ratas, las bacinicas, los saqueos, las violaciones. Y un tipo de Dios. Poder, eso era lo que imponía. Esa nata de poder es la que a mí se me hace que es la que en dos países en guerra moviliza, hace lobby, manipula la opinión pública y mata. Es el poder político/militar/empresarial y por qué negarlo, el religioso. Ese poder trastorna la vida cotidiana de la gente, esa vida que se despliega entre el trabajo, la familia, la diversión, los amigos. Nos vuelve a cada uno un animal territorial que ve al vecino como un enemigo al que mostrarle los dientes antes de liquidarlo.
Es un claro contraste: en la época de la Inquisición, antes de su instalación oficial en alguna comarca de España, Portugal, América Latina, Africa o La India, las relaciones entre las personas de los pueblos eran lo armónicas que podían ser; pero cuando llegaban esos payasos de feria con cruz verde, cucuruchos, látigos, cadenas y embudos para asfixiar con agua a los torturados, cada individuo se convertía en un eventual soplón, capaz de denunciar por adulterio a la señora del frente porque se le antojó, o de acusar al otro vecino de leer el Corán, para ganarse la coima de un inquisidor que prefería pasarse el tiempo amancebado con la esposa de un “relajado” que trabajando.
Acabo de estar en Arica, participando del VI Festival de Cine Rural “Arica Nativa”. Se trata de una genial iniciativa de un matrimonio santiagueño, Magdalena Pereira y Cristian Heisen, para promover la cultura rural en una zona del país, Arica/Parinacota Región 15, que siempre ha sido el patito feo de Chile, a pesar de tener tesoros materiales y culturales valiosísimos. Pereira y Heisen conducen la Fundación Altiplano, que entre sus diversas actividades está la de buscar financiamiento y restaurar las capillas, que son 33, representativas del barroco indígena, dispersas a lo largo de la Ruta de la Plata, es decir, la que en la Colonia permitía el traslado del metal desde Potosí hasta el puerto de Arica.
La noche final del festival yo presenté ante un repleto teatro Colón, una edición de Tiempo de Viaje que había producido en el mismo evento pero el año anterior. Fui ovacionado y encima me gané el trofeo al Tropero del Año, por pasarme media vida caminando. Una cordialidad, un sentido de hermandad que yo no he sentido en ningún otro país fronterizo. Solo una señora se me quejó de que cuando va de compras a Tacna y notan que es chilena, le cobran un sol más. Pero, ¿diferendo marítimo? ¿Corte Internacional de La Haya? ¿Agresividad belicista? ¿Qué bicho les picó? Ahora bien, es cierto que yo no frecuento a militares ni a empresarios. Por la simple razón de que no me gusta de que me hagan pagar por cosas que sucedieron hace 133 años. (Rafo León)