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Personajes Sus palabras al recibir la Orden que también recayó en Alfredo Barnechea y Fernando Altuve.

El Comendador Vargas

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Al expresar su satisfacción y gratitud la semana pasada por el otorgamiento de la “Encomienda de la Orden de Isabel La Católica” con la que ha tenido a bien su Majestad el Rey Juan Carlos I distinguirlo, Raúl Vargas Vega pronunció estupendas palabras celebradas que CARETAS reproduce parcialmente.

Me cupo en suerte viajar muy tempranamente a España, recorrer las tierras que dieron vida a la vasta literatura de enriquecidos siglos, compartir los dolores todavía sangrantes de la Guerra Civil.

¿Quién no ha cantado canciones de esperanza de esos días luctuosos y quién no ha recorrido lugares sacrosantos arropado por los versos gitanos de Lorca, uno de los sacrificados como tantos miles de españoles.

Recuerdo los claustros, el colegio Mayor de Guadalupe, las clases sobresaltadas de Enrique Tierno Galván ,las luchas de Ruedo Ibérico, los primeros momentos de esa España libre y democrática, hoy rediviva para celebración de todos nosotros.

Recuerdo también la alegría entre los paisanos por la aparición para escándalo franquista del libro “La Ciudad y los Perros” que años más tarde obtuviera el Premio Biblioteca Breve su autor Marío Vargas Llosa,nuestro Premio Nobel, al igual que España.

De todo esto hace 50 años, cuando todos creíamos que el mundo era pequeño y propio como una naranja rotunda o una papa florida.

Le debo mucho a España aparte del idioma compañero que nos abre todas las fronteras ibéricas pero también todas las escalas de la hermandad americana. Si bien atraviesa hoy por horas dificiles la solidaridad de España para con los latinoamericanos es de no olvidar sea por las becas, por el albergue, el compartir ufanamente un tronco común, el mirar con los ojos hispanos y americanos un modelo ético y humanista que espera en todas las lindes de nuestras tierras.

Pero entre las múltiples experiencias conmovedoras – llegar a Alcalá de Henares, a Toledo eterna y firme como su acero, con lágrimas en los ojos evocar Extremadura que como lo viera José María Arguedas es el vivo retrato de la sierra que España requirió en el Perú. Ver la tumba de nuestro Garcilaso de la Vega después de recorrer Montilla con ese memorable libro de Raúl Porras Barrenechea, preguntarse en qué sótano madrileño Vallejo vio flamear impreso algún verso de España Aparta de mí Este Cáliz, beber y cantar intensamente con el amor del redescubrimiento y saber que todo el mundo ibérico es fuego, color, lección de humanidad y grandeza de letras.

Entre esas experiencias hay una que late en mí permanentemente: la condición peregrina, andariega de la España y la América que esta noche quiere empalmar con esta encomienda, una palabra que encierra un tenaz reconcomio sea porque hace referencia a una muy antigua institución romana y medieval que España luego extenderá en América para instituir el desolador gran pachacuti, el origen tempranísimo de la rebeldía americana cuando la protesta de Gonzalo, uno de los Pizarro, junto con los Adelantados Blasco Núnez de Vela y Francisco de Carbajal ,”el demonio de las andes”, y un poco antes de otra vorágine autonomista llamada Lope de Aguirre, el Traidor, y que luego nuestros ancestros, en especial los altoandinos transforman la encomienda en ese paquetito, que amorosamente envuelto, hacía llegar primicias alimentarias a las ciudades de la costa, incluyendo algunas dulces rosquillas.

¿Quien no ha conocido esas encomiendas benefactoras, con sabor a natividad que hacía del encargo, del recado, un eco vivo de la lejanía? Andariegos, encomendados en vez de encomenderos, erre con erre en castellano, si algo distingue a españoles y americanos es el forjar caminos, vencer horizontes, fundar mundos.

Gracias por todo, yo que casi quedo encomendado a Dios, prefiero serlo ahora, y gracias a esta presea, encomendado del Perú y España.


 


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