Justicia
Último Coletazo en La Haya
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García Belaunde y Wagner, quien se refirió al único pendiente “que arroja una gran sombra”. |
Terminan las audiencias orales de la controversia marina con Chile en La Haya con un argumento, sobre las 200 millas, del tamaño de una ballena.
La tensión se disolvió durante la cena que el embajador Allan Wagner ofreció esta semana al equipo peruano en su residencia de La Haya.
Allain Pellet reconoció que la historia había cambiado significativamente desde que el coagente José Antonio García Belaunde lo contactó en marzo del año 2007.
Por entonces, recordó el francés, veía un caso que se presentaba cuesta arriba. Pero la larga investigación permitió construir una sólida argumentación que acaba de ser finalmente expuesta ante la Corte Internacional de Justicia.
El estadounidense Rodman Bundy declamó un poema sobre el juicio que despertó las carcajadas de la mesa.
No se ha podido establecer el contenido exacto, pero es probable que las ballenas nadaran entre sus líneas.
La lógica a la que se refirió Pellet se resumía en convencer al tribunal más importante del mundo que la protección de los gigantescos cetáceos y los demás recursos marinos fue lo que animó al Perú, Chile y Ecuador a firmar las declaraciones de 1952 y 1954. No definir límites marítimos.
Más que de simple optimismo, el ambiente que reina en los cuarteles generales de Torre Tagle en la ciudad holandesa es la sensación de la misión cumplida.
La Pregunta de Bennouna
La semana se había movido con la pregunta que sorpresivamente formuló el juez marroquí Mohamed Bennouna a los dos países: “¿Consideran ustedes, en tanto signatarios de la Declaración de Santiago en 1952, que podían en esa fecha, conforme al derecho internacional general, proclamar y delimitar una zona marítima de soberanía y jurisdicción exclusivas sobre el mar que baña las costas de sus respectivos países hasta una distancia mínima de 200 millas marinas desde las referidas costas?”.
A oídos peruanos, la interrogante parecía evidenciar el peso de la pesca en el razonamiento de la Corte.
El abogado del Perú, Tullio Treves, repasó el martes el contexto de ese documento.
Adujo que los tres países eran conscientes de la incompatibilidad de fondo, que se evidenció con las protestas de las potencias de la época (ver nota aparte).
“A la luz de esto, la conclusión de un acuerdo relativo a la delimitación de una zona de este tipo es difícilmente imaginable (…) Por ello, en 1952, no hubieran podido, de conformidad con el derecho general internacional, delimitar una zona marítima de soberanía y jurisdicción exclusiva del mar con una distancia de 200 millas marítimas”, señaló.
Para el viernes 14 se espera la respuesta de Chile. La de Treves recuerda que en la historia unas son de cal y otras de arena.
El documento del 52 fue negociado con fines prácticos, para defender los recursos marítimos depredados por esas mismas potencias. A la larga, sería un instrumento fundacional para entender lo que hoy conocemos como Zona Económica Exclusiva.
Pero en ese momento no respondía a los instrumentos del derecho internacional. Si la respuesta de Treves sigue el hilo de la pregunta del juez, si la Declaración de Santiago no podía ser efectiva en imponer la soberanía tripartita en las 200 millas, mucho menos podía establecer límites en un paralelo indefinido, a través de la implementación de una medida práctica para evitar líos entre pescadores.
Tratado, pero no de límites
La Declaración de Santiago volvió a ser el eje de las intervenciones. La última que tuvo Pellet también respondió a algunos de los principales argumentos chilenos.
Uno de los más insistentes era el de una supuesta doble vara.
Pierre-Marie Dupuy, abogado de Chile, rompió fuegos al decir que “Perú no ha eliminado la dualidad de sus tesis respecto de la Declaración de Santiago, que a veces se concibe como una declaración política y otras veces se utiliza como el fundamento jurídico de sus pretensiones”. Acusó un cambio de argumentos “a paso de tango”.
James Crawford añadió que “según Perú no existe zona fronteriza porque no hay frontera. En sus alegatos, Perú dice que de haber delimitación en 1952, dicho acuerdo se refería a Perú y Ecuador”.
La defensa chilena sostuvo que el Perú se servía de la Declaración de Santiago para hacer valer sus derechos sobre el llamado “triángulo exterior” que forma parte de la proyección de las 200 millas, y que el país del sur reivindica insólitamente como “alta mar presencial”.
“La Declaración de 1952 es un tratado, con esto le evito a Marie Dupuy otro alegato inútil”, zanjó Pellet. “Pero no es un acuerdo de delimitación. Uno no espera 21 años para registrar un tratado de límites ante Naciones Unidas”.
“Chile, Perú y Ecuador, de forma conjunta, inscribieron la Declaración de Santiago ante las Naciones Unidas con una carta el 3 de diciembre de 1973, inscripción que es incómoda para el Perú, por lo que en su réplica dice que respondía a un deseo de reforzar el peso político de la Declaración en el contexto de las duras negociaciones por las 200 millas”, había subrayado Dupuy.
Negociaciones que, casi 10 años después, terminarían con la Convención del Mar que consagró para el mundo la tesis de las 200 millas.
La Declaración de 1954, de otro lado, demoró 50 años en ser presentada por Chile a la ONU (ver nota sobre Onassis).
Ese y otros fueron puntos tocados el martes por Sir Michael Wood para demostrar la poca consistencia de la práctica chilena en torno a los supuestos límites. El británico reiteró que la narrativa chilena sobre la existencia de límites se escribe a partir de la presentación del memorando del embajador Juan Miguel Bákula en 1986 (CARETAS 2261).
Wagner remachó en el cierre que el “silencio” peruano no fue tal.
Tras la presentación del memorando continuaron las negociaciones para ejecutar los acuerdos de 1929, que determinaban los límites terrestres. La llamada Convención de Lima de 1993 no fue ratificada por el Congreso peruano y el país se enfrascó dos años después en el conflicto con Ecuador. Recién en 1999 se firmó el protocolo para ejecutar las cláusulas pendientes del 29.
“Los límites de tierra preceden a los del mar”, reflexiona un miembro del equipo. “Un Estado serio tiene prioridades”.
La cronología no miente. Chile depositó sus cartas náuticas en Naciones Unidas en septiembre del 2000 y cuatro meses después el Perú formalizó mediante carta su no reconocimiento del paralelo como límite.
Ecuador y el Hito 1
Wagner también se dedicó a rebatir la estrategia chilena de “introducir dudas respecto de la conducta del Ecuador”.
Dupuy había sido quien dijo que “hubiese sido concebible que Ecuador participara (en el juicio)”. Criticó que el Perú había “intentado borrar del mapa” la negada diferencia marítima con el país del norte. “Perú se debate entre los deseos de satisfacer las exigencias de Ecuador y su voluntad de oponerse a Chile”, dijo. Consideró que la carta náutica publicada por el gobierno de Rafael Correa era una “real provocación” al Perú que, a pesar de ello, dijo, “no hizo nada”.
Pero lo que hizo el gobierno de Alan García fue negociar límites marítimos que dejaban fuera de juego la Declaración de Santiago, con los mapas y las especificaciones técnicas de los que esta adolece completamente.
Así, replicó Bundy, la frontera está “marcada por el canje de notas del 2011 y no la Declaración de 1952”. El jurista también recordó la muy reciente delimitación de aguas interiores del Golfo de Guayaquil (CARETAS 2260).
Bundy volvió a un punto muy sensible para Chile. Recordó que en la Declaración de Santiago “no se hace mención alguna del Hito 1 ni el paralelo que lo atraviese”.
La insistencia de ese país en que el límite marítimo comienza en ese hito –más de 200 metros playa adentro, en pleno territorio peruano, y no en el Punto Concordia de la orilla, como lo estipulan los documentos del 29 confirmados por la comisión mixta del año siguiente– “le quitan a Chile un soporte principal” en palabras de un integrante del equipo.
¿Cómo van a aludir sino a un hito no mencionado en la Declaración? ¿Y entonces por qué el paralelo comenzaría allí y no en cualquier otro punto?
De nuevo, Bundy destacó que las menciones al hito recién aparecen con la construcción de los dos faros de enfilación en 1968, “destinados a resolver un problema práctico: evitar incidentes entre los pescadores artesanales”.
Pelos y Señales
La esgrima jurídica de las últimas dos semanas pasó a los sablazos del siglo XXI.
Y sus términos se alejaron velozmente de las pelucas blancas, las togas y las corbatas de lazos que aparecen en la sala de audiencias de la Corte, como un solemne recordatorio de lo que está en juego.
La jerga fue gatillada por el australiano James Crawford, abogado de Chile, que acusó al Estado demandante de ocultar información sobre las actas preparatorias de la conferencia de 1954 donde, según la defensa de ese país, se discutió la necesidad de fijar límites marítimos.
“En la biblioteca del Congreso del Perú nos han dicho que las actas literales no están. Alguien puso la tecla suprimir. Perú utiliza la tecla de eliminar en vez de razonamientos”.
Bundy respondió el martes:
“Chile descubrió una tecla insertar, al añadir una frontera marítima en el paralelo de latitud”.
Más contemporáneo, Pellet volvió a la carga cuando resumió la posición chilena en el trino de un pajarito.
“Por descuido, Perú abandonó en 1952 derechos en zonas marítimas de los que no disponía todavía y por los que ahora no puede reclamar. Fin de este tuit”.
El catedrático de Nanterre enfiló sus baterías contra la interpretación chilena de la Convención de Viena sobre el derecho de los tratados.
Luigi Condorelli, abogado chileno, refirió que las minutas de las actas preliminares a las que aludió Crawford, donde habría menciones pasajeras de límites por parte de los delegados nacionales, demostraban que la Declaración “fue una delimitación definitiva”.
Pellet ironizó sobre “las vigorosas manifestaciones” del italiano.
“Ahora yo te asusto con la Convención, querido Luigi”, retrucó luego de subrayar que una delimitación “utiliza mapas, reproduce fronteras y se describe con pelos y señales”.
Otra interesante crítica a la minucia como estrategia provino de Pablo Jofré Leal, de Radio Universidad de Chile. En artículo publicado el martes 12, donde alude a “la peor pesadilla de La Moneda” en caso de un fallo adverso, apunta que por el contrario de “la argumentación de juristas, políticos y cuanto analista chileno comenta el caso con Perú”, los juristas de la Corte alcanzan el vuelo necesario para regular las relaciones entre Estados bajo el ya conocido paraguas de la equidad, lo que “les da un carácter mucho más amplio que la asepsia de presentarlos casi como “leguleyos” sin visión de otras aristas que suelen mover estos contenciosos”.
Las cartas, pues, ya fueron todas echadas. En seis meses se sabrá el final del juego.
“Mejor no lo pudimos hacer”, concluye un diplomático entre bostezos al filo de la medianoche europea, horas después de la última intervención peruana del martes 11. “Impecable por donde lo mires. Y si no ganamos, será porque definitivamente no teníamos un caso”.
No es la Línea, Lira
Ex embajador en el Perú se refiere al “paralelo” entre Colombia y Panamá. Se equivoca.
En carta enviada al diario El Mercurio, el embajador chileno en Ecuador, Juan Pablo Lira, alude a “algunos zigzag de la política exterior peruana” y considera una “ingeniosa iniciativa” la demanda del Perú para establecer una línea equidistante. Menciona entre los ejemplos de paralelo como límite marítimo el trazado entre Colombia y Panamá.
Pero Lira, que también fue embajador en el Perú, se equivoca de cabo a rabo. Por tratado firmado en 1976, años antes incluso de la entrada en vigencia de la Convención del Mar, los dos países trazaron un límite que muestra por sí solo las razones por las cuales una línea equidistante es mucho más justa para ambas partes que el paralelo “masoquista” al que alude el abogado francés Alain Pellet. No por nada el derecho internacional adoptó el principio de equidad como bandera.